Corsarios submarinos
El arma submarina en 1914

Cuando se rompieron las hostilidades, nadie conocía todo el alcance que la acción guerrera de los submarinos podría tener en la realidad de la contienda; ni siquiera Alemania, como lo prueba el que solamente contaba con veintisiete submarinos, muchos de ellos con motores de petróleo ligero que ya se había demostrado que no eran de garantía suficiente en la lucha.
Entre las grandes potencias, era la que poseía menor número de esta clase de buques y, dada la previsión minuciosa del Imperio en todos los aspectos de la guerra, nadie puede dudar que de haber pensado en que el submarino se había de revelar como un medio eficacísimo en la guerra al comercio — de la que se preocupó Alemania, tomando disposiciones para el armamento y manutención de los buques mercantes que se juzgaron susceptibles de ser transformados en cruceros auxiliares — von Tirpitz hubiera dotado a su país de una flota submarina tan minuciosamente preparada como al rompimiento de las hostilidades lo era la de superficie.
En las maniobras hechas en los años inmediatamente anteriores a la lucha, las Potencias marítimas habían llevado a cabo experiencias de empleo de la nueva arma en forma que pudiesen apreciarse sus posibilidades. En Inglaterra, el defensor de los submarinos era nada menos que el a la sazón capitán de navío sir Roger Keyes, que a la cabeza de este servicio demostró sus posibilidades en las maniobras de 1911, pese a la enemiga que siempre ha existido en la Gran Bretaña contra los peces de acero. Es posible que su rivalidad con Fisher — rivalidad que surgió en Inglaterra en todos aquellos que tuvieron personalidad destacada — y el mismo afán de que el submarino no prosperase — anhelo nacional que los súbditos de Albión no ocultan ni siquiera ahora en cuanto se presenta la ocasión —, hizo que no se llevasen a fondo las experiencias en años posteriores y que llegase la guerra sin haber puesto a punto de madurez lo que era una realidad tangible.
El 22 de septiembre, fecha en que Weddingen con su anticuado U-9 hundió en menos de una hora tres cruceros acorazados de 12.000 toneladas, marca el punto de partida de una época en la historia de las Marinas militares; cuando Otto Weddigen contase su hazaña y se viesen sobrepujadas todas las previsiones de los tiempos de paz; cuando en el Reich Marine Amt se diesen cuenta de que se había perdido un tiempo precioso en el desarrollo de un arma que como todas las nuevas había de cifrar sus triunfos en la sorpresa antes de que se descubriese el antídoto contra ella, como sucede siempre fatalmente por imperativo del estudio, es posible que el gran creador de la Marina alemana, adalid del torpedo, formado en las flotillas de destructores, sintiese un principio de desesperación al darse cuenta de la carta que se le escapaba de las manos en la peligrosa partida guerrera. Porque von Tirpitz se pasó su juventud en los torpederos y puede decirse que sentía el horror hacia los barcos grandes — para tripularlos, se entiende — que suele ser patrimonio de los que pasaron los primeros años — ¡los mejores! — de su carrera en esos barquitos que tienen su «modo» y su encanto peculiar. Esos submarinos y esos destructores que son un poco familiares, en los que todos se conocen por sus nombres y hasta en los detalles íntimos; porque sólo en los barcos chicos hay algo de hogar para el tripulante...
Mucho se ha vituperado la actitud de Alemania en el empleo del submarino contra los buques mercantes; no es justa la campaña que se hizo contra ellos, a falta de armas más eficaces. Tan injusto como el bloqueo del hambre que contra ella se hizo es el torpedeamiento de barcos de pasaje. O tan justo, si se quiere defender la línea de conducta aliada; lo que no se puede es medir por distinto rasero. Alemania vio en el submarino un rayo de esperanza en el acoso mundial a que se encontraba sometida y apeló al submarino, como pudo apelar al rayo de la muerte si éste se hubiese inventado.
