Laconia
Proceso a la U-bootwaffe
La idea de escribir este relato comenzó aproximadamente a mediados de Noviembre del año pasado, y sin desearlo especialmente ha terminado por convertirse prácticamente en una novela corta. Esta obra surgió, claro está decirlo, como consecuencia de mi acercamiento a la simulación submarina a través del juego de computadora Silent Hunter III desarrollado por la compañía Ubisoft. Pero en realidad no ha sido tanto el realismo del juego – discutido por algunos y como resultado de esto la impresionante y enorme profusión de mods de todas las clases, tamaños y naturalezas − sino la intención misma de la simulación, que invita al jugador a dejarse llevar por el viejo arte lúdico de asumir roles, en este caso, el de personalizar a un comandante de Uboot. Ello se transformó rápidamente en un fuerte incentivo para tratar de conocer cada día más acerca de los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial con el objeto de meterme más y más en la historia particular de aquellos hombres que sirvieron en la fuerza de submarinos de la Kriegsmarine, sus hechos y su pensamiento.
Sin embargo, la verdadera motivación para escribir este cuento ha sido otra, al punto que de no ser por ello − probablemente − este relato nunca hubiera alcanzado la luz; el motivo principal siempre estuvo fundado en un deseo personal; hacerle un regalo a todos mis camaradas de la 24º Flotilla “Geweih”, utilizando para ello lo que más o menos − y de una u otra manera − creo que puedo hacer con algún arte personal, es decir, escribir.
Aquí en esta comunidad he encontrado, desde el primer día, un oasis de camaradería y compañerismo, fuera de mis ocupaciones habituales es el lugar donde paso más tiempo cuando estoy conectado a Internet y al que he adoptado como mi propio hogar en la red y sus miembros como mi familia virtual. Por ello siento que siempre tengo una deuda de gratitud por la buena consideración que siempre me han dispensado y por ello surgió esta necesidad de retribuirles con un presente y que mejor entonces − cuando se hace un regalo − que brindar algo fabricado o realizado por uno mismo desde el corazón. Por ello espero que disfrutéis su lectura del mismo modo como yo he disfrutado cada hora que he dedicado a su escritura.
Bien. Ocupémonos ahora de hacer algunos comentarios previos sobre la obra en relación con ciertas cuestiones que merecen alguna consideración − en especial − con el propósito de que luego no haya que lamentar malos entendidos.
Se ha dicho de los comandantes de u-boats que eran piratas y asesinos, mostrándolos como seres crueles e innobles que asolaban las aguas del Atlántico, dedicados a matar todo lo que encontraban a su paso. Lo que se diga aquí por supuesto no cambiará la opinión de esas consciencias pequeñas ni tampoco es el propósito de este trabajo. Lo importante, lo que realmente he buscado con esta pequeña obra es mostrar otro ángulo de la cuestión, la que involucra a la vida y el deber de hombres en pugna, en medio de la locura de acontecimientos y circunstancias propios de una de las épocas más tristes de la vida contemporánea. Pero por sobre todas las cosas, la historia de hombres comunes en circunstancias muy poco comunes y el modo como estas circunstancias los volvieron héroes.
La misión que tenían los Uboots era la destrucción sistemática del tráfico mercante aliado en el Océano Atlántico con la finalidad de ahogar por completo el aprovisionamiento británico a cualquier costo y, por cierto, que estuvieron muy cerca de lograrlo. Sin embargo, no se trató de una fuerza de criminales, asesinos y caníbales como detallaba la propaganda aliada, sino soldados que cumplían una misión de guerra con tácticas de uso frecuente tanto por un bando como por el otro y está bien probado por los documentos históricos como por cientos de testimonios de náufragos de barcos torpedeados, que los comandantes de Uboots y sus tripulaciones frecuentemente asistían a los sobrevivientes y salvo casos aislados y perfectamente determinados, nunca estos comandantes han cometido atrocidades en el mar.
Esto que leeréis es una ficción histórica referida a los incidentes del RMS Laconia. Como ficción me he tomado todas las licencias literarias que se me han ocurrido, relativas a esos sucesos que no han quedado registrados sobre los acontecimientos íntimos de aquellas circunstancias y como historia, he respetado los sucesos documentados de un modo meridiano.
En cuanto a las circunstancias del juicio de Nüremeberg al Almirante Dönitz que aparece en el relato, me he basado en los documentos oficiales y he trascripto las circunstancias que se desarrollan con estricto respeto histórico. Sólo se debe observar acerca de las licencias literarias necesarias para hacer que el texto fuese más ameno a la lectura dentro del contexto de una escenificación novelada y necesaria frente a la fría redacción de un documento de carácter oficial.
Con respecto a los distintos personajes que aparecen en el relato, cabe mencionar que los nombres de los tripulantes del submarino son por completo verídicos sin embargo no es seguro que estuvieran asignados a los cargos y ocupaciones que les son atribuidos durante la narración. En algún caso me he guiado por el grado y la especialidad en el momento de los incidentes. Pero esto ha surgido como consecuencia de una especulación. Sin embargo he decidido utilizar nombres verídicos como un sentimiento de homenaje para todos los tripulantes del U-156 que sirvieron y murieron en el submarino junto con su capitán el 8 de Marzo de 1943 por ataque aéreo.
Asimismo, los dos primeros sobrevivientes italianos rescatados por el U-156 responde a hechos por completo verídicos, como así también las crónicas que refieren que estos italianos dieron a Hartenstein las primeras impresiones sobre el horror que se estaba viviendo en el Laconia al momento del hundimiento, en cambio sus grados, sus nombres como los acontecimientos específicos del diálogo con Hartenstein en la cubierta del submarino son parte de la ficción.
Quiero agradecer especialmente al amigo y compañero Toni Corral que todos conocéis más comúnmente como "Siurell" por haber aceptado realizar la crítica histórica de este relato como así también sus recomendaciones, las cuales me han ayudado especialmente para corregir o retocar algunos pasajes de este relato. Asimismo, quiero dejar en claro que descargo de él toda responsabilidad por los argumentos expresados en el epílogo, texto que nunca le hice leer, ya que me lo he reservado para expresar mis propias opiniones acerca de ciertos momentos históricos, especialmente los referidos al Gran Almirante Dönitz y por tal razón he decidido mantener esta parte del texto apartado de toda consideración hasta el momento mismo de la publicación definitiva de esta obra.
También mi eterno agradecimiento al Comandante Carlos "Beltza" por haberme permitido publicar esta obra en la web de la comunidad y a todas las oficinas de la 24º Flotilla “Geweih” donde he pasado muchas horas buscando información y leyendo documento tras documento.
No puedo dejar de mencionar también otras fuentes extraordinarias como los contenidos de uboat.net, la inagotable cantidad de páginas web que he recorrido como así también, todas las referencias bibliográficas que han pasado por mis manos, las que no voy a mencionar en forma detallada ya que por tratarse de una ficción histórica no estoy obligado a hacerlo, pero sepan que cada página de esta obra conlleva muchas otras de lectura e investigación personal, en un trabajo arduo que se complicó varias veces debido a la presión de mis ocupaciones personales y que llevaron otras tantas veces a que tuviera que abandonar los escritos por varios días e incluso por semanas enteras. Pero puedo asegurar con toda satisfacción que luego de cada oportunidad en que tuve que abandonar los trabajos en este relato, el poder renovarlos ha significado siempre de un enorme placer y lo hice en cada momento con toda la fuerza y el mismo entusiasmo del primer día. Esto fue sin dudas, una de las experiencias más intensas que he vivido en la realización de esta obra.
Por todo lo demás y para no extenderme más, simplemente os invito a que os dejéis llevar por este relato que habrá de conduciros por uno de los momentos más dantescos en toda la historia de la Batalla del Atlántico y donde los rasgos más sobresalientes en estos sucesos − por demás desgraciados − se han caracterizado por la caballerosidad y el sentido humanitario de hombres usualmente catalogados como monstruos en una enorme injusticia histórica.
Jorge Luís “Caminante” Padrón - 8 de Abril de 2006 - Buenos Aires, Argentina.
9 de Mayo de 1946 – Día 125º de los procedimientos en juicio de Nüremberg.
Sesión de la mañana:
El Flottenrichter Dr. Otto Kranzbuehler, defensor oficial del Gran Almirante Karl Dönitz, sabía que había llegado el momento en que tenía que exponer a su defendido ante el supremo tribunal internacional.

Más que nunca su testimonio se había vuelto importante y decisivo para el futuro de Dönitz. Bien sabía el abogado que el Gran Almirante ya no se jugaba la vida como otros procesados, pero también sabía que las razones por las cuales lo condenarían eran eminentemente políticas antes que jurídicas y ello termina siendo impredecible e incontrolable frente a las apetencias y conveniencias del poder.
El abogado sabía muy bien que Dönitz no se salvaría de ir a prisión − y había tenido el cuidado de dejarlo bien claro en sus largas charlas con el Gran Almirante en sus entrevistas de la prisión − la sombra, en realidad, no pasaba por tratar de evitar la cárcel sino una previsible condena a perpetuidad. Como sucesor de Raeder y luego incluso del propio Fürher la situación de Dönitz era más que complicada, pues aparecía como la última cabeza visible de la Alemania nazi derrotada y con ello se había puesto encima un sayo muy pesado de llevar, máxime cuando Dönitz no compartía especialmente las ideas políticas del nazismo y ni siquiera era miembro del partido. Por eso, precisamente − y en sus últimas horas − el Fürher lo había elegido especialmente, a pesar de que siempre había desconfiado de él debido a su espíritu alemán independiente.
En la intimidad del tribunal, Kranzbuehler había escuchado muchas insinuaciones para negociar, pero Dönitz se había mantenido imperturbable. A pesar de todo, esto era una buena carta para la dignidad de Dönitz, pero sólo era válido bajo la línea de flotación en la conciencia del tribunal y significaba una terrible complicación para el trabajo del abogado y la estrategia de la defensa.

De pronto, todo el juicio se había transformado en un torbellino donde se mezclaba, de manera inevitable, el horror, la política, las prendas de guerra, los intereses económicos y, en menor grado, la verdad y la justicia. Para Kranzbuehler no era correcto juzgar a Dönitz bajo esas condiciones y pensaba con absoluto fastidio que el Gran Almirante no tenía que estar allí. Pero esas eran las reglas del juego y no había más alternativas en el horizonte de la política y las relaciones internacionales. Ya era un gran avance que ese juicio se hubiera realizado en Alemania y no − buscando una alternativa más humillante − en algún otro punto de la Europa victoriosa.
Entonces Dönitz subió al estrado y Kranzbuehler hizo las preguntas.
− ¿Almirante, cuántos buques mercantes fueron hundidos por los submarinos alemanes en el curso de la guerra?
− Según los datos aliados, 2.472. − respondió Dönitz hurgando entre algunos papeles que tenía consigo en un portafolios.
− Díganos Almirante… ¿Cuántas acciones del combate fueron necesarias según su estimación, para lograr estos resultados?
− Yo creo que estas estimaciones no incluyen el total de las naves torpedeadas y sólo se refiere a las naves hundidas. Claro, no todos los ataques fueron exitosos. Yo estimaría que quizás en esos años, unas 5,000 o 6,000 acciones de combate tuvieron lugar realmente.
− En el curso de todas estas acciones, ¿alguno de los comandantes de submarinos, que eran subordinados suyos, hizo expresa objeción con respecto a la manera en qué estas naves operaban?.
− No, nunca.
− Almirante ¿Qué habría hecho usted con un comandante que se negara a llevar a cabo sus instrucciones de guerra?.
− Primero, lo habría hecho examinar − respondió Dönitz de inmediato y con toda convicción − y una vez demostrado que se encontraba en sus cabales lo habría puesto ante un consejo de guerra.
− ¿Habría hecho usted esto con la completa claridad de su conciencia y asumiendo toda la responsabilidad por las órdenes emitidas o transmitidas por usted?
− Naturalmente − contestó Dönitz sin más trámite.
Hubo murmuraciones en toda la sala.
− Ud. Sabe sin la menor duda Almirante que en las acciones de combate de los submarinos, muchos tripulantes de buques mercantes perdieron la vida. Díganos por favor ¿Usted consideraba a las tripulaciones de esos buques mercantes enemigos, como soldados o como civiles? − hizo una pequeña pausa y luego concluyó − ¿y por que razón?.
− Alemania − Dönitz tuvo especial cuidado de enfatizar la palabra, Alemania − consideraba a las tripulaciones de los buques mercantes como combatientes. Ellos luchaban con las armas que habían sido montadas a bordo en gran número. Según nuestro conocimiento, algunos hombres de la Armada Real iban a bordo para operar esas armas y estos tripulantes artilleros eran, por lo tanto, parte de la tripulación de la nave.
− ¿Sabe Ud. cuantos hombres eran necesarios para manejar estas armas?.
− Eso varía según el tamaño del arma, probablemente entre cinco y diez. Había además, entonces, hombres para el manejo de las municiones y cargas de profundidad. En este último caso, llevaban también personal entrenado para lanzar cargas de profundidad. En ese estado de situación, nosotros no podíamos menos que considerar a toda la tripulación como una unidad. No es posible distinguir entre el hombre asignado a la cámara de calderas del hombre encargado del mantenimiento de las armas.
− Desde ese punto de vista − reflexionó Kranzbuehler − los tripulantes de esas naves mercantes hostiles eran considerados combatientes. ¿Puede decirnos si esto tuvo alguna influencia en el hecho de si estos tripulantes podían o no ser recatados de acuerdo a sus órdenes regulares?.
Dönitz respondió enfáticamente.
− No. De ninguna manera − se mantuvo en silencio unos segundos y luego agregó − Por supuesto, todo soldado tiene el derecho de ser rescatado si las circunstancias de su oponente así lo permiten. Pero en este caso, esta situación tiene tanta influencia como el derecho mismo a atacar a las tripulaciones en un combate naval.
− Entonces Ud. deja claro, en todo caso, que los consideraban objetivos militares en la medida que iban armados y con personal entrenado para el uso de esas armas.
− Si. Esto no puede estar de ningún modo bajo cuestión. Ellos hicieron uso de armas con personal preparado y entrenado para atacar otros barcos bajo las reglas del combate naval.
* * *
Es fácil comprender porque el RMS Laconia había sido un objetivo militar para el Comandante Werner Hartenstein, comandante del U-156, aquella noche de Sábado del 12 de Septiembre de 1942. Sin duda, era tan claro como el cristal: para Alemania, aquel buque era − definitivamente − una presa británica. Muchos autores coinciden en opinar que al comenzar la guerra, el Alto Mando Alemán no tenía muy en claro el poderío potencial de los submarinos en el contexto de la batalla naval. De todos modos es muy cierto que los esfuerzos de Dönitz − incluso desde mucho antes de que se iniciaran las hostilidades − para demostrar la utilidad de los submarinos como arma definitiva para ganar la guerra en el mar habían resultado infructuosos. Sus informes − filtrados o rechazados − habían encontrado siempre una resistencia sistemática. Esto podía atribuirse, en parte, a una bastante presumible rivalidad política entre los dos Almirantes, Raeder y Dönitz − es cierto que Raeder sentía un fuerte acoso frente a la brillantez del genio de Dönitz − pero estos no eran los problemas substanciales que sostenían las restricciones iniciales a los ataques de submarinos ni mucho menos. En realidad no se trataba de una falta de visión militar sino de un asunto − estrictamente − político.
Al inicio de las hostilidades, el Fürher había encarado las primeras decisiones de la contienda con bastante preocupación por el impacto que pudieran tener en la opinión pública internacional las acciones de Alemania como país agresor. Una vez planteado el conflicto como una guerra de invasión el peso de las protestas internacionales había recaído con toda su fuerza sobre Alemania y si bien, a Hitler esto no le quitaba el sueño, tampoco tenía intención de llevar las cosas al precio de la imprudencia. En ese sentido los submarinos significaban un enorme problema para el cual los políticos no encontraban solución. Esto ponía en controversia a las decisiones militares − sujetas al ámbito de la estrategia − respecto de las decisiones políticas − establecidas en el marco de la diplomacia - brazo derecho e izquierdo de la guerra.
Por un lado, el arma de submarinos significaba una ventaja estratégica de dimensiones potenciales espectaculares − Hitler tenía muy en claro los informes de Raeder y, en especial, los del insistente Dönitz − sin embargo y a los fines políticos el mayor poderío táctico de los submarinos, el ataque inadvertido, se veía desperdiciado en tanto se sostuviera la decisión inicial del Fürher de mantener a Alemania apegada estrictamente a todo lo concerniente a la Convención de La Haya, que prohibía ataques a barcos enemigos mercantes y de pasajeros sin la debida advertencia previa. Es un hecho, que ya se había producido bastante ruido con el asunto del "Athenia" lo cual había producido mucho fastidio en el Alto Mando Alemán.
Sin embargo, y a medida que cada potencia iba jugando sus cartas en el contexto general de la política internacional, los prejuicios iniciales del Fürher fueron quedando atrás en la misma medida que perdía las esperanzas de una rápida definición de la guerra a favor de Alemania. El conflicto se volvió total y entonces, las prioridades políticas, tuvieron que ir cediendo espacio, rápida e sistemáticamente, a las exigencias propias de las decisiones militares. Así las cosas, pronto se establecieron reglas de guerra más claras para las acciones de los submarinos, determinando cada vez con mayor precisión los alcances y las restricciones para el combate, de tal modo que los comandantes de los submarinos empezaron a tener mayor capacidad operativa y ofensiva. La llave que abrió la primera cerradura del cofre, sin duda, fue la operación a Scapa Flow − una estrategia magistral de Dönitz − llevada a cabo en el terreno táctico con toda la brillantez del Comandante Günther Prien, que permitió hundir al "Royal Oak", uno de los acorazados insignia de la "Armada Real", en el mismo corazón del espíritu naval británico. Esto señaló en la mente del Alto Mando Alemán la más clara advertencia de que continuar desperdiciando mucho más tiempo la capacidad del submarino, podía ser un error muy caro en el terreno estratégico para una guerra que ya iba en camino de transformarse en la mayor tragedia del siglo XX.
Así se fueron anulando las restricciones iniciales en la misma medida en que nuevas órdenes emanadas desde el Alto Mando ampliaban cada vez más las reglas de criterio para el combate que los comandantes de submarinos podían disponer al momento de establecer decisiones operativas sobre objetivos militares. Por eso aquella noche, Hartenstein contaba − de acuerdo a las reglas del combate establecidas por el Alto Mando Alemán − con todas las justificaciones necesarias de la cadena de mando para decidir − sin el menor riesgo para su carrera − la suerte del RMS Laconia como un objetivo militar en sí mismo.
Esto se podía percibir a simple vista de periscopio; el buque navegaba artillado − no era un inocente barco de pasajeros como, posteriormente, lo declarara el Almirantazgo Británico − sino un instrumento acondicionado para la guerra por una fuerza naval enemiga.
El RMS Laconia, botado el 9 de Abril de 1921 por la Cunard White Star Ltd. de Liverpool, había sido en sus orígenes, un lujoso barco de pasajeros − uno de aquellos legendarios paquebotes de lujo que surcaron vanidosos los océanos del mundo en el primer cuarto del siglo XX − con más de 19.000 toneladas de desplazamiento, una eslora de 183 metros, y una capacidad para albergar 350 pasajeros de 1ª clase, 350 en 2ª clase y 1500 en 3ª clase. Contaba entre sus logros haber iniciado, a partir de Enero de 1922, el primer crucero alrededor del mundo con una duración total de 4 meses y un intenso plan de navegación que incluía 22 puertos. Sin embargo, aquella noche de Septiembre de 1942, sus viejas glorias parecían haber desaparecido y ya no le quedaba nada – salvo su porte – de aquellas cosas que recordaran sus mejores tiempos de lujo.
Para la mirada de Hartenstein, toda la historia de ese barco que se veía enmarcado dentro de la retícula del periscopio no tenía el menor sentido, sólo pasaba por un enorme barco de transporte de tropas, suministros de guerra y material bélico, armado, oscurecido y navegando en zigzag. Por lo tanto − contra cualquier argumento en contrario − era un objetivo militar.
Sin embargo, el final del RMS Laconia no sería el final de su historia sino el comienzo de una tragedia imprevisible. Los sucesos posteriores al hundimiento traerían, como consecuencia, una amarga certeza − para la historia de la humanidad − el mundo estaba cambiando con rapidez y con ello, desafortunadamente, todo lo que hasta ese momento había sido una exigencia en el arte de dirigir los conflictos navales armados, es decir, el honor. Ese instante iba a quedar vívido y claro en la conciencia de la historia que los criterios de la guerra estaban dando paso a principios estratégicos del combate global que aparecerían rebasando todos los límites. Bajo la única justificación del interés bélico se estaba por abrir una caja de Pandora que llevaría al mundo hacia confines insospechados de la tragedia humana.
* * *
El U-156 formaba parte de un grupo de operaciones "Wolfpack" − manada de lobos − cuya denominación clave era Eisbär − oso polar − uno de tantos grupos de tareas organizados por el Almirante Karl Dönitz para operar en la zona del Atlántico. En Abril de 1942 se había logrado buena información de inteligencia acerca del importante tráfico de convoyes desde la zona de Ciudad del Cabo. Uno de los recursos más críticos para las aspiraciones de los ingleses por mantenerse en la contienda, era el petróleo − la escasez de este recurso vital se estaba volviendo dramática − y no se escatimaban esfuerzos para conseguirlo. En esos meses Gran Bretaña había intensificado el tráfico desde Medio Oriente utilizando la zona del Cabo como puerta al Atlántico. Esto motivó al BdU a desarrollar un plan táctico con el objetivo de hostilizar y dificultar al máximo ese tráfico sin importar el costo.
El grupo "Eisbär" reunía, por aquellos días, a varios de los más experimentados comandantes de U-boots en operaciones, tal era el caso del teniente comandante Carl Emmerman del U-172, del teniente comandante Harald Gelhaus del U-107, del comandante Karl-Friedrich Merten del U-68 y, por supuesto, del propio comandante Werner Hartenstein del U-156. También conformaban este grupo el U-504 del comandante Fritz Poske, el U-214 al mando del teniente comandante Günther Reeder, el U-406 del teniente comandante Horst Dieterichs y el U-556 del teniente comandante Gerhard Remus.
Desde Agosto de 1942 Emmerman, Poske, Merten y Hartenstein estaban navegando la zona de Ciudad del Cabo, acompañados por el U-459 como nave de reaprovisionamiento − vaca lechera − al comando del teniente comandante Georg von Wilamowitz-Moellendorff. A excepción del U-459 que era un submarino del Tipo XIV, los demás eran del recientemente acondicionado tipo IXC. Todos navegaban con sus órdenes específicas.
El primero en hacer contacto con un objetivo fue, precisamente, Hartenstein. En la madrugada del 27 de Agosto de 1942 torpedeó y hundió al "Clan Macwhirter", un mercante a vapor de 5941 toneladas. El segundo fue Merten, en la madrugada del sábado 12 de Septiembre hundió al "Trevilley", un mercante a motor de 5.296 toneladas. Horas más tarde, antes del mediodía, nuevamente Hartenstein, que patrullaba una posición cercana a la costa de Liberia, a unas 360 millas náuticas al nornordeste de la Isla Ascensión, estableció un tercer contacto, muy débil en el hidrófono; quizás, la segunda presa para su cuenta − y satisfacción − personal. Hartenstein ordenó el cambio de rumbo para dirigir el submarino hacia la dirección desde donde provenía un cada vez más nítido ruido de hélices. Salieron a superficie y comenzaron la persecución del mismo modo como un lobo sigue el rastro de su presa.
La operación se prolongó durante toda la tarde, la precaución estaba centrada en no ser detectado por posibles escoltas o por aviones enemigos. Por períodos, el submarino se sumergía para activar los hidrófonos y constatar que el contacto se mantenía en la posición esperada o si había algún cambio de rumbo. En ese caso, sencillamente, corregían la orientación y luego volvían a superficie. Por fín avistaron el objetivo a las 20:00 hs. Al principio sólo era una estela de humo pero al cabo de un rato se fue haciendo cada vez más claro que se trataba de un enorme mercante inglés. Efectivamente, era el RMS Laconia.
¿Cuáles habían sido los sucesos que llevaron al Laconia, a encontrarse en esa trágica posición en el Atlántico, frente a las bocas de torpedos del U-156?.
La crónica, en realidad, no es un misterio: El camino hacia la tragedia del Laconia comenzó el 4 de Septiembre de 1939, cuando el Almirantazgo requisó el "paquebote" − como ocurrió con otros tantos − dando fin a toda su historia de lujos y placeres para pasar a convertirlo en un crucero mercante armado. Durante la primera mitad de la segunda guerra − como ya sabemos − la flota británica fue duramente vapuleada como nunca lo había sido en toda su historia. Un hecho en el que los ataques de los submarinos alemanes fueron verdaderamente decisivos. Por cada barco que botaban los ingleses, los alemanes − y en especial los U-boot − les hundían tres. Ello motivó que los británicos utilizaran − desesperadamente − todo lo que flotara con tal de sostener el tráfico mercante a cualquier costo.

De hecho, la base del Imperio Británico siempre dependió de su tráfico naval mercante defendido por una armada extraordinaria. Sin embargo, un increíble error estratégico que subestimó las características del submarino como fuerza de ataque encontró, de pronto, a los ingleses − casi desarmados − frente al gatillo despiadado del cazador silencioso más espectacular que se haya desarrollado jamás como arma de guerra. Poco faltó para que la supremacía británica en el mar quedara humillada por completo y, seguramente, habrían tenido que abandonar la guerra si no fuera por varios acontecimientos políticos y militares que cambiaron el balance de las hostilidades; empezando por la férrea decisión de los ingleses de no perder la guerra en el mar, el oportuno aporte de la tecnología, que en muchos casos ya se conocía desde antes de 1939 aunque − básicamente − no se había desarrollado hasta ese momento en forma conveniente por no considerarlo prioritario y, entre otras cosas, por el decisivo ingreso de los Estados Unidos en la contienda, lo que aumentó los recursos de guerra y la capacidad ofensiva de una manera determinante. De todos modos, esto no cambia el hecho de que la guerra submarina de la Kriegsmarine, los U-Boot, fueron la fuerza más extraordinaria, gloriosa, eficaz, sacrificada y heroica de que dispuso Alemania desde el comienzo hasta el último día de la guerra, e incluso después.
Una de las primeras decisiones del Almirantazgo durante el inicio mismo de la contienda fue convertir barcos mercantes para darles la mayor capacidad bélica posible con que pudieran defenderse en el mar. Esa parecía, en principio, una buena alternativa; rápida y económica. Este recurso ya había sido usado exitosamente durante la primera guerra, porque no hacerlo nuevamente. Así las cosas, en Enero de 1940, una vez finalizados los trabajos de reacondicionamiento y luego de los ensayos necesarios en la isla de White, el RMS Laconia se vió convertido en un barco preparado para navegar en tiempos de guerra. Artillado con 2 cañones de 4.7 pulgadas y 6 cañones antiaéreos de 3 pulgadas fue incorporado sin mucha fanfarria al servicio de su Majestad.
Sin embargo, esa no iba a ser la única transformación que sufriría en esos años. El 9 de Junio de 1940 encalló severamente en la cuenca de Bedford al norte de Halifax sufriendo daños de consideración; estuvo fuera del servicio activo y en reparación hasta finales de Julio. En Octubre del mismo año sus comodidades para pasajeros fueron desmanteladas por completo y se le instalaron tanques de aceite para otorgarle mayor flotabilidad. En Septiembre de 1941 arribó a Bidston Dock en Birkenhead − frente al puerto de Liverpool − para ser acondicionado al transporte de tropas por el resto de la guerra y desde comienzos de 1942 estuvo abocado a esa tarea en continuos viajes al Medio Oriente.
De tal modo que el RMS Laconia, comandado por el Capitán Rudolf Sharp, navegaba aquella noche por el Atlántico proveniente de Ciudad del Cabo con rumbo norte, hacia las Islas Británicas; transportando 2.000 toneladas de carga general y un grupo numeroso de pasajeros. Además de sus 136 tripulantes, viajaban 268 oficiales ingleses, de regreso a su patria luego de cumplir servicio en bases en Egipto y Malta, algunos de ellos iban acompañados por sus familias, lo que sumaba otras 80 personas entre mujeres y niños. En otro sector, viajaban 1.800 prisioneros de guerra italianos combatientes del Alamein y 160 soldados polacos ocupados principalmente de la escolta y vigilancia de los prisioneros.
Definitivamente, el Laconia navegaba en solitario. Todo el día había permanecido nublado pero empezaban a haber algunos claros en el cielo y el mar estaba bastante calmo. La visibilidad era suficientemente buena para la mirada curtida del comandante Hartenstein. El RMS Laconia acababa de transformarse en la presa fácil de un lobo agazapado y hambriento navegando sin escolta y obscurecido, con rumbo norte, hacia su propia muerte. No había rastros de otros contactos potenciales. De tal modo que Hartenstein tomó una decisión sencilla y efectiva. Dar un rodeo a toda máquina respecto de la trayectoria del barco, rebasar su línea de navegación, que avanzaba en zigzag pero despacio − no más de 7 nudos − ocupar una posición táctica ventajosa y efectuar un disparo seguro. Calculó la trayectoria en la carta de navegación en medio de una enorme expectativa y luego, cuando dio la orden de prepararse para iniciar la operación de ataque todo el ambiente ya se encontraba envuelto dentro de una controlada − y profesional − ansiedad.
Navegando a marcha forzada describió un arco sobre el rumbo de su enemigo en una loca carrera que duró unos 45 minutos, en los que Hartenstein permaneció en el puente sintiendo, además de los empellones del agua salada, aquella opresión que siempre le sobrevenía en los instantes previos a un ataque. De ningún modo se trataba de cobardía porque era un capitán avezado y temerario como el que más. Sin embargo, cuando aparecía – y no podía desechar esta sensación − elevaba un pensamiento al cielo por las almas de aquellos que iban a perecer debido a sus decisiones de combate. En esos instantes se aislaba en la mayor soledad y no permitía el acceso al puente a ningún tripulante. Duraba tan sólo unos minutos, pero ya se había convertido en una tradición.
Sin mucho esfuerzo el U-156 alcanzó una posición conveniente y detuvo sus máquinas. Se quedó allí, esperando a su presa que − sin imaginarlo − se encaminaba inconsciente hacia sus fauces. Durante la carrera había perdido todo contacto con su presa pero Hartenstein sabía que estaba en el lugar correcto. Al comenzar la maniobra de aproximación al blanco, la noche ya estaba avanzada − por lo menos una hora desde el crepúsculo vespertino − tiempo más que suficiente para que el navegante del RMS Laconia luego de tomar las mediciones de sextante, culminara con todos los cálculos de posición en el anochecer y ajustara la trayectoria si hubiera sido necesario. De hecho, era infactible un nuevo cambio de rumbo ya no habrían otras correcciones, por lo menos, hasta el crepúsculo de la mañana, es decir, no antes de las 5:30.
A las 21:05 la luna llena dominó el cielo enfadando a Hartenstein, porque ello volvería imposible un ataque desde superficie como hubiera deseado. A las 21:15 el Teniente de Navío Gert Mannesman − el primer oficial − a cargo del sistema de observación táctica del puente (UZO) pudo ubicar la columna de humo de la chimenea del RMS Laconia dibujada contra un horizonte lejano y navegando en un rumbo de encuentro hacia el U-156. Se lo comunicó al capitán, quien orientó la visión de sus binoculares en esa dirección y pudo comprobar el contacto. Estaba hecho.
Ya había quedado atrás la opresión en el pecho, ahora sólo tenía por delante su trabajo y su misión, ya no quedaba espacio para otro pensamiento que no fuera su objetivo inmediato: hundir a ese barco a como de lugar.
− Inmersión. Adelante despacio − ordenó de repente.
− ¡¡ Alarmaaaaaaaa !! − gritó Mannesman por el hueco de la escotilla.
− ¡Inmersión!. ¡Adelante despacio!.
− ¡Inmersión!. Planos de proa 10º, planos de popa 5º, adelante despacio − repitió el Teniente Comandante Ingeniero Erich Schulze, en la sala de comando.
Todos bajaron de inmediato por el hueco, aseguraron la escotilla y verificaron los cierres. Hartenstein permaneció en la torreta frente al periscopio táctico, los demás bajaron a la sala de control.
− ¡Luces rojas! − ordenó Mannesman y de inmediato, al cambiar la iluminación, todo se transformó en una sucia y rojiza penumbra que resaltaba esa bruma húmeda constante que se volvía parte del ambiente − casi irrespirable − dentro de un submarino, después de semanas de navegación.
A partir de ese momento todo se transformó en silencio y tensión. Ya habían transcurrido 15 días desde el hundimiento del “Clan Macwhirter” y la ansiedad empezaba a hacerse sentir entre los miembros de la tripulación. El tedio y el hacinamiento eran los enemigos mortales de la moral, aumentaban la propensión al cansancio y empeoraban tanto las condiciones de vida como las relaciones a bordo.
Hartenstein era un comandante sumamente disciplinado y meticuloso en cuanto al trabajo y las rutinas de abordo, las que se cumplían siempre con toda rigurosidad. Ello no restaba a los momentos de esparcimiento que − de hecho − también representaban una parte muy importante de esas rutinas − de hecho, era bienvenida cualquier cosa que impidiera el ocio − no hace falta decir que las condiciones de vida dentro de un submarino podían ser − a todas luces − y sin la menor exageración: inhumanas.
Una vez en el mar, la comida empezaba a pudrirse rápidamente, no sólo porque no había cámaras frigoríficas sino, además, por la mayor contribución ambiental aportada por una pegajosa humedad que se apoderaba de todo con la forma de una niebla permanente, brumosa y fétida. El olor putrefacto parecía envolver todo el ambiente al cabo de unos días y el aire que se respiraba se iba contaminando, de manera irremediable, con una mezcla de olores corporales − francamente insoportables − agua de sentina, gas-oil y letrina. Para algunos tripulantes, hacer guardia en el puente en un día de mar agitado − ciertamente, una aventura por demás olvidable − podía aparecer como una forma de recreo, visto desde ese punto de vista. Para otros, el olor se iba haciendo soportable a medida que el olfato se iba acostumbrando y adaptando a ello como un modo de vida.
El problema de la higiene surgía de la escasez de agua dulce, la poca disponible se utilizaba − fundamentalmente − para el consumo y para cocinar, por lo tanto sólo podían asearse utilizando agua de mar. De vez en cuando utilizaban el agua caliente que circulaba en el sistema de refrigeración de los motores diesel y para resolver el problema de la sal en la piel se frotaban con una especie de colonia a base de limón llamada “Kolibrí”. Precisamente, era el limón uno de los manjares más deseados entre los tripulantes de un submarino: la pulpa y el jugo servía como método para prevenir el tifus y la disentería − dos de los riesgos de enfermedad más típicos en el servicio de submarinos por aquella época − y también era parte de un ritual frotarse las encías con la cáscara − para fortalecerlas − puesto que rápidamente se debilitaban debido a la mala alimentación.
Sin embargo, en aquel instante nadie tenía en cuenta las inclemencias de la vida de abordo. Todos los sentidos y ansiedades estaban puestas en la órdenes que Hartenstein daba desde la torreta mientras su vista estaba clavada en la lente del periscopio. En esos momentos no podía evitar pensar en sus registros personales de hundimiento; el tonelaje del RMS Laconia llevaría su historial por encima de las 92.000 toneladas. Ya estaba a un paso de una de las condecoraciones más apreciadas por todos los comandantes de U-boot: La Cruz de Caballero. Poco le faltaba ya para alcanzar las 100.000 toneladas de barcos hundidos.
El Comandante Hartenstein, egresado de la promoción 28 de oficiales de la Kriegsmarine, había sido comisionado a la flota de U-boots de manera tardía, recién en septiembre de 1941 − ya iban dos años de guerra − siempre a bordo del U-156. Se había iniciado como oficial en el crucero liviano "Karlsruge", aunque sus mayores esfuerzos de combate durante el primer año de la guerra había transcurrido al comando de buques torpederos, con los que completo 65 misiones.

Sería demasiado injusto − de todos modos − si se juzgara la personalidad de Hartenstein sólo como un profesional militar, frío y eficiente a la hora de matar. Todos lo reconocían como un hombre cabal y maduro − para sus 32 años − honorable, sensible y gentil; un oficial y un caballero en el más absoluto de los sentidos. Su conducta era ejemplar e irreprochable y poseía sólidos principios morales. En aquella noche fatal, esos principios morales, iban a ser − precisamente − los que jugarían un rol fundamental en el curso de las decisiones más dramáticas de su vida.
En ese momento Hartenstein ignoraba que sus acciones y decisiones de esa noche lo llevarían directamente a merecer la Cruz de Caballero, por derecho propio y sin necesidad de alcanzar la cifra de registro. Sin embargo, en ese instante, todavía ignoraba que por ese galardón tendría que pagar un precio muy alto. Sin desearlo, Hartenstein estaba por abrir las puertas mismas del infierno.
* * *
Muy cerca de las 22:00 el RMS Laconia estaba acercándose en una trayectoria que lo dejaría delante de la proa del U-156 a una distancia no mayor de 800 metros. Por las características del barco, en medio de la noche y a esa velocidad no tendría la menor oportunidad de esacapar. En realidad, ni en las mejores condiciones de luz y clima hubiese podido evitar el zarpazo hambriento del lobo que lo acechaba.

Los tubos 1 y 3 estaban abiertos e inundados. En un submarino del tipo IXC corresponden a los dos tubos de proa de estribor uno encima del otro, cargados con dos torpedos tipo T2. Este torpedo poseía un sistema de guía basado en un giroscopio y un mecanismo de profundidad. Estaba adaptado para una trayectoria fija, es decir, que una vez que era disparado mantenía su rumbo hasta hacer impacto o, en su defecto, continuaba avanzando hasta que su energía se agotaba. El T2, específicamente, era un torpedo eléctrico que se movía a una velocidad constante de 30 nudos y con un alcance máximo de 3000 metros. Su motor eléctrico no producía ninguna estela de burbujas que delatara su posición.
Según Hollywood, para disparar un torpedo sólo hay que subir periscopio y gritar: "Fuego el 1… Fuego el 2…", claro, en los submarinos modernos y con sus ultracomputadoras es un poco así. Pero en 1942 el sistema computador de abordo para el disparo de torpedos no era de tal precisión como los actuales. En realidad, disparar un torpedo – básicamente − significaba complicadas tareas de observación y de cálculo matemáticos y trigonométricos, que requerían de mucha habilidad conocimiento y experiencia, pues se debían realizar complicadas operaciones en muy poco tiempo, en un estado lógico de mucha tensión nerviosa, basándose en una consecución de observaciones muy rápidas de periscopio para no ser detectado y obtener los datos necesarios para establecer una adecuada solución de disparo y, frecuentemente, resultaban erróneos debido a la inestabilidad del factor humano.
Era necesario reconocer primero el tipo de buque, esto permitía tener a priori algunos datos sobre su estructura y sus puntos débiles. Si navegaba cargado o no. A veces era posible contar con datos previos debido a los informes de inteligencia pero eso no era una constante. Una vez avistado y a cierta distancia había que calcular su velocidad y trayectoria. Las operaciones se complicaban mucho cuando el barco enemigo − para protegerse − navegaba con un rumbo variable, es decir, en zigzag. Sólo si las condiciones del mar lo permitían se podía enfocar el periscopio con facilidad sobre el objetivo pero, la mayor parte del tiempo, el mar estaba agitado. El efecto del oleaje dificultaba sobremanera la acción de fijar un objetivo adecuadamente y cuando las condiciones eran tormentosas esto se hacía verdaderamente difícil. Debido a estas complicaciones, se requería repetir la operación de observación varias veces, no sólo para actualizar la información sino especialmente, para asegurar la correspondencia y consistencia de los datos, por supuesto, esto aumentaba las probabilidades de ser detectado por los vigías del barco enemigo. Con el transcurso de la guerra y las mejoras tecnológicas esta probabilidad fue aumentando hasta llegar a valores realmente dramáticos.
Otro factor era el viento, el cual − salvo cuando viene directo desde la popa − tiende a desplazar al buque desviándolo de su trayectoria, como ocurre con los aviones y obviando el tema de las computadoras y pilotos automáticos, los navegantes de los buques calculan un ángulo de rumbo que les permite compensar el desvío, esto se llama ángulo de deriva. Debido al viento − y en algo a las corrientes marinas − una vez aplicada la deriva correspondiente, el rumbo de la nave, es decir la orientación del plano longitudinal del buque en su navegación tendrá un ángulo diferente con respecto a su trayectoria real. La incidencia de la orientación y velocidad del viento pueden aumentar este ángulo a valores realmente significativos. Esto representaba una complicación muy severa para establecer una solución de disparo correcta, pues los detonadores de presión de los torpedos alemanes requerían golpear al objetivo de una manera muy frontal o podían fallar, por eso muchos comandantes confiaban más en los detonadores magnéticos que en los de impacto. Las primitivas agujas usadas en los torpedos de la primera guerra mundial se substituyeron por dispositivos más complejos para transferir la fuerza del impacto al sistema de detonación. Estos sistemas fallaban frecuentemente por causas desconocidas, a veces una ola fuerte lo podía hacer estallar antes de alcanzar el objetivo y en otras, fallaba cuando el torpedo golpeaba el barco en un ángulo muy oblicuo.
Es decir, que aunque se tuviera un buen dato sobre la trayectoria esto podía no coincidir con el rumbo real del barco, resultando en un ángulo inapropiado para hacer buen blanco. Era necesario hacer un cálculo adicional que incluyera el dato referente a la deriva, este cálculo se denominaba ángulo sobre proa y tenía la dificultad de que se degradaba rápidamente con la distancia al objetivo, por lo que requería no sólo de precisión sino de oportunidad. Perder el momento adecuado para hacer este cálculo significaba que para asegurar el tiro el comandante iba a tener que acercarse mucho al objetivo. A veces esto era posible y a veces dado el rumbo y velocidad del barco, divergente antes que convergente – y con mayor razón si el submarino debía permanecer navegando a las lentas velocidades de inmersión – esto podía significar la pérdida definitiva de la presa o arriesgarse a disparar y fallar, lo cual nunca era una opción para un comandante sensato.
Todo esto estaba formando parte del proceso de trabajo dentro del U-156 mientras se calculaba la solución de disparo que enviaría al RMS Laconia al fondo del mar. En este caso especial la ventaja era que el barco enemigo navegaba en solitario sin escolta, la oscuridad, el hecho de que el submarino había tomado posición con la debida antelación y se encontraba totalmente detenido, la distancia al objetivo, el hecho de que las aguas estaban bastante calmas a pesar de todo y si bien se trataba de un blanco que navegaba en zigzag lo hacía a poca velocidad, a esto había que sumar el nivel de entrenamiento de los tripulantes del submarino y por supuesto, la excepcional experiencia de Hartenstein.
El primer torpedo fue disparado a las 22:00 hs y unos segundos después partió el segundo. En ese momento se hubiera jurado que Hartenstein tenía el océano a su disposición y todo el tiempo del