El fin de la Flota
Bahía de Scapa Flow, noviembre de 1918. Entrega de la escuadra alemana.
Mucho se ha hablado, acerca de la entrega de la flota alemana; se ha querido buscar comparaciones entre este acto y los sacrificios heroicos e inútiles que han sido realizados otras veces.
Tengamos en cuenta que han pasado años y la mentalidad del mundo ha cambiado mucho; cierto comandante de un submarino inglés decía que «el riesgo es aceptable sólo cuando sea razonable, aunque, en ciertos casos, me gustaría referir un hecho, inútilmente heroico, como si fuese mío».
La entrega de la flota alemana era un hecho fatal; con dotaciones insubordinadas, con los «Consejos de marineros» funcionado a bordo, con esa moderna concepción de la disciplina que creen algunos como posible, es inútil intentar nada. La flota alemana no fue vencida en combate, pero la destrozó moralmente su descomposición interior. Las causas son varias; la principal debe buscarse en la inacción a que la sometieron los elementos directores de la guerra en Alemania.
Nada daña tanto un buque como la quietud; cuando ésta tiene lugar en grandes centros industriales, donde la propaganda disolvente es muy intensa, la disgregación moral es rápida. Los enemigos de Alemania sabían que en combate ésta era prácticamente invencible, y recurrieron a la descomposición interna. Y Alemania cayó...
La flota alemana, soberbio instrumento forjado por el genio creador de von Tirpitz, no fue comprendida por el país. Potencia esencialmente terrestre, que debía su existencia a las victorias de los grandes generales, entendió la marina como una carta de triunfo que ha de reservarse para la baza final, y no era eso. La flota debió empeñarse en combate, en los primeros momentos, en aquellos en que Jutlandia hubiese sido una parodia, cuando el criterio de la protección estaba de parte de los teutones. Si se hubiesen encontrado ambas flotas en los últimos meses de 1914, los resultados de la guerra es posible que hubiesen sido muy diferentes.
Pero quisieron reservar la flota para el final; y la revolución, hábilmente atizada por el enemigo, el exterior y el interior, ahogó en flor el ensueño del almirante von Tirpitz.
Porque, «industrialmente», los buques alemanes eran superiores a los británicos; la curva tiene su máximo, si tenemos en cuenta el espíritu de sus dotaciones (que es el todo en la guerra naval) en la escuadra de von Spee, en las hazañas del Emden, en la actuación del Karlsruhe, en los corsarios escapados de Alemania a través de las líneas de bloqueo, primero; eran los Kohier, los Müller, los Souchon, los Ackermann, los Dochna Schlodien, los von Spee.
Más tarde, la magnífica epopeya de los submarinos: Arnauld de la Periere, Hashagen, von Heimburg, los Valentiner, Hersing, Weddigen, cientos y cientos de comandantes, luchando contra todo y contra todos, entregados a sí mismos, calumniados, sintiendo el odio en derredor y... esclavos del deber sin titubeos.
Pero este espíritu del deber no lo tenían las tripulaciones en los últimos tiempos de la guerra; sólo lo conservaron las de los submarinos, merced a la movilidad y a la lucha que los inmunizaba contra el virus revolucionario; los que permanecieron encerrados en los puertos no pudieron resistir a la propaganda.
Se presentaba para los oficiales el dilema de si podía ser útil a su nación la entrega; el honor de un oficial es lo que revelan los hermosos versos de Pedro Crespo en «El alcalde de Zalamea»; el honor es algo divino, y sólo Arriba se debe responder de él. No se puede criticar ni a los que se negaron a entregar sus buques ni a aquellos que se prestaron a llevarlos a «un puerto neutral» para que sirviesen de gaje en las negociaciones de paz. Eran momentos en que no se podía reflexionar serenamente; era la derrota con toda la desmoralización que la palabra significa. Es fácil razonar tras una mesa, a continuación de una buena comida, sobre lo que se haría en momentos de peligro, como es fácil el «toreo de salón»; la intervención del toro, o de las causas similares, descompone la figura...
Las dotaciones alemanas se negaban a combatir; ved esas fotografías de la entrega de los buques, la glacial indiferencia con que ven subir a bordo a los enemigos para hacerse cargo de los buques y decidme, ¿qué se podía hacer? Perdida la disciplina, el don más precioso, digan lo que digan los modernos demoledores que confunden la libertad con su propio capricho, caen por su base las instituciones militares que tienen las penalidades en razón inversa de la graduación.