Los aliados disponían de la hegemonía marinera tal y como se entendía hasta entonces, en el concepto clásico de la guerra marítima, de la guerra que hasta entonces era «guerra plana». El submarino era la guerra «en el espacio», completando el avión esta transformación que no es que origine una guerra nueva, como creen, o fingen creer, unos cuantos futuristas, pero que desde luego introduce otras modalidades como ha acaecido siempre desde que un arma o un adelanto sensacional ha cambiado los puntos básicos del planteamiento del problema. El submarino no es, ni puede ser, el señor de los mares; es un auxiliar indispensable, un barco que es el vehículo indispensable para el torpedo, arma poco segura que requiere unas condiciones de lanzamiento que ya no puede reunir el moderno torpedero de superficie, grande, y visible, por consiguiente, a larga distancia; el empleo del torpedo ha - de tener como premisa inicial la sorpresa, y al disminuir proporcionalmente el andar de los modernos destructores — a los que no cede en nada un crucero — se hubo de buscar un medio para paliar esta inferioridad en que quedaba el torpedero. Ya que no cabía llegar en un tiempo cortísimo desde el horizonte, sólo quedaba el ocultarse. Y la mar proporciono el escondite; un barco que fuese apto para arroparse bajo sus olas en el momento de la agresión resolvería el problema; los constantes intentos en pos de navegar bajo el agua los hizo posibles la aparición del motor térmico.
Hemos visto toda la servidumbre que impone el combustible a los corsarios de superficie; la guerra al tráfico suele ser patrimonio de aquel de los beligerantes que no domina en la mar; arrojado de las vías de comunicaciones por su inferioridad, bloqueado en sus puertos muchas veces, no le queda otro recurso que esa guerra de guerrillas que es el corso. Antiguamente corría a cargo de las fragatas y en el tiempo de la vela la autonomía de un barco en la mar era prácticamente ilimitada; y este caso se da precisamente en los submarinos,, capaces de aguantarse en la mar sin mas limite que la resistencia física de su tripulación, muy inferior casi siempre al tiempo que el submarino puede estar fuera de puerto desde el punto de vista estrictamente marinero. Por ello, cuando veáis, submarinos de desplazamiento que no pase de las seiscientas toneladas, se trata de un submarino «guerrero», casi podríamos decir defensivo, si el submarino no lo fuese esencialmente, sobre todo si se trata de un posaminas. Por su condición de poder pasar sin ser visto por ciertos parajes de escasa extensión — durante la pasada guerra cruzaban el estrecho de Gibraltar hasta en superficie, pegados a la costa de África — es capaz de alcanzar mares vedados para buques de superficie cuando no se posee el dominio de la mar.
La situación geográfica de Alemania es bastante mala; estratégicamente, Alemania estaba en el fondo de su saco cuyos accesos se hallaban en poder de sus enemigos. Inglaterra montaba la guardia frente al mar del Norte y la entrada por el canal de la Mancha estaba flanqueada por ingleses y franceses. Los escasos corsarios de superficie que lograron burlar las líneas de vigilancia y ganar la mar libre no fueron sino «décimos premiados», casos de arrojo en que la Fortuna los quiso dejar pasar porque siempre ha sentido debilidad por los audaces.
Para un corsario de superficie que pasaba, eran muchos los submarinos que lograban el mismo éxito; cierto que no fueron pocos los que se hundieron para siempre en sus obstrucciones de la estrangulación del canal que existe frente a Calais y a Dover, mas siempre será menor la proporción que la de los corsarios de superficie que no lograron pasar.

¿ Fue un fracaso el bloqueo submarino de Inglaterra ?. Es cuestión que ha sido largamente debatida y es discusión que no lleva trazas de terminar; es la misma polémica de los tiempos del almirante Aube y es, en resumidas cuentas, una edición periódica del «cuento de la buena pipa». Es indudable que si Alemania hubiera emprendido la guerra al comercio por medio de submarinos, sin restricciones de ningún género y con el número de submarinos necesario para hacer efectivos sus planes, la caída del Imperio británico hubiese tenido lugar dentro de los seis meses anunciados por von Tirpitz. El almirante francés Gastex, gran tratadista de asuntos navales, y el capitán de fragata Guadagnini, de la Real Marina italiana, acusan a Alemania de falta de decisión en la dirección de la guerra submarina.
Los submarinos, dentro de sus modalidades de manejo peculiares, siguieron las mismas normas de los corsarios clásicos. Apostarse en los puntos focales, donde se encuentran las derrotas, en las entradas de estrechos y canales frecuentados, en los puntos de recalada... No necesitaban cambiar de teatro de operaciones, como los corsarios de superficie, pues les bastaba aprovechar su condición de desplazarse en el sentido de la tercera dimensión para pasar la noche en el fondo y surgir más tarde, cuando el peligro había pasado. En mucho menor escala, su única esclavitud era la de cargar sus baterías de acumuladores, que habían de hacer forzosa mente en la superficie; la autonomía bajo el agua es muy limitada y la energía eléctrica es la vida para el escualo de acero cuando navega, lo mismo en superficie que en los abismos azules.
Cuando un submarino alemán avistaba un humo en el horizonte, humo que no le era necesario saber de dónde procedía porque todo lo que flotaba era enemigo, trataba de ponerse en condiciones de lanzamiento. Porque bueno será advertir que el submarino es un cazador al acecho que, por su escaso andar bajo el agua, no puede disparar más que si el blanco pasa a su alcance. Una vez lograda la posición apetecida, cuando ya había calculado el rumbo y la velocidad del enemigo, se sumergía y esperaba; algunas veces se sumergía y pasaba ante la proa del rival y al ver sus palos enfilados ya conocía el rumbo exacto que su presunta víctima llevaba — esta fue una de las razones por las cuales los barcos mercantes construidos durante la guerra sólo llevaban un palo y la proa y la popa eran iguales —; de suerte que a distancia que se calculaba buena, se sacaba por unos instantes el periscopio — era el momento de mayor riesgo para el submarino — y se hacía fuego para dejarse caer a la máxima profundidad consentida por la construcción del casco resistente; el comandante y la tripulación toda aguardaban ansiosamente los minutos que debía durar la trayectoria del torpedo, para saber por la sorda detonación si había hecho blanco; si no el arma erraba por espacio de algún tiempo, inundándose lentamente por medio de un dispositivo adecuado, hasta que se iba a pique para no constituir un peligro ciego para los navegantes a los cuales no iba destinado.
Desde el barco se veía venir la inconfundible estela de burbujas que marcaban en la superficie la exhaustación del propulsor de aire comprimido, con la congoja del que se sabe perdido y se ve absolutamente impotente para evitar su fin; algunas veces se podía «dar un quiebro» a la máquina infernal. De aquí que el submarino tuviese el mayor interés en no ser visto y en lanzar desde distancia que dificultase la maniobra de su víctima...
Las pérdidas ocasionadas al tráfico por la guerra submarina fueron enormes: 18.726.488 toneladas, de las cuales eran inglesas 10.694.843. En el curso de esta lucha 199 submarinos alemanes desaparecieron para siempre. Dado que los que entraron en servicio efectivamente sumaron 362, la proporción de bajas — porque raramente escapa la dotación de un submarino y menos en guerra — alcanza más del cincuenta por ciento, cifra no alcanzada jamás por ningún arma especial. Estos números dicen más que los mayores elogios que pudieran expresarse en favor de las abnegadas dotaciones de los submarinos alemanes.
Entre los torpedeamientos que hicieron época en la de la guerra submarina se hallan los del Lusitania, el Falaba, el Justicia...
El caso del Lusitania es uno de los en que la Fatalidad ha pesado; el U-20 al mando de von Schwieger era un barco alegre; su dotación, con la cohesión amistosa que suele existir siempre en esta clase de barcos, era optimista. Toda la jovialidad terminó el día en que el comandante, tras torpedear un barco, dentro de la zona prohibida, exclamó al mirar por el periscopio:
— ¡ Dios mío ! ¡ Si es el Lusitania !
El gran vapor correo, hermano gemelo del Mauritania que ha sido vendido para pasar a manos de los desguazadores en los días en que escribimos estas líneas, había sido advertido de los peligros que corría, antes de su salida de Nueva York; llevaba un cargamento de municiones y explosivos para los aliados en su bodega de proa y ha habido quien afirmase que fue llevado hasta el punto en que terminó su vida, en la costa meridional de Inglaterra, por un radiotelegrama que vino a ponerle al alcance del submarino agresor. Su velocidad, el prestigio de su lujo, todo contribuyó a que casi nadie abandonase la travesía. Los peligros mayores acechaban siempre en las postrimerías del viaje, cuando se acercaban al litoral europeo, porque los submarinos esperaban en los parajes que prometían la caza segura, y unas horas más hubiesen sido suficientes para que el Lusitania amarrase felizmente en el puerto de Liverpool.
Schwieger vio un gran vapor y se sumergió; cuando lo tuvo al alcance de sus torpedos, disparó los dos de los tubos de proa. Advirtió, desde la profundidad a que se había dejado caer, las explosiones, enorme una de ellas por su tono, y comprendió que había hecho blanco. Sólo cuando sacó el periscopio se dio cuenta, horrorizado, de toda la magnitud del desastre, y se alejó entre dos aguas sin querer ver más. La explosión de las municiones que conducía el Lusitania — unas cinco mil toneladas — fue la verdadera causa de la rapidez del siniestro. Unos cuantos ciudadanos de los Estados Unidos que se hallaban a bordo, y que pudieron haberse acogido perfectamente a su propio pabellón, fueron causa de las reclamaciones diplomáticas del presidente Wilson y los primeros jalones de la intervención norteamericana al lado de los aliados. El naufragio del Lusitania acaecía el 7 de mayo de 1915...
Pese a la escasa importancia del vapor Glitra, pequeño y viejo, su hundimiento, por obra del submarino U-17, el 20 de octubre de 1914, puede calificarse de verdadera efemérides histórica, hecho que tuvo lugar a 14 millas de la costa noruega y siendo el teniente de navío Feldkirchner el comandante del sumergible. Por primera vez en la Historia, un barco mercante era registrado y echado a pique por un submarino.
El Justicia fue torpedeado por dos veces, en dos días consecutivos, los 19 y 20 de julio de 1918, en la costa septentrional de Irlanda, por los submarinos U B-64 y U-54, respectivamente. El primero le lanzó un torpedo que dio en la mitad del barco y se fue a profundidad que estimaba más saludable; los patrulleros y destructores le arrojaron hasta 35 bombas de profundidad, sin ocasionarle averías graves; dos horas más tarde volvió a salir y lanzó otros dos torpedos contra el Justicia, que estaba parado y rodeado de barcos defensores, y si bien dieron también en el blanco, el vapor resistió; sus acompañantes dispararon otras 23 cargas de profundidad al U B-64. Todavía llevó a cabo un tercer ataque contra el vapor que ya iba a remolque a cambio de otras once bombas, y aún hizo una tercera intentona al día siguiente, con grandes precauciones, porque sus tanques de petróleo perdían y dejaba tras sí una amplia estela aceitosa, pero esta vez los torpedos erraron el objetivo. Decidió permanecer en las inmediaciones y llamar a otros submarinos. Acudió el U-54 y con dos torpedos puso fin a la agonía del Justicia, que en total había sido herido seis veces. Puede decirse que se trata de un caso excepcional.
La escasez de torpedos capaces de ser llevados a bordo, donde el espacio es muy reducido — un torpedo mide de seis a siete metros de largo y pesa dos toneladas — hizo a los submarinos recurrir al empleo de otros medios para hundir a los barcos mercantes; aparte de la circunstancia apuntada, el precio de un torpedo en los tiempos de la guerra era de unas cuarenta mil pesetas — actualmente, los últimamente adquiridos cuestan 2.200 libras esterlinas, que significan más de ochenta mil pesetas — y no convenía despilfarrarlos. Fue entonces cuando los submarinos comenzaron a llevar cañones y, sobre todo, bombas que se depositaban en los puntos más vulnerables del buque, o se abrían las válvulas de los fondos y se dejaba que se fuesen a pique por sí mismos. Para todo ello era necesario venir a la superficie, y esto dio lugar al advenimiento de los buques-trampas o misteriosos. Como sucede, ha sucedido y sucederá siempre en achaques bélicos, a toda arma nueva, modalidad de empleo desconocida, se responde con una reacción adecuada.

EL 22 de septiembre de 1914 marca el comienzo de toda una época de la guerra naval; los torpedeamientos aislados habidos en el mar del Norte no llegaban a producir una impresión definitivamente sensacional; y en la mañana de aquel día, tras un tiempo duro encontrado al venir de Alemania, el submarino U-9 — 439 toneladas, 14 nudos, cuatro tubos lanzatorpedos, 40 hombres de dotación — hundía en una hora tres cruceros acorazados ingleses de 12.000 toneladas, armados con dos piezas de 234 milímetros, doce de 152 y doce de 76 y capaces de alcanzar hasta 22 nudos de velocidad. Acechaba su comandante, el teniente de navío Otto Weddigen, que ya se había distinguido en las maniobras por su arte en el manejo de esta clase de buques, cuando a las seis y media de la mañana advirtió que en el horizonte se alzaban los palos de algunos buques de guerra; cuando pudo calcular el rumbo que seguían, advirtió que pasarían al alcance de sus torpedos. A las siete y veinte minutos disparaba el primer torpedo y a las nueve menos cinco, se hundía el tercero de los cruceros; éstos eran el Hogue, el Cressy y el Abukir, pertenecientes a la séptima escuadra y llamados irónicamente la «división de cebo» porque se suponía que habían de perderse en una de sus correrías para proteger el paso de los convoyes de tropas por el canal de la Mancha.
Weddigen creyó en un principio encontrarse frente a los exploradores de la Grand Fleet y pensó melancólicamente en que sólo disponía de cuatro torpedos. La pérdida de los tres cruceros tuvo mas efecto moral que material, ya que se trataba de buques de tipo anticuado y tripulados por reservistas, con un total de dos mil, la mayor parte de los cuales perecieron. El regreso del U-9 a Wilhelmshaven, a donde llegó el 24, puesto que agotados sus torpedos había de dar por terminado su crucero, fue un acontecimiento. Las dotaciones de toda la Hochsee Flotte, allí fondeada, le aclamaron como un héroe de leyenda; era la satisfacción a la inercia impuesta por una errada política marinera, en la que se consumían las tripulaciones, mientras sus hermanos avanzaban en los frentes terrestres y los submarinos comenzaban su obra devastadora.
Weddigen, como suele suceder a los predilectos de la Fortuna, vivió poco; en octubre torpedeó al crucero protegido inglés Hawke, sólo que esta vez huyeron a todo el andar de sus máquinas los dos que con él navegaban. El 18 de marzo de 1915, y cuando rondaba por las inmediaciones del Firth of Forth, Weddigen — a quién se le había dado el mando de un submarino más moderno, el U-29 —, avistó una escuadra de acorazados que navegaba en línea de fila y se dispuso a lanzar sus torpedos contra el que iba en cabeza; erró el tiro y el cuarto barco de la línea — el propio Dreadnought, el arquetipo de la serie — se lanzó contra el submarino a toda velocidad. Weddigen, sabe Dios por cuáles causas, no se sumergió a gran profundidad inmediatamente después del ataque y el U-29 fue partido literalmente en dos. El primer as de la guerra submarina y toda la dotación del U-29 fueron a reunirse con sus víctimas, prematuramente, al fondo de la mar.

Otto Hersing — retirado en la actualidad — fue el comandante del submarino que hundió por vez primera un barco de guerra de superficie.
El 5 de septiembre de 1914, cuando rondaba por las inmediaciones del Firth of Forth, vio un crucero ligero y su torpedo dio fin de él; era el Pathfinder (2.900 toneladas, 25 nudos, construido en el año 1904). La sensación fue grande y no hablemos de la sorpresa de los tripulantes ingleses cuando oyeron una tremenda explosión y su barco pareció querer saltar fuera del agua. Otto Hersing ha sido uno de los que más se distinguieron en el mando de los submarinos; enviado a los Dardanelos, a principios de 1915, su travesía desde Alemania hasta el fondo del Mediterráneo fue una verdadera marca de duración. Hizo escala en la ría de Corcubión, donde durante la noche lo aprovisionó de combustible un vapor enviado expresamente; mas el petróleo era de tan mala calidad que no ardía en los cilindros y Hersing hubo de dudar un momento entre continuar o regresar a Alemania. Siguió a todo evento y cuando entró en Cattaro apenas si tenía en los tanques media tonelada de nafta. Su llegada a los Dardanelos fue señalada por el torpedeamiento de dos acorazados británicos, el Majestic y el Triumph, dramática advertencia que hizo más cautos a los ingleses. En pocos días Hersing se convirtió en el hombre de moda en Alemania. Cuando Otto Hersing torpedeó el segundo de los acorazados mencionados, estuvo a punto de ser arrastrado por su víctima; el Triumph estaba en las inmediaciones de Gaba Tepé, cuando fue visto por el U-21 en unos momentos en que sacó el periscopio.
Rápidamente, Hersing dio la orden de sumergirse hasta veinte metros, al comprobar que todo un enjambre de torpederos patrullaba en derredor del gigantee. Cuando pudo tomar una posición segura disparó desde muy cerca y, un poco embriagado por el afán de seguir su éxito tardó en meter el periscopio y buscar mayor profundidad, tan higiénica para un submarino a continuación del ataque. El ruido sordo de la explosión fue casi inmediato; pero cuando el submarino descendió, ya los destructores enemigos estaban sobre él y el ruido interrumpido de sus hélices era una monótona amenaza allá arriba. Y viéndose perdido, tomó la resolución — fulminante como han de serlo todas en esta clase de mandos de buque - de ir a pasar por debajo de su propia víctima. Y mientras los destructores rondaban en torno del paraje donde se iniciara la estela de burbujas de aire, el submarino, sin ser molestado, pasaba bajo el acorazado que se hundía...
Hersing conservó hasta el final el mando de su U-21, y cuando recibió orden de entregarlo a los ingleses, como tantos otros, en virtud de las cláusulas del armisticio, alegó no tener ya los motores en condiciones de hacer la travesía. Entonces se decidió que un barco lo llevase a remolque; fue uno inglés el que comenzó a tirar del submarino célebre. Solo que en el mar del Norte, una vía de agua enorme se declaró de improviso y el submarino se fue a pique rápidamente mientras el inglés largaba el remolque apresuradamente.
— Nos salvamos todos — dice sonriendo, un poco irónicamente, Hersing cuando narra el suceso.
En la aldea de Rastede, en la Alemania del Norte, situada a unos cincuenta kilómetros de la costa, una de esas aldeas cuyo campanario que data del siglo XIV aparece cubierto de hiedra y todo tiene un viejo sabor de romanticismo verdadero, a unos metros de la casa en que vive la que fue mujer del príncipe Eitel, hoy divorciada, y no lejos de los dominios del Gran Duque de Oldemburgo por cuyo parque vigilan los guardas que parecen escapados de una estampa antigua, vive dedicado al cultivo de sus tierras Otto Hersing. Nada parece quedar en él del más célebre corsario submarino, el que ocasionó más pérdidas a la Marina de guerra inglesa. En 1924, descorazonado, dejó el servicio activo. Arnauld de la Périére fue el as de los submarinos, en cuanto a tonelaje enemigo hundido, y el más audaz perseguidor del tráfico enemigo. Tenía su manera de hacer personal, consistente en no torpedear los barcos, sino en hundirlos al cañón o por bombas colocadas a bordo si era posible, ahorrando los torpedos, cuyo número, forzosamente, era reducido — esto fue lo que limitaba verdaderamente las actividades de los submarinos y no la tan cacareada falta de combustible —, para los barcos de guerra que tuviesen la desgracia de cruzarse en su derrota.
Descendiente de franceses, sus antepasados emigraron a Alemania en tiempo de los hugonotes y su abuelo, oficial francés, hubo de ofrecer su espada a Federico el Grande. Lothar von Arnauld de la Périére había sido oficial torpedista del Emden y ayudante del almirante von Tirpitz y la declaración de guerra le sorprendió en el Estado Mayor, en Berlín. Quiso un destino verdaderamente de guerra y se orientó hacia los dirigibles; no había mando alguno disponible. Hasta enero de 1916 no pudo encontrar destino a flote y en esa fecha fue nombrado comandante del U-35; muy pocos meses después, ya era célebre.
Hemos hablado con Arnauld de la Périére, en 1929, en Napóles, cuando ya era capitán de navío y mandaba el nuevo Emden en viaje de circunnavegación. Alto, de pelo negro y ojos azules, con una sonrisa que no excluye una rara energía pintada en el semblante, Arnauld de la Périére vive entre los recuerdos de los días más dramáticos de su vida. En su cámara hay objetos del submarino y en un rincón, mostrándose orgullosa a los visitantes, la bandera imperial, descolorida, deshecha en jirones, que flameó tantas veces en la torrecilla del U-35; fotografías, emblemas de barcos perdidos, recuerdos — que son reliquias — del Gneisenau y el Scharnshorst, todo un mundo de tradiciones que reviven en estos objetos que parecen muertos y tienen, empero, la vida eterna de lo que se siente en lo más íntimo del alma.

Arnauld de la Périére ha corrido la más extraordinaria aventura que pueda ocurrirle a un submarino; fue en el Adriático.
A bordo del U-35 estaba un oficial de la casa Imperial, un Hohenzollern que, como el que servía a bordo del Emden, era un modelo en el cumplimiento del deber. El 2 de octubre de 1917, el U-35 navegaba por el Adriático y, pasada la peligrosa barrera de Otranto, se dirigía a la isla de Corfú para comenzar uno de sus fructíferos cruceros contra el tráfico aliado.
Fue, en efecto, uno de los en que más barcos enemigos fueron al fondo y en la noche del 5 al 6 de noviembre volvía a pasar la barrera fatídica, con rumbo a Cattaro; amaneció el 6 con un tiempo espléndido y, como acaecía siempre, ya se consideraban en seguridad. El final de los cruceros de cada submarino marcaba un respiro en su dotación; era como un paréntesis de vida asegurada y, pese a las privaciones ocasionadas por el bloqueo enemigo, las gentes de los submarinos se consideraban dichosas por unos días; era el descanso, la seguridad y el escapar al ambiente cargado de su barco. El U-35 caminaba lentamente, en superficie, a la vista de la costa austriaca, y en la torreta montaba su guardia el príncipe Segismundo de Prusia a quien acompañaba, respirando el aire puro de la mañana, el teniente de navío Térra; unos hombres flaneaban por la cubierta, pensando todos en la cama cómoda y el baño tibio que les esperaba en la base de Teodo. De repente, Térra apenas si tuvo voz para mandar meter todo el timón a babor y poner a toda fuerza los dos motores. La estela de un torpedo se mostraba claramente a tan escasa distancia que toda maniobra había de ser tardía; el U-35 sería alcanzado fatalmente en la mitad de su eslora: los dos oficiales miraban el avance del torpedo con la expresión de horror que suele producir la impotencia. Y tan de improviso como apareció, el torpedo pegó un salto extraño fuera del agua y saltando por encima de la cubierta del submarino, con un ruido infernal, pasó por entre el cañón y la torrecilla con choques violentos y fue a caer al agua por la banda opuesta, llevándose en su cabriola cuanto encontró en ella; un segundo torpedo pasó por debajo del U-35:, un tercero rozó casi la popa y por último, otro que parecía también ser inevitable, como el primero, describió un amplio semicírculo perdonando nuevamente la vida al submarino de Arnauld de la Périére; como todos los hombres valientes, éste era mimado por la ciega Fortuna. El submarino agresor era el francés Faraday, que hubo de sumergirse a gran profundidad y alejarse mientras comprobaba que la regulación de sus torpedos no era perfecta precisamente.

Von Nostitz und Janckerdorf era un hombre corpulento con una gran barba negra; mandaba el U-151 y fue enviado a las costas norteamericanas para perseguir el comercio enemigo allí donde menos pudiera esperarse la presencia de un submarino. Ya las primeras correrías del U-53 al mando del capitán de corbeta Hans Rose habían demostrado los magníficos efectos causados por la sorpresa.
Von Nostitz regresaba a Alemania cuando fue el protagonista de una de las aventuras más desagradables que pueden ocurrirle a un submarinista; viendo un convoy en el Atlántico, von Nostitz decidió atacarlo y, para esquivar la escolta, lanzar sus torpedos desde dentro de la línea seguida por los barcos de guerra encargados de velar por la seguridad del conjunto. Todo fue bien, al principio. A medida que aumentaban las medidas defensivas de los aliados, los submarinos alemanes se hacían más audaces y llegaban hasta donde hubiese parecido un caso de suicidio en los primeros tiempos de la guerra submarina. Sólo que el U-151 erró el tiro y hubo de lanzar un segundo torpedo contra el vapor más próximo cuando ya los destructores acudían al sitio en que había sido visto el periscopio y regaban el lugar con granadas de profundidad. Von Nostitz y sus tripulantes sintieron que el submarino aumentaba de peso bruscamente, con un ruido metálico, como de algo que rozase brutalmente la cubierta, y comenzaba a descender al abismo con velocidad enorme. En la torrecilla se sintió cómo los periscopios se rompían y todo se doblaba como si una mano de cíclope destrozase todo el exterior. El submarino seguía descendiendo: 60, 70... 72 metros; el casco del U-151 estaba calculado para setenta tan sólo... 80, 84 metros...
Comienzan a lagrimear los remaches del casco interior y por los prensaestopas de la torrecilla, mancornados desde afuera, el agua entra francamente; el submarino, con sus bombas en función, soplando los tanques cuidadosamente para no venir rápidamente a la superficie, no reacciona. Fue de repente, y al soplar un tanque de las extremidades, cuando pareció estremecerse con una sacudida casi epiléptica y comenzó a subir. El comandante quería ahora graduar la ascensión y el barco iba más de prisa de lo que su señor estimaba conveniente; aparecer en medio del convoy era la muerte...
Se detuvo en veinte metros y conteniendo las entradas de agua de la torrecilla navegó diez o doce minutos, a toda fuerza, en dirección perfectamente opuesta al rumbo del convoy atacado. Cuando salió a la superficie, a ciegas, porque los periscopios no existían sino en forma de unos tubos horriblemente retorcidos, pudo sospechar lo sucedido. El vapor torpedeado en segundo lugar lo había sido desde tan escasa distancia que, al hundirse, arrastró en su caída al abismo al submarino, en cuya cubierta se observaban claramente las huellas de la, pintura de los fondos. Una idea providencial, al soplar un tanque extremo, había hecho inclinarse al U-151 y escapar a una muerte segura. La narración de este hecho, realmente novelesco, en unión de la aventura del U-35 con los torpedos borrachos del Faraday, valió a los submarinistas el apelativo de locos con que solía designárseles en la Marina. Y era ciertamente para enloquecer lo que les sucedía en algunos casos; muchos perdieron la razón en la guerra o después de ella, y no pocos padecen del corazón y llevan una vida que es consecuencia de los días de angustia y de constante peligro vividos en los años dramáticos de la contienda.

El submarino U-39 entró de arribada en Cartagena y fue internado en junio de 1918; una tarde, cuando en el puerto levantino paseaba la gente por el muelle, ya entre dos luces, un submarino, mucho mayor que los que España poseía a la sazón, entro en el puerto y, tras las consiguientes consultas, fue metido en el Arsenal y amarrado entre los nuestros, con una guardia suficiente para evitar que se escapase, y su dotación internada en Alcalá de Henares. El comandante narró a unos cuantos que por la mañana y frente a la costa de Argelia fue atacado por unos hidroaviones, en ocasión de estar en superficie y dedicado a la carga de los acumuladores, con el tiempo en calma y nubes bajas; de una de éstas salió impensadamente un avión que dejó caer dos bombas sobre el submarino parado, con tal precisión, que, al explotar en el agua y muy cerca del casco, produjeron un destrozo total en las tuberías de aire comprimido — que aparecían como tubos de papel chafados por una mano dura y con grietas grandes — que impedía en absoluto la inmersión.
El último buque de guerra torpedeado por un submarino fue el acorazado inglés Britannia, hundido por el U B-50 en aguas del cabo Trafalgar el 9 de noviembre de 1918; el U B-50 formaba parte del grupo que regresaba a Alemania de Cattaro al firmar la paz Austria-Hungría, y su comandante Kukat vio el acorazado cuando salía del estrecho de Gibraltar. Dos torpedos hicieron blanco, pero el Britannia se mantuvo a flote algunas horas; de su dotación de ochocientos hombres, sólo perecieron cuarenta.
Los submarinos han sido, entre todas las armas empleadas en la guerra, los que rindieron mayor tributo a la muerte; un cincuenta por ciento de ellos se perdieron por una u otra causa. Las armas más mortíferas para ellos fueron las minas, aun sin computar a éstas la razón de muchos desaparecidos cuya suerte se ignora. Las cargas de profundidad serán en el porvenir las más peligrosas para los peces metálicos; los aeroplanos figuran en último término, con solo cuatro barcos hundidos.
En Wilhelmshaven existe un severo monumento fúnebre dedicado a la memoria de los submarinistas muertos o desaparecidos durante la guerra. La inscripción, reza simplemente:
«A la memoria de los 5,132 héroes de los 199 submarinos que no volvieron jamás durante el curso de la guerra de 1914-1918.»
Es el documento oficial alemán en que se dan las cifras de lo que le costó la guerra submarina, llevada a cabo con disciplina y abnegación maravillosas por tripulaciones tan fíeles a sus comandantes que no pudo prender en ellas el virus mortal de la propaganda revolucionaria...
Esta narración esta recopilada de un libro/documento del Capitan de Corbeta D. Mateo Mille ( + Paracuellos del Jarama, 7 de Noviembre de 1936), editado en 1932 con el nombre de "Los Titanes de la Mar".

Mayo 2006.
Nazario Aguilar (Nazarius U-50) - Oficina de Documentación y Servicios Históricos de la 24 Flotilla Geweih.