Buques trampas
1914-1918
Enemigos temibles de los submarinos fueron los buques-trampas, buques misteriosos o «de servicios especiales», que de todas estas y otras muchas maneras han sido denominados en los días de lucha; el almirante Jellicoe ha dicho de ellos: «La historia de lo que han realizado estos buques constituye una marca de valor, tenacidad y disciplina nunca superada en tierra o en la mar». El valor de sus tripulaciones alcanzó realmente - decimos nosotros - los límites de lo sobrehumano.
Eran buques que pertenecían, es claro, a la Marina de Guerra británica; en su aspecto, no obstante, nadie hubiese reconocido tal calidad en ellos. Eran barcos al parecer mercantes, de aspecto completamente inofensivo; veleros, buques de carga de esos vagabundos que no sirven línea determinada y recorren todos los puertos del mundo en pos de úncete problemático y que han hecho popular el calificativo de tramps. Los más viejos, aquellos que parecían destinados a desaparecer bien pronto en los años anteriores al magno conflicto, por su venerable edad y su vetusto aspecto, fueron los preferidos en no pocos casos.

Estos buques-trampas o buques-reclamo, fueron una consecuencia de la escasez de torpedos. La producción de torpedos fue, desde los primeros momentos, una de las mayores preocupaciones bélicas de Alemania. Como primera medida se ordenó a los submarinos el economizarlos en la medida de lo posible; es decir, que siendo el torpedo, para mayor quebranto, un arma muy poco exacta, el submarino debía salir a la superficie, intimar al buque para que parase sus máquinas y, caso de que éste intentase substraerse a esta orden, hundirlo a cañonazos. Ahora bien, un submarino es siempre inferior, cuando navega en superficie, a no importa qué otro tipo de buque. A mayor abundamiento, una avería que carezca de importancia en un buque normal, puede impedir que se sumerja el submarino, y como quiera que los alemanes habían de apelar a esta su preciosa condición para salir y regresar a sus puertos nacionales, renunciar a ello significaba un fin desastroso; cierto que en algunos casos pasaban con grandes averías, en superficie, sin ser vistos o a merced de tiempos cerrados o chubascos oportunos, pero eran excepciones afortunadas de una regla fatal.
Esta venida; a la superficie para atacar, hizo germinar la idea de los buques-trampas; figuraos un mercante pacífico que se arrastra por la mar a una velocidad escasa. El submarino, que no puede ver nada sospechoso en este paciente adversario que se ofrece inerme a su ataque, se aproxima confiadamente a su presunta víctima y da orden de que sea abandonada por su dotación. Surge el pánico; la marinería se refugia en los botes, los arría con estudiada precipitación, alguno de ellos da la voltereta en la confusión de la faena y el vapor queda abandonado...
Este grupo de gente, conocido por el «pelotón del pánico» en el lenguaje de los buques-reclamo, no es sino una parte, pequeña, de la tripulación; lo restante de ésta está agazapada tras los cañones, que nadie puede sospechar que existen. El submarino rompe el fuego contra el vapor; comienzan a caer a bordo los proyectiles, sus explosiones van dejando ver los copos de algodón que semejan las pólvoras que encierran en su interior, sin que los tripulantes que han permanecido a bordo salgan de su paciente espera. No siempre escapan sin bajas.
El submarino ronda su presa; algunas veces se detiene cerca de ella. Y cuando en una de éstas la posición es favorable, he aquí que, repentinamente, caen unas planchas y dos cañones de calibre medio disparan aceleradamente sobre el submarino, que está parado a escasa distancia: estos disparos, hechos casi a quema ropa, tras una cuidadosa puntería, producían enormes destrozos en el agredido que, en la mayoría de los casos, se hundía como un plomo entre los estentóreos gritos de victoria de su taimado enemigo; otras, pocas veces, podía llegar hasta su base arrastrándose trabajosamente como una bestia mal herida. Los buques-trampas cuentan en su activo 13 submarinos alemanes hundidos, y si se reflexiona que su uso comenzó cuando ya la guerra estaba muy adelantada se reconocerá la eficacia del nuevo medio.
Los buques-trampas tenían un premio en metálico concedido por el Almirantazgo; para cobrarlo y repartirlo en partes proporcionales entre la dotación era necesario presentar pruebas irrefutables de la hazaña; a su vez el Estado Mayor alemán, para otorgar análogos premios morales o materiales a los comandantes de los submarinos, les exigía la presentación de la documentación de a bordo del vapor hundido, un par de prisioneros, etc. Con estas condiciones la guerra submarina acentuaba los peligros que ofrecía a ambos beligerantes y exponía a los submarinos a las asechanzas de sus enemigos embozados. Cada submarino hundido en el año 1917, el en que la curva de tonelaje aliado enviado al fondo alcanzó su punto álgido, significaba la salvación de unas cuarenta mil toneladas de buques mercantes, que era el promedio que, a la sazón, correspondía a cada submarino. Y, moralmente, disminuía el buen espíritu de las dotaciones de los submarinos, que veían aumentar los medios para combatirlos sin que sus peces metálicos mejorasen sensiblemente su eficacia guerrera.
El primer éxito correspondió al Prince Charles, mandado por el teniente de navío P. P. Mark Wardlaw, el cual hundió el submarino alemán U-36, en aguas de la isla North Rona, el 25 de julio de 1915. Todo salió a las mil maravillas: el Prince Charles fue cañoneado a corta distancia, aguantando impávidos sus hombres la granizada de proyectiles; cuando el submarino se aproximó a 400 metros, ya abandonado el vapor por el panic party, tres disparos fueron suficientes para echar a pique al U-36; quince alemanes cayeron prisioneros de los arriesgados enemigos y el resto pereció con su buque. De esta suerte el secreto sobre el nuevo sistema de ataque no fue revelado y esta ignorancia hubo de acarrear pérdidas posteriores a los germanos.
El año 1917 vio el desarrollo de esta clase de buques; a principios de él, el Almirantazgo inglés decidió aumentar sensiblemente su número. El entusiasmo entre el personal de la Marina británica por este nuevo método de contrarrestar la ofensiva creciente de los sumergibles alemanes suministró sobradamente la gente necesaria para tripular los nuevos buques-trampas. Para despistar más eficazmente al contrario reinó la mayor anarquía en la elección de los barcos a transformar en trampas. Vapores de carga de todos los tonelajes imaginables, veleros, pesqueros, balandras, yates de recreo, pequeños buques de patrulla que por su leve calado podían considerarse inmunes al torpedo; todos los flotadores se utilizaron en esta lucha que acusaba ya claramente deber inspirarse en el conocido to be or not to be de Hamlet. Ya los alemanes habían tenido noticia de la conducta de estos barcos, inofensivos al parecer, y adoptaron sus precauciones, recelando del supuesto abandono y extremando sus medidas protectoras. No atacaban al cañón, ni venían a la superficie aun viendo en trance de hundirse al vapor atacado; la guerra submarina se hizo menos leal que en los años en que se combatía abiertamente, en los tiempos en que se hizo célebre por su gallardía el comandante Arnauld de la Periere.
Los buques-trampas eran asimismo una respuesta adecuada a los submarinos alemanes, desde el punto de vista que en unos y otros se presentaron a servir voluntariamente gentes que deseaban distinguirse, cansadas de la forzosa inacción de las grandes flotas de superficie. Si la iniciativa personal es siempre necesaria en la vida, esta cualidad es indispensable en el comandante de un buque y adquiere carácter supremo en el de un buque-trampa; este se ve, como el del submarino, aislado moral y materialmente, sabiendo que la lucha que ha de sostener es a vida o muerte, sin posible auxilio exterior, calculando exactamente el momento del ataque; porque cualquier equivocación, en el tiempo o el espacio, puede serles fatal.
La Marina británica vio afluir bien pronto los voluntarios para el nuevo servicio; eran gentes de toda condición. No solamente los Gordon Campbell y los oficiales en servicio activo ansiosos de servir cumplidamente a su nación en el nuevo y peligroso servicio, sino almirantes de la reserva como Marx que, con categoría de capitán de navío tomó el mando del yate de Lord Inverclyde, Beryl, armado como buque-trampa; como el capitán de fragata, retirado ya, Bernays, residente en el Canadá, donde tenía posesiones, y que acudió para enrolarse en lo que entonces significaba todo para la Gran Bretaña: la lucha contra el submarino que amenazaba asfixiar al poderoso Imperio.

Los nombres de los principales buques-trampas fueron: Dunraven y Farnborough, mandados por el as de la especialidad, el contralmirante de la reserva Gordon Campbell; Zylpha, Aubretia, Laggan, Cullist, Heather, Viola, Tamaris, Pargust, Acton, Begonia, Donlevon. Muchos de éstos fueron famosos en los años de la guerra sin que el gran público conociese su verdadera condición, solamente revelada cuando llegó el armisticio. Otros, menos afortunados, no encontraron oportunidad de hacer patente su valor y pericia.
Cuando el buque-trampa - cosa frecuente - era un pequeño velero, el combate adquiría un extraño sabor de dos épocas que se encuentran y dos generaciones que luchan; era el submarino, poco estético, raso y gris, contra toda la infinita poesía del buque de antaño con todas sus velas al viento, ardiendo a veces como en las batallas de los corsarios de los siglos que fueron...
En el muelle de no importa cuál puerto inglés veríais un vapor mercante atracado, ocupado en la carga de madera o cualquier materia semejante, siempre más ligera que el agua; si en aquella época se hubiera conocido algo en cuestión de buques-trampas, es seguro que algún espía hubiese desconfiado de los que llenaban sus bodegas con cargamentos semejantes; sólo que el contraespionaje inglés era un digno remate de su servicio informativo.
En cubierta veréis pasear con aire indiferente a algún oficial, mal vestido, sin ese aspecto de corrección que es clásico en los oficiales de la Marina Real; un traje de esos que denuncia el bazar de ropas hechas de Manchester o Northampton; la inevitable pipa, probablemente apagada, en la comisura de los labios; la gorra puesta de medio mogate, las manos en los bolsillos del pantalón; en suma, el tipo inconfundible del master de los barcos mercantes del Reino Unido que habréis visto en todos - todos, sin exceptuar uno - los puertos del mundo. La dotación en camiseta, con esas camisetas reducidas a su mínima expresión y el mismo aire distraído. Nadie puede reconocer que sean gentes de la Marina militar; tan habituados parecen estar a la actitud de los barcos de comercio, esos modestos vagabundos que se arrastran penosamente con sus ocho nudos de andar por todos los mares del planeta y que son, empero, la razón de ser, la riqueza y la sangre del conglomerado de naciones que es el Imperio inglés.
Cuando se ha terminado la carga, este buque tranquilo hace oír su ronca sirena por tres veces, llamando a los rezagados, y comienza a salir del muelle con maniobra lentamente estudiada. Su hélice única, una hélice de hierro que asoma el extremo de sus enormes palas en cada revolución de su máquina vieja y ruidosa, llena la superficie de una espuma sucia en que se mezcla el fango del fondo, que forma grandes manchas en las ya sucias aguas del gran puerto comercial.
Es el anochecer; el vapor navega lentamente por el canal de salida, hace unas extrañas evoluciones para evitar los campos de minas y cuando la noche lo envuelve todo en su manto protector, nuestro buque está ya en alta mar. En el puente, el capitán fuma su eterna pipa; el timonel, en un traje lo menos correcto posible, permanece aferrado al timón en una hierática actitud. El barco cabecea lentamente...
La noche ha pasado sin incidentes; al comenzar a clarear, las tierras son unas sombras azuladas e informes que se recortan levemente en el horizonte. Un ligero viento riza la superficie de las aguas desiertas; a lo lejos, unas humaredas denuncian el paso de un convoy que va casi pegado a la costa. El capitán reflexiona, con cierta melancolía, en la variación que los tiempos de guerra han traído a los asuntos de su país; antaño, estos parajes eran de los más frecuentados del mundo, con un continuo ir y venir de buques de todas las cataduras y banderas, que entraban y salían en el canal de la Mancha como la sangre entra y sale en el corazón del hombre sano. Ahora, es el colapso... A media mañana surge la alarma: a unos diez mil metros, el hombre de guardia acaba de advertir una forma alargada con una especie de quiosco en su centro y, casi inmediatamente, un fogonazo; el proyectil viene a caer a unos metros por la proa de nuestro vapor. El submarino acecha su presa y todos, a bordo de ésta, se disponen a representar su papel en la representación que se avecina. ¿ Drama ?, ¿ sainete ?, ¿ tragedia ?, el destino tiene la palabra.
El enemigo, olfateando el peligro, avanza cautamente casi por la misma proa de su enemigo; porque para los submarinos, no cabía duda de ningún género. Era cosa sabida que todo barco que se cruzase en su derrota era enemigo.
Cuando el submarino ha llegado a una distancia prudente, desaparece de la superficie, como por encanto; una de esas inmersiones fulmíneas que antes de la guerra se consideraban peligrosas y que los alemanes hubieron de adoptar durante los años de la trágica contienda, obligados por las necesidades bélicas. A bordo del vapor se observan los movimientos en la medida de lo posible; el periscopio va dejando una leve estela de plata en la superficie de la mar ligeramente ondulada y da una vuelta completa al vapor; solamente que, cuando ha de cruzar por su proa lo hace a gran distancia y profundidad, sin duda para evitar los posibles daños de una probable embestida. El vapor no ha debido parecerle sospechoso al comandante del submarino porque emerge, siempre en un sector cercano a la proa, sin duda para estar en cualquier momento en posición favorable para el lanzamiento de un torpedo, y da la orden de evacuar el buque. Sobreviene el pánico consabido; el destacamento destinado a representar este papel se apresura a ganar los botes, arriándolos precipitadamente y alejándose del buque. Solamente a bordo de éste, tirado de bruces en el puente de mando, el comandante espía los movimientos del submarino por una unión de las lonas que se halla, casualmente claro está, un tanto descosida. Ocultos en los escondrijos de los dos cañones, los sirvientes de éstos esperan la orden que ha de venir por el tubo acústico, y con sus alzas siguen los movimientos del agresor. El cual, no convencido totalmente, porque bueno es advertir que estamos a fines del año de gracia de 1917 y las hazañas de los buques-trampas han producido ya serios quebrantos a los submarinos alemanes, se sumerge nuevamente y observa por el periscopio todos los detalles de su adversario; los botes van alejándose a toda la fuerza de sus remos intentando, o fingiendo intentar, el llegar a la costa que se perfila en la lejanía.
Esta vez el comandante ha llegado a adquirir la convicción de que se trata de un inofensivo tramp y emerge por el costado a menos de trescientos metros del vapor. Y el capitán de éste, cuando ve que bajo el periscopio comienza a obscurecerse el agua, señal inequívoca de que el casco de su enemigo se acerca a la superficie, y que, poco después, asoma la antena de la radiotelegrafía, la torrecilla de mando, el cañón y la cubierta finalmente, sonríe. No hay que dar tiempo a que la dotación arme su cañón y haga fuego contra su víctima; ya el comandante y algunos de sus hombres han abierto la escotilla de la torreta y saltan a cubierta. Mientras unos quitan al cañón el tapabocas, y otros abren el repuesto de municiones que hay en la parte anterior de la torreta, todos con el agua hasta las rodillas todavía, el submarino apenas se mueve en medio de la mancha de espuma producida por la expulsión del aire comprimido; sus motores han parado, está allí inerme frente al vapor. Es el momento...
Y a la voz de ¡ fuego !, dada por el capitán y que llega con una extraña resonancia hasta los que se hallan agazapados tras los tableros que ocultan los cañones, éstos asoman sus bocas repentinamente y surgen como por arte de magia en donde unos momentos antes se veían unas, al parecer inofensivas, casetas. Antes de que pueda defenderse, el submarino ha recibido tres proyectiles, en la torre uno de ellos y comienza a hundirse. Un fuego mortífero se abate sobre él al mismo tiempo que los botes vuelven apresuradamente hacia el lugar del combate. Y unos minutos después sólo se ve uno de los extremos del submarino incauto que se va a pique y desaparece rápidamente de la superficie, para siempre esta vez. Algunos de sus tripulantes nadan y son recogidas por los del vapor; otros, la mayor parte, no han tenido tiempo de escapar y son arrastrados en el ataúd de acero que desciende a los abismos del océano.
He aquí una de las muchas escenas que se desarrollan en la lucha feroz habida entre submarinos y buques-trampas.

Empero, no siempre éstos lograron la victoria; tal fue el caso del Dunraven, uno de los que hicieron célebre el ya mencionado Gordon Campbell, el comandante que más se distinguió en esta clase de buques y cuyas hazañas le valieron la Cruz Victoria, la más preciada de las condecoraciones británicas.
El 11 de agosto de 1917, a las once de la mañana, este buque-trampa se encontraba en el golfo de Vizcaya a unas 150 millas de la isla Ouessant; el Dunraven semejaba un vapor de carga, armado aparentemente, como era uso y costumbre en todos Íos buques de comercio a la sazón, y navegaba pacíficamente a sus buenos ocho nudos de andar; y para imitar en un todo a los barcos de carga, hacía eses en su camino cuando, en el horizonte, por su proa y un poco a estribor, surgió el inevitable submarino.
Gordon Campbell contaba ya en su haber marinero algunas victorias. El submarino vino a la superficie tras el consabido reconocimiento periscópico y abrió el fuego desde 4.500 metros, hallándose casi por la popa del vapor. Campbell ordenó se le respondiese con el cañón de popa —el semejante al de todos los barcos mercantes —, permaneciendo ocultos los que constituían el armamento real del Dunraven. Sobre éste iban pasando los proyectiles enemigos y, para fingir mejor ante el enemigo, el buque-trampa hacía emitir a su estación radiotelegráfica el dramático «SOS.», sin cifra alguna, explicando que era atacado por un submarino alemán y que éste llevaba gran ventaja en el combate.
Al cabo de media hora y viendo que sus proyectiles no daban cuenta del vapor, el submarino se aproximó a éste a todo su andar y un cuarto de hora después reanudaba el fuego; Campbell hizo parar la máquina, dejó escapar grandes chorros de vapor de agua para inducir a su contrario a creer que una avería de caldera lo dejaba inmóvil, y comenzó la evacuación del buque; durante la faena se dejó caer un bote al agua para simular una perfecta confusión.
Llegaba el momento peor para el Dunraven: el de recibir proyectiles sin responder ni aun con el cañón de «buque mercante», puesto que a bordo no quedaba nadie, por lo menos teóricamente. El estoicismo de sus tripulantes sufrió una de las más duras pruebas, aun estando sumamente avezados a este género de combates. Una de las granadas hizo blanco en la popa del Dunraven haciendo explotar una de las cargas de profundidad allí depositadas y lanzando al agua al teniente de navío de la reserva Bonner; no era solamente el que el enemigo se diese cuenta de que la evacuación no era verdad, sino que se declaraba un fuerte incendio justamente donde estaban depositadas las municiones del cañón de popa, el «mercante».
Una tremenda explosión podía producirse de un momento a otro; Campbell pensó, no obstante, que lo importante era hundir al submarino. La pérdida de su propio buque importaba poco. A las dos horas y cinco minutos exactamente de haber avistado el submarino, tuvo lugar la temida explosión a popa, la cual proyectó en el aire el cañón de 102 milímetros con todos sus sirvientes y sus proyectiles que caían por todo el buque produciendo los mayores daños. El submarino pudo darse cuenta de la calidad real de su enemigo y no esperó un segundo para desaparecer bajo las aguas.
El incendio se enseñoreaba del maltrecho Dunraven; la cubierta se puso al rojo en breve espacio de tiempo y la dotación hubo de tener en las manos las cajas de pólvora para evitar su contacto con ella. Y en aquel instante en que era de esperar un ataque de torpedos, con la perspectiva inmediata de una segunda explosión en el otro pañol de municiones al cual se acercaba constantemente el incendio, Gordon Campbell ordenó se izase la bandera de guerra en lugar de la comercial que ondeaba a popa. Era desenmascararse completamente, revelar su misión, aceptar el combate en condiciones desfavorables, ya que el submarino estaba, al parecer, incólume.
Veinte minutos habían pasado desde que ocurriera la explosión, cuando un torpedo vino a chocar contra el costado del Dunraven a la altura de su compartimiento de máquinas; su comandante, jugando la última carta que tenía alguna probabilidad, hizo llevar a cabo una segunda evacuación del buque. Cuando desde el submarino advirtiesen el estado del buque y que su dotación descendía a los botes, juzgarían que ahora quedaba realmente abandonado a sí mismo. Y entonces...
Pasó una hora de ansiosa espera a bordo del Dunraven; Gordon Campbell veía el periscopio del submarino que rondaba en derredor de su buque, dejando siempre su plateada estela en la superficie; el incendio devoraba el buque, las cajas de pólvora y las municiones explotaban por todas partes, el Dunraven se hundía lentamente, sustentado por su cargamento de corcho y madera. Su comandante, siempre de bruces en el piso del puente de mando, esperaba; esperaba siempre...
A las dos y media, el submarino volvió a la superficie en la misma popa del buque-trampa y reanudó el duelo de artillería desde corta distancia, precisamente desde el sector muerto de las otras piezas, ya que la de popa no existía. Por espacio de veinte minutos se sucedieron los disparos. Después, el submarino volvió a ampararse en las profundidades. Gordon Campbell decidió hacer uso de sus propios torpedos; con siete minutos de intervalo dos de éstos pasaron tan cerca del periscopio del submarino que éste estuvo a punto de encontrar su fin.
Errados los dos, el comandante inglés decidió suspender la lucha; llamó, esta vez urgentemente y con la cifra convenida, para que se le prestase auxilio y no tardaron en aparecer el destructor norteamericano Noma y los ingleses Attack y Cristopher, los cuales intentaron tomar a remolque al Dunraven. Faena dura y difícil, en la que la tenacidad de Gordon Campbell se acreditó una vez más si ello fuera preciso. A las dos de la madrugada, el Dunraven dio la voltereta y hubo de ser hundido con grandes trabajos para que no constituyese un constante peligro para la navegación. Así terminó la gloriosa y breve carrera militar del Dunraven, tras un encarnizado combate, modelo de tenacidad y valor por parte de ambos beligerantes.

No todo es gloria en las andanzas de los buques-trampas; el caso del tristemente célebre Baralong es un borrón en la serie de heroísmos que esmaltan la historia de estos barcos.
El Baralong era un típico vapor de carga que prestaba servicio de cabotaje entre los puertos británicos cuando, en 1915, el Almirantazgo decidió requisarlo para su servicio y transformarlo en buque-trampa. Por espacio de seis meses cruzó por los mares que bañan las costas de la Gran Bretaña y navegó más de 12.000 millas sin que se le ofreciera una ocasión de combatir con un submarino. El 19 de agosto, fecha histórica en los anales de la guerra submarina, porque en la región comprendida entre el oeste de Irlanda y la entrada occidental del canal de la Mancha fueron echados a pique ocho grandes vapores, entre ellos el de pasajeros Arabic de la White Star Line, marcó la primera intervención del Baralong, la cual había de valerle una bien triste reputación. Disfrazado de vapor norteamericano, navegaba unas cien millas al Sur del puerto irlandés de Queenstown, cuando a eso de las tres de la tarde advirtió la presencia de un vapor cuyas extrañas maniobras llamaron la atención del comandante del Baralong, al mismo tiempo que se oía distintamente en la estación de telegrafía sin hilos el angustioso SOS, señal convencional de socorro en los trances apurados.
Pronto vieron desde a bordo del buque-trampa que se trataba de un submarino que perseguía a un vapor, mientras lo cañoneaba; eran el Nicosian, de la Compañía Leyíand, y el submarino el alemán U-27.
En cuanto el submarino quedó oculto por el Nicosian, el Baralong cambió su pabellón norteamericano por el de guerra británico y apuntó sus cañones para hacer fuego en el instante en que el U-27 apareciese por el otro extremo del vapor inglés; así se hizo y cuando el submarino asomó su proa tras la de su presunta víctima, una descarga de cañones y fusiles, desde 550 metros de distancia, cayó sobre él como un ardiente huracán de hierro y fuego. La torreta saltó hecha pedazos y los tripulantes del U-27 se arrojaron precipitadamente al agua al mismo tiempo que el submarino se tumbaba sobre un costado, como un gigantesco cetáceo que se siente herido mortalmente, y al cabo de un minuto se hundía en las aguas grises del Atlántico.
Todo ello con una fulmínea rapidez, entre el estupor de los tripulantes del Nicosian, que no podían dar crédito a lo que veían sus ojos; el ardor del combate o quizá el no haber tenido hasta entonces una oportunidad para combatir a los que Inglaterra clasificaba justamente como sus más temibles enemigos, hizo que las gentes del U-27 fuesen ametralladas por los fusiles de los del Baralong, violando todo lo estatuido en el Derecho de Gentes; muchos murieron en el agua al dirigirse hacia el buque-trampa para ser recogidos por él.
Es un triste episodio de la guerra; el asunto del Baralong dio pábulo a una de las consabidas campañas de acusaciones mutuas tan generales en la pasada guerra. Los ingleses se defendieron alegando la crueldad de los submarinos alemanes y la discusión, como otras tantas, no ha terminado todavía.
Debe ponerse en el haber de los buques-trampas un tanto por ciento nada despreciable en la disminución de la eficacia de la acción de los submarinos alemanes; la campaña submarina fracasó por la indecisión de los directores de la guerra en Alemania y el progreso de los medios ingeniados para destruirlos. El valor y la Ciencia unidos, pudieron contener la amenaza que se cernía sobre los aliados y contra la Gran Bretaña especialmente. Esta nación corrió en el año 1917 el mayor de los peligros que en su larga Historia conociera.

Junio 2006.
Nazario Aguilar (Nazarius U-50) - Oficina de Documentación y Servicios Históricos de la 24 Flotilla Geweih.