En España, modelo de valor aislado, de heroísmos estériles con frecuencia, no existe el «valor cívico»; la gente «no quiere líos»; y el caso de la entrega de la escuadra alemana es un caso de valor «cívico». Lejos de nuestro ánimo el defenderlo, porque pertenecemos a la raza española por completo; preferimos el gesto de Cervera, modelo de jefes desgraciados, que han de cargar con culpas ajenas, del Gobierno especialmente, que no encontró medio mejor para enmendar sus yerros sino ordenar salir perentoriamente a los buques de Santiago de Cuba, unos con malas municiones, sin cañones otros, incapaces de combatir todos. Porque el caso del Colón, enviado al combate sin más cañones que los de mediano calibre, es decir, los incapaces de producir al enemigo daños que mereciesen tal nombre realmente, es único en la Historia naval y perfectamente quijotesco. Como lo es el famoso telegrama en que se le decía a Cervera: «El Gobierno espera que su celo supla las deficiencias...» Y su celo era grande, pero hubiesen sido mas eficaces las municiones que no tenía. El Oregón y el Iowa se resintieron moralmente, pero tiraron mejor... y la derrota fue espantosa.
En el caso alemán las municiones eran inmejorables, pero la gente, esa gente glorificada en algunas novelas, se negó a dispararlas; el resultado fue desastroso asimismo. No hubo muertos, pero hubo vergüenza eterna, que nosotros nos ahorramos. ¿ Para los oficiales ? no; para los insurrectos.
El artículo 23 del armisticio establecía:
«Los buques de guerra de la Hochsee Flotte alemana que determinen los aliados y los Estados Unidos serán desarmados inmediatamente e internados a continuación en un puerto neutral, o, en su defecto, en puertos pertenecientes a las potencias aliadas. Estos puertos serán designados por éstas y los Estados Unidos, permaneciendo bajo su vigilancia y sin más dotación que la indispensable para su custodia.
Las peticiones de los aliados alcanzan a: 6 cruceros de combate; 10 acorazados; 8 cruceros rápidos (dos de ellos portaminas); 50 destructores del tipo más reciente.
Todos estos buques se hallarán listos, para salir de los puertos alemanes y ser internados, siete días después de firmado el armisticio. La derrota que hayan de seguir les será indicada por radiotelegrafía».
La salvedad de que pudiese ser un puerto aliado, en caso de no encontrarse uno neutral adecuado, transparentaba claramente lo que había de suceder; las demandas de los aliados, en las que se descubría francamente el deseo de una respuesta negativa, cerca de los países europeos que se habían mantenido alejados de la contienda, confirmaba esta suposición. Solamente Holanda y España podían ser las designadas; la primera no parecía dispuesta a ello y la prontitud con que el Gobierno español se puso a seguir alegremente el carro de los vencedores excluía asimismo a nuestra nación de este penoso menester.
El contralmirante alemán Meurer, miembro de la comisión nombrada para negociar el armisticio, fue designado para ponerse de acuerdo con el almirante Jellicoe acerca de la entrega de la flota imperial; el 15 de noviembre salía de un puerto alemán dirigiéndose con el crucero ligero Konigsberg al Firth of Forth. Las cláusulas que se concertaron fueron las siguientes:
1.- Llegada al Firth of Forth y amarrarse en la rada exterior, donde se verificaría que los buques habían sido desarmados.
2.- Punto de reunión: 40 millas al Este de la isla May, a las ocho de la mañana (hora de Greenwich).
3.- y 4.- Cómo había de hacerse el viaje y formación de los buques durante él.
5.- Los cañones irán trincados al centro en su posición de navegación.
6.- Una fuerza naval inglesa suficiente se encontrará con los buques alemanes en el punto convenido y los conducirá al fondeadero.
7.- Un crucero ligero británico, llevando un gallardetón azul en el palo, se colocará a la cabeza de cada grupo de buques alemanes sirviéndoles de guía.
8.- Plan de fondeo de los buques en el Firth of Forth.
9.- Los buques llevarán combustible para recorrer 1.500 millas a doce horarias de andar y la cantidad necesaria para el funcionamiento de las máquinas auxiliares hasta el 17 de diciembre.
De víveres, diez días para las dotaciones que los conduzcan y hasta el 17 de diciembre para los que permanezcan a bordo para su custodia.
El vicealmirante von Reuter tomó el mando de la que se llamo «escuadra de crucero» en la mañana del 18 de noviembre; los buques destinados a la entrega se habían reunido en la rada de Schilling. Antes hubo que proceder a numerosas gestiones para que reembarcasen los oficiales que habían sido expulsados por los «Consejos de marineros» y para que éstos dejasen de actuar, ya que los ingleses rehusaron rotundamente el tratar con ellos; otra gestión delicada fue la encaminada a que se arriase la bandera roja que había substituido a la nacional. Como en todas las cosas del mundo, se llegó a una fórmula: se izaría la bandera imperial a popa y la roja en el palo de proa. Pero apenas salieron los buques a la mar, los mismos tripulantes arriaron la roja y los un día poderosos buques de guerra no mostraron al exterior ninguno de los síntomas de descomposición que ocultaban sus cascos.
Una vez entrados en el Firth of Forth y comprobada la incapacidad de los buques para combatir, éstos habían de ser conducidos a puertos neutrales para ser desarmados; pero el almirante von Hipper, jefe supremo de la flota alemana, ya presumía, cuando esta dejó las costas nacionales por última vez, que no entraba en los propósitos enemigos el dejarla salir de sus puertos una vez llegada a ellos. Y hasta es posible que en la mente de los que los conducían en este último viaje germinase ya la idea de su destrucción.

Los buques reunidos eran: diez acorazados, los más modernos de la Marina Imperial (Fríedrich der Grosse, Kaiser, Prinzregent Luitpol, Kaiserin, König, Markgraaf, Bayern, König Albert, Kronprinz Wilhelm y Grosser Kürfurst); cinco cruceros de batalla, porque el sexto no pudo ser entregado conforme a las peticiones de los aliados por no estar aún en estado de navegar y muy atrasado en su construcción, el Mackensen (Seydlitz, Von der Tann, Derfflinger, Hindenburg y Moltke); siete cruceros ligeros (Bremse y Brummer, que eran portaminas y los primeros de su género que hubo, Karlsruhe, Nürnberg, Dresden, Frankfürt, Köln) y cincuenta destructores.
La mayoría de los nombres de estos últimos cruceros eran la reproducción de los que alcanzaran fama imperecedera en los primeros meses de la guerra; posteriormente otros cruceros ostentarían estos nombres. En Scapa Flow hubo de agregárseles más tarde el nuevo Emden.
El almirante von Reuter dio la orden de salida sin saber a ciencia cierta si estaban los buques preparados para ejecutarla, tal era la confusión reinante por la insurrección de la gente. Los oficiales llevarían la navegación sin que pudiese inmiscuirse en sus deberes ningún inferior; era un pacto entre ambas partes, hasta la llegada a Inglaterra. No eran los grados de aquellos los que correspondían a la categoría de los buques que mandaban, y la mayoría de los comandantes de los buques hubiesen mandado un torpedero, cuando más, en tiempo normal. Tenientes de navío, capitanes de corbeta recién ascendidos, sacaron aquellos acorazados a la mar. Pero no eran tampoco tales acorazados, sino simplemente sus cadáveres lo que navegaba hacia la costa británica; porque en la Marina el personal cuenta aún más que el material, el alma más que el cuerpo. Y el alma no existía...
La flota se puso en marcha; eran las nueve de la mañana del 19 de noviembre de 1918. Los buques iban tomando su puesto en la formación lentamente al principio; pero al cabo de unas horas de navegación las cosas parecían ir mejor; la gran escuela que es el océano borraba las diferencias miserables de los egoísmos terrestres. La formación volvió a ser la impecable línea de antes, de los tiempos en que von Scheer admiró a sus propios enemigos con su magistral maniobra táctica, tres veces repetida, en pleno combate, con una precisión maravillosa; parecía resurgir algo que más que muerto estuviese adormecido, y unos y otros se miraron con menos hostilidad. ¡Milagros del ambiente! No se veía bandera roja alguna en los palos y al pasar ante la isla de Helgoland pudiera creerse que eran otros tiempos. ¡ No ! Era el viaje postrero de una Marina que había sido tan fuerte que llegó a inquietar seriamente a los ingleses. Y esta fue una de las causas, y no pequeña, de la feroz lucha que ensangrentó el planeta por espacio de cuatro años.

Algún crucero se quedaba atrás por falta de presión en sus calderas; cayó la tarde cuando se perdía en el horizonte la silueta achatada, semejante a la de un buque, de la isla de Helgoland.
A la mañana siguiente, no obstante haber sido dragado un paso entre los campos minados, con las señales necesarias para que la escuadra pasase con cierta seguridad, el destructor V-30 chocó con una mina y se fue a pique; hubo dos muertos y algunos heridos. Los ingleses se apresuraron a pedir la entrega, inmediata de otro destructor, aun cuando la desgracia no podía atribuirse sino a la fatalidad, y la comisión alemana para el armisticio accedió inmediatamente a la demanda.
El 21 de noviembre fue un día de sol, pero brumoso; esa niebla tan general en el mar del Norte, que hace grises todos los objetos e imprime un inconfundible sello de tristeza a la navegación por aquellos parajes, lo envolvía todo. Algún que otro pesquero, que reanudaba sus tareas habituales apenas conocida la buena nueva del armisticio, emergía en la cortina vaporosa y obligaba algunas veces a la escuadra a gobernar para evitar el abordaje que parecía inminente. Esta circunstancia quitó belleza al dramático encuentro de las dos flotas enemigas; a las 8 en punto de la mañana ambas efectuaban la unión.
De parte británica estaba la flota al completo con el propio almirante Beatty a bordo del Queen Elizabeth y destacamentos de todas las Marinas aliadas, incluso buques de guerra franceses, que nunca llegaron al mar del Norte durante la guerra; una división de acorazados norteamericanos, con sus típicos palos de «torre Eiffel», hacía patente que, en lo sucesivo, los Estados Unidos habían de intervenir activamente en los asuntos europeos.
La flota imperial se arrastraba lentamente a doce nudos sobre el bruñido espejo de acero que el mar del Norte semejaba ser; los hurras de los ingleses llegaban hasta los barcos alemanes, traídos por el viento. Era y será siempre difícil comprender cómo una victoria se puede obtener de esta suerte; ¿ enemigos ? ¿ amigos ?. En uno u otro caso hubiesen atronado el espacio los cañonazos, de saludo en un caso, para batirse en el otro. Y sin embargo, estas dos escuadras, las más potentes que en el mundo han sido y que es muy posible que jamás sean, no ya superadas, sino ni siquiera igualadas, pasaban de vuelta encontrada en un extraño contraste; por un lado los gritos de victoria, un silencio casi despectivo en los otros.
Un crucero ligero vino a ponerse a la cabeza de cada grupo, con arreglo a lo convenido, y todos los buques (¿ quinientos ?) comenzaron a navegar en demanda del Firth of Forth. Los alemanes, pasivamente, con sus cañones trincados «a son de mar» sin la menor intención de hacer uso de ellos, en zafarrancho de combate los otros, un poco atónitos del espectáculo que tenía lugar ante sus propios ojos, que contemplaban cómo toda una flota se entregaba sin combate, en plena eficacia al parecer. Pero ¡ay! que aquellos buques no eran más que apariencia, como los hinchados cuerpos del náufrago que la mar arroja y que no son más que... despojos.
Cuando se encuentran buques de guerra de distintas naciones, las dotaciones forman, si es en tiempo de paz, y rinden los honores correspondientes; la guerra encuentra los buques frente a frente, desiertos al parecer, pero pronto la ronca voz de los cañones y el zumbido característico de los proyectiles denuncia la presencia de los hombres que los tripulan. Ahora, nada; silencio. Tristeza, descomposición, muerte... sólo el ruido de la mar al ser cortada por las rodas de los buques.
La mañana y las primeras horas de la tarde pasaron así; en todos los barcos, gemelos que se asestaban al contrario. Los aparatos de visión que permitían ver mejor, tales como los telémetros, las alzas de los cañones, los anteojos de los timoneles, eran disputados por unos y otros; y al apuntarlos hacia el enemigo de ayer, que aún lo era en este día otoñal, lo primero que se podía ver era una actitud semejante en el contrario: la curiosidad era la que regía este encuentro.
Hacia las tres de la tarde, todos los buques, alemanes o ingleses, estaban fondeados en el Firth of Forth; fue entonces cuando los germanos recibieron la siguiente señal que era el principio del fin: «La bandera alemana deberá ser arriada a las 15 h.57 m. y no podrá ser izada nuevamente sin un permiso especial».
Cuando un barco de guerra es internado en un puerto neutral, conserva el derecho a mantener su bandera izada; es cierto que era puerto enemigo, pero también que los buques estaban «internados», y si las condiciones eran las que eran, se debía pura y simplemente al hecho de no haber encontrado un puerto neutral adecuado para tal fin. Si los alemanes no se habían rendido, ¿ por qué arriar la bandera de un modo que pudiera denominarse definitivo ? Pero el espíritu que hiciera destruir el Magdeburg varado en el Báltico y los cruceros del almirante von Spee disparando mientras hubo un cañón en estado de hacerlo, que llevó al Emden a combatir hasta última hora, se había evaporado, como las esencias delicadas. No obstante, sin duda por olvido, no se ordenó arriar ni las insignias ni los gallardetes de los colores nacionales que, izados en el palo de popa, son símbolo de mando.
Por consiguiente, en esta escuadra, el mando estaba siempre en manos de los alemanes; y, a pesar de las condiciones especiales en que se hallaban, hay que reconocer que supieron ejercerlo, como se verá más adelante...
La bandera se arrió, con los honores que son uso y costumbre en los buques de guerra, en esa hora maga del anochecer que es, en los países lejanos, un mundo de sugestiones; este 21 de noviembre es posible que la nostálgica tristeza del momento fuese mayor en algunos, en los que consideraban que esta ceremonia era un epitafio; los otros, los que habían perdido la sensibilidad del más sagrado deber del hombre, esos se fueron a cenar tranquilamente; era un día...
Prohibieron los ingleses la ida y venida de botes entre los barcos alemanes, so pena de disparar contra los contraventores; comenzó el aislamiento entre todos ellos. Al día siguiente, 22 de noviembre, se iniciaron las visitas de las comisiones inglesas encargadas de comprobar que los buques enemigos se hallaban incapacitados de combatir realmente; estaban compuestas de oficiales, clases y marineros. Al llegar habían de encontrar las dotaciones formadas en cubierta, todos los compartimientos, instalaciones ofensivas y alojamientos abiertos y en disposición de ser examinados detenidamente. Esta visita fue una nueva prueba para los vencidos de lo que significaba la entrega de la escuadra; se revolvió el carbón hasta los fondos de las carboneras, se registraron minuciosamente los pañoles de municiones, como si fuese posible esconder los enormes proyectiles ya desembarcados en Alemania. La sorpresa de los ingleses y sus aliados, ante lo que representaba este póstumo viaje de la flota que fuera su pesadilla, era tal que no podían dar crédito a sus propios ojos; y trataban de buscar algo, una traición sobre todo, que justificase este insólito proceder. El inglés es tardo en la comprensión y desconfía...
Entonces comenzaron sus sorpresas ante el material alemán; cierto oficial norteamericano, dirigiéndose a uno alemán, tras examinar, aunque no a fondo, los buques, dijo al desembarcar del Bayern: «Ustedes no se han dado cuenta exacta del que tenían, muy superior al material británico. De haberlo sabido y empeñado su flota a tiempo en combate, acaso hubiese cambiado el curso de los acontecimientos...» Después de la batalla de Jutlandia no era ningún secreto para un observador medianamente perspicaz lo que expresaba el norteamericano.
Y al mismo tiempo, los orgullosos miembros de las comisiones de marineros, que con su brazal rojo creían ser los señores de aquellos buques desdichados, se veían tratados despectivamente por los ingleses. La niebla ocultaba los barcos alemanes a la curiosidad de los que acudían a los muelles a contemplar los despojos de lo que fue Marina imperial. Algunos vapores hicieron un buen negocio dando vueltas en derredor de ellos.

La estancia en el Firth of Forth duró dos días solamente; pronto circularon las órdenes oportunas. El 22 salieron los destructores, el 24 algunos acorazados y el 25 los buques restantes. Esta vez, la meta era la rada de Scapa Flow, la base de toda la Grand Fleet británica durante la guerra. Ya no se guardaron las formas; cada grupo alemán era escoltado por acorazados ingleses, a cuatro por grupo, que navegaban a ambas bandas de los prisioneros. Los oficiales ingleses fueron pilotando a los barcos enemigos, sucesivamente. A media tarde, todos éstos estaban fondeados en los puestos designados para ellos. La tumba estaba abierta...
El caso de la flota alemana internada en la rada de Scapa Flow es único en la historia naval; los buques internados, se acogen generalmente al amparo de una nación neutral y permanecen en alguno de sus puertos hasta el fin de la guerra. Su entrada en este puerto es siempre consecuencia de un combate desgraciado, de la falta de combustible, condiciones siempre ligadas directamente a los acaecimientos bélicos, pero los buques germánicos se hallaban a merced del enemigo en las aguas grises de las Orcadas por una circunstancia puramente política.
Scapa Flow no es ni una bahía ni una rada, propiamente dichas; siete islas pertenecientes todas al grupo de las Orcadas dejan entre ellas un espacio bastante grande, al que se tiene acceso por los canales que existen. Este sitio fue el elegido por el almirante Jellicoe como el más estratégico para situar la Grand Fleet, de suerte que pudiese acudir tempestivamente a contener cualquier intento de forzamiento del bloqueo por parte de la Hochsee Flotte. Aquellas islas rocosas en las que hasta entonces se alzaban solamente unas cuantas cabañas de pescadores, comenzaron a ver surgir con la premura que la guerra pone en todas sus cosas los almacenes, los cuarteles, los muelles para embarque y desembarque de aprovisionamientos, los cobertizos para aeroplanos; y poco después los campos de tenis y de golf, los estadios para los ejercicios físicos de la marinería. Finalmente, un observatorio meteorológico completó las instalaciones de la escuadra, la mayor que han conocido los siglos.
La gestión del almirante alemán y sus oficiales se presentaba sumamente difícil; de una parte las exigencias del enemigo, dispuesto a imponer su voluntad; de otra la resistencia pasiva, que en algunos casos se tradujo en violencia, de los «Consejos de marineros» que funcionaban a bordo de los barcos sublevados. Y entre ambos, la acción vacilante del gobierno provisional alemán, incapaz de tomar una decisión definitiva sobre ninguna de las múltiples cuestiones que se le presentaban.
El almirante von Reuter hubo de ir a Alemania a fines de diciembre, y cuando regresó, a pesar de haber querido ausentarse por escaso tiempo, había pasado más de un mes; durante estas semanas, no escasearon los conflictos. La forzosa inacción de los buques, la prohibición de ir a tierra o simplemente de comunicar entre sí, eran causas, indudablemente, de esta agitación, aumentada por el fermento revolucionario y las noticias de Alemania, exageradas a su vez por los pocos ingleses con que comunicaban las dotaciones de los buques pertenecientes a las embarcaciones que aseguraban los servicios de aprovisionamiento. El almirante británico, comandante de la base de Scapa Flow, procuraba ayudar a su colega alemán en el mantenimiento del orden a bordo de sus buques. Las dotaciones de custodia, asignadas en un principio a los barcos enemigos internados y que oscilaban desde los 200 hombres destinados a los cruceros de combate, hasta los 25 de los destructores, fueron reducidas constantemente; al principio hubo de oponerse von Reuter, pero más tarde, cuando llegó a adquirir la triste convicción de que los buques no habían de salir jamás de Scapa Flow, cuando pudo darse cuenta de que ni su Gobierno había de solicitarlo ni el inglés consentir que aquellos soberbios instrumentos de guerra pudiesen volver a ser empleados contra el poderío naval del Imperio británico, entonces fue él mismo el que procuró eliminar a los elementos disolventes, conservando aquellos hombres con los cuales creía poder contar para sus fines. Ya anteriormente hubo de transbordar su insignia desde el acorazado Friedrích der Grosse al crucero ligero Emden, por estimar que la dotación de aquél no le guardaba las debidas consideraciones.
Tomaba cuerpo en su cerebro la idea de echar a pique los buques; si no habían de ser devueltos a Alemania, antes que dejarlos caer en poder del enemigo, hundirlos allí mismo. Cierto que el poco fondo daría lugar a que emergiesen sus palos, chimeneas y superestructuras, que su salvamento no era cosa imposible, pero el gesto no perdía valor alguno por ello. Se consideraban defraudados, por haberse dejado engañar en los primeros días del armisticio con un supuesto internamiento, que pronto se convirtió en un apresamiento más o menos hábilmente disimulado; quizá fuese un poco tarde, pero aún podía evitarse que cayesen sin combate en poder del enemigo. Y esta es la primera obligación que adquiere el oficia] de Marina hacia el país que le ha confiado sus buques.
Pasó así el invierno, la primavera después y llegó el verano; el espectáculo de la triste rada de Scapa Flow había llegado a tener sus encantos para los cautivos; las noches cortas y los días casi sin solución de continuidad, tal cual aurora boreal, la visión de las colinas y de las islas que circundan la rada, esto era cuanto podía servir de distracción a los tripulantes de los barcos teutones.
Las reducciones sucesivas de las dotaciones imprimía un sello de tristeza y abandono más acentuado cada vez a las moles grises que se balanceaban perezosamente en las obscuras aguas.
Los oficiales, siempre fieles al almirante, examinaron con éste las posibilidades de hundir los buques; empresa delicada, porque era necesario contar solamente con los elementos fieles, ya que una delación a los ingleses hubiese conducido a una ocupación de los buques por parte de éstos, y la idea hubiese muerto en flor. Tampoco sabían cuáles eran las intenciones de su Gobierno respecto a la escuadra internada; era posible que la negociase como una carta capaz de ser cambiada, a trueque de evitar la ocupación de alguna región alemana, o que intentase venderla. La falta de noticias directas, la circulación de rumores y el existir la censura inglesa interpuesta entre él y Berlín, le impedían formarse un exacto juicio de la situación que le permitiese obrar según los posibles deseos de su Gobierno. Y esta independencia en que se le dejaba le obligaba, a tomar una resolución que pusiese a salvo el honor alemán. Y no existía más recurso sino el echar a pique los buques. Caso único también en la historia naval; se hundirían sin combate, sin ser destrozados por las salvas mortales del enemigo, sin sus flancos agujereados por los proyectiles de grueso calibre, intactos, en el pleno estado de eficiencia, alguno sin haber estado jamás frente al enemigo y sintiendo sus tripulantes toda la superioridad material de aquellos barcos sobre los enemigos.
En ninguna batalla se han ido a pique tantos buques como los reunidos en Scapa Flow, que iban a desaparecer bajo las aguas de aquellos parajes septentrionales...

Los ingleses han dicho que fue un acto desleal el cometido por los alemanes; dejemos a un lado la inevitable pasión de la guerra y los meses que la siguieron. Es indudable que los buques alemanes no se habían entregado, puesto que conservaban a bordo una dotación, todo lo reducida que se quiera, encargada de ellos; en ellos no pusieron el pie los ingleses y su custodia estaba encomendada al personal alemán; eran un gaje, unos barcos internados, pero nunca una presa. Por lo menos, nunca se declaró así en ningún escrito; y estando en poder de los alemanes, es evidente que al hundirlos para evitar un final deshonroso entregándolos al enemigo en perfecto estado de combatir llevaban a cabo un hecho perfectamente legítimo y de acuerdo con los preceptos navales.
Se aproximaban los días críticos en que Alemania había de responder a las imposiciones aliadas; von Reuter sabía muy bien que su patria no podía rehusar las condiciones. Alemania no era una nación, sino un aglomerado de apetitos desenfrenados en que el Gobierno era más nominal que real. Y era un disparate imaginar siquiera que los barcos habían de ser devueltos. Si la guerra seguía, cosa descartada, era suponer que se volvía a los buenos tiempos de los libros de caballería o suponer que la lucha, en nuestros tiempos, fuese una quijotesca partida de ajedrez. Y si la paz se hacía el enemigo diría: «¿ Para qué quieres estos barcos ?». En uno u otro caso, la flota alemana no saldría de Scapa Flow...
Era necesario echarla a pique; imposible pensar en volar los buques. La solución única que se presentaba factible era la de abrir las válvulas de los fondos y dejar que los barcos se fuesen hundiendo lentamente, disponiendo que solamente se arriasen los botes indispensables, a última hora, para desembarcar los tripulantes en tierra, llevando durante el trayecto una bandera blanca que sería metida a bordo de las embarcaciones con la necesaria antelación.
El 17 de junio llegaron dos transportes, de los que hacían el servicio de aprovisionamiento y correo de la escuadra, con Alemania, desde su internamiento; en ellos se embarcaron todos los individuos excedentes de la dotación fijada últimamente y que era bien exigua: 75 hombres para los cruceros de batalla, 50 para los acorazados, 20 para los cruceros rápidos y el número que fijase el jefe de ellos para los destructores.
Las órdenes para echar a pique los buques se comenzaron a distribuir seguidamente; para ello se emplearon los mismos botes británicos que aseguraban la comunicación entre los alemanes. Se especificaba claramente las señales que habían de preceder al hundimiento, las que servirían de orden de ejecución y que al ser izadas en el Emden debían dar a entender que se comenzase a hundir los buques.
El secreto pudo ser conservado, a excepción de dos buques solamente: un acorazado y un crucero de combate. Hubo que modificar ligeramente la orden dada y algunos individuos de la dotación pidieron ser repatriados, por no querer tener parte alguna en lo que se tramaba.
El 16 de junio de 1919 el Times decía que Alemania entregaría no solamente los buques internados sino también todos los de combate que poseía, mediante un -financial arrangement-. Era la entrega, aunque se disfrazase de venta más o menos vergonzante. El almirante von Reuter telegrafió entonces a su gobierno pidiendo ser relevado, en unión de todos sus oficiales, antes de que se llevase a cabo lo que se anunciaba, caso de que fuese cierta la noticia. El mismo diario londinense decía, en otra página, que se daban cinco días de plazo a Alemania para que respondiese a las proposiciones y que en ellos debían contarse los tres que habían de transcurrir desde la denuncia del armisticio a la reanudación de las hostilidades.
Era evidente que la ocupación de la flota alemana internada en Scapa Flow podía sobrevenir de un momento a otro; podía suceder que se hiciese en virtud de la aceptación, por parte de Alemania, de la supuesta «cesión», pero no era tampoco muy descabellado suponer que fuese consecuencia de un golpe de fuerza. Nada se podía hacer en ninguno de los dos casos; en el primero porque vendría una orden, en el segundo por la resistencia pasiva de los inferiores o por los apremios de tiempo. Y en cualquiera de ellos era necesario evitar la entrega.
21 De junio de 1919; día de sol, completamente veraniego. La mar se halla en una calma absoluta y las aguas de Scapa Flow parecen un espejo de acero; a las diez de la mañana, el capitán de fragata Oldekop, jefe de Estado Mayor de la escuadra internada, vino a anunciar a su almirante que la escuadra inglesa de acorazados encargada de la custodia salía a la mar y que los periódicos anunciaban que los aliados se negaban abiertamente a adquirir los buques, exigiendo su entrega incondicional; el almirante mandó que se izase, sin más tardanza, la señal convenida que significaba: «Hundir inmediatamente todos los buques». La sentencia de muerte de éstos estaba firmada...
Poco después de las once y media de la mañana comenzaron a llegar al Emden las señales de «enterado»; la escasez de personal imprimía una gran lentitud al servicio de señales. Al filo del mediodía, los síntomas de que algo anormal sucedía comenzaron a ser bien visibles. Los barcos escoraban de un modo raro, otros hundían sus proas o sus popas de suerte que no podían dejar de llamar la atención de un observador por poco perspicaz que fuera.
Apenas habría transcurrido unos minutos cuando el Friedrich der Grosse, cuyos botes se mantenían por la popa, llenos de gente, aumentó su escora de tal suerte que sus portillos, que habían sido dejados abiertos, empezaron a dejar pasar agua y con ello aumentó aun más la inclinación del acorazado; unos minutos más y dio la voltereta espectacularmente, dejando escapar dos enormes bocanadas de aire al desaparecer sus chimeneas, casi horizontales, en el agua. Unos remolinos marcaban en la superficie el sido donde yacía aquella mole de treinta mil toneladas; eran las doce y dieciséis minutos. Después, las aguas se calmaron nuevamente sobre la tumba del coloso.
Cundía la actividad en todos los buques; su gente los abandonaba, lanzando sus sacos y los equipajes a los botes que habían de recogerlos a ellos mismos; un pesquero armado inglés que estaba lejos del Friedrích der Grosse en el momento de desaparecer éste, comenzó a disparar sobre los botes de los náufragos.
¿ Qué significaba aquello ?. Al mismo tiempo hacía oír el sonido ininterrumpido de su silbato de vapor, para llamar la atención de los suyos ante la sospechosa postura que iban tomando otros buques que parecía presagiar que el caso del Friedrich der Grosse iba a repetirse. El ruido despertó la atención de las dotaciones de los otros buques menores de vigilancia, sacándolos del sopor estival producido por el día caluroso. Los barcos desaparecían rápidamente bajo la superficie de las aguas; el crucero portaminas Brumse, que estaba fondeado por la popa del buque insignia Emden y a poca distancia de éste, siguió al Friedrich der Grosse unos minutos más tarde; después fue el turno del Moltke, el del König Albert y la rada se iba poblando de botes, llenos de gente con la bandera blanca izada, sin que ello fuese óbice para que los ingleses continuasen haciendo fuego.

Los hundimientos se sucedían con diferentes inclinaciones, sin que hubiese dos buques que se hundiesen de manera semejante; uno alzaba su proa y rompía las cadenas de las anclas con un ruido sordo, para escorar rápidamente a una banda y desaparecer mostrando la roja pintura de sus fondos antes de irse a pique, como el Grosser Kürfurst; otros, como el Emden, parecían resistirse a un fin poco glorioso, mientras un destructor británico intentaba tomarlo a remolque para llevarlo a menor profundidad, ya que apenas si había comenzado a hundirse; el Bayern se tumbaba bruscamente, como una fiera herida, y el gigantesco acorazado iba a buscar su lecho en el fondo de la mar en unión de sus compañeros. Las dotaciones alemanas, presas de su antiguo espíritu, que sentían renacer ante la dramática grandeza del espectáculo, daban los tres hurras de reglamento cuando su barco se iba a pique.
Los destructores ingleses comenzaron, a su vez, a disparar sobre sus semejantes alemanes, sin duda para intimidar a los encargados de echarlos a pique y hacerles cesar en la faena, sin que consiguiesen su objeto. Las dotaciones dejadas en Scapa Flow por el almirante von Reuter eran dignas de las tradiciones de la Marina imperial y no dejarían que sus buques cayesen en manos del enemigo...
Y eran cada vez menos los que permanecían a flote; inclinados como una tropa de ebrios que no lograse enderezarse, sólo el Hindenbug, el gran crucero de combate, completamente nuevo, que aún nunca combatiera, se iba yendo a pique perfectamente horizontal; el agua lamía sus costados, subiendo por ellos, lentamente, constantemente. El tiroteo contra los destructores revestía proporciones de un verdadero combate; una de las flotillas, la sexta, veía caer los proyectiles en derredor casi como en la célebre jornada de Jutlandia, pero de los cincuenta destructores, cuarenta y seis pudieron ser hundidos; solamente cuatro de ellos fueron remolcados a la playa.
Serían las tres de la tarde cuando aparecieron en la había los acorazados ingleses de la división de vigilancia que salieran por la mañana a la mar, apuntando sus piezas de grueso calibre sobre aquellos despojos que estaban condenados a un fin inmediato. El fuego iba disminuyendo de intensidad y, por fin, cesó totalmente.
El Seydlitz daba la voltereta lentamente, el Derfflinger y el Von der Tann recobraban su posición normal y se sumergían con cierta majestad. El Markgraaf parecía indemne y el Badén iniciaba una leve inclinación; el Emden y el Nürnberg flotaban todavía, y el Bremse, el crucero portaminas gemelo del Brummer, mostraba su quilla roja al Sol y se hundía con gran estrépito de rupturas interiores cuando iba hacia la playa a remolque de un destructor enemigo.
Tal era el cuadro que se ofreció a las atónitas miradas de los tripulantes de los acorazados británicos, en substitución del de la tranquila rada, con todos los buques fondeados, que habían dejado en la mañana del mismo día al levar sus anclas.
El Hindenburg era el último de los echados a pique y a las cinco de la tarde descansaba en el fondo, emergiendo únicamente sus palos, chimeneas, superestructuras; aquí y allá una prominencia rojiza, que salía del agua a semejanza de una islilla baja, era la panza de un buque grande tumbado en el fondo de la bahía; un palo pequeño era todo lo que se veía de un destructor. Y en la quietud que iba volviendo a la rada, parecía respirarse algo fúnebre; un silencio de muerte lo iba envolviendo todo...
Ochenta y tres buques de guerra, de tipo modernísimo todos ellos, yacían bajo las aguas; no para siempre, porque la industria de los desguazadores, esos modernos «cuervos de mar» que ha creado la guerra como tantas otras industrias nuevas, había de convertir en chatarra los cascos de los barcos hundidos. Muchos de aquellos buques han vuelto a ver la luz del Sol y otros pueden verse en Scapa Flow como restos informes de una Marina destruida no por el fuego enemigo, sino por la sutil propaganda revolucionaria; no por la lucha abierta y leal, sino por el sordo trabajo de zapa que produjo su constante inacción.
Tal fue el triste final de la un día orgullosa Hochsee Flotte.

Junio 2006.
Nazario Aguilar (Nazarius U-50) - Oficina de Documentación y Servicios Históricos de la 24 Flotilla Geweih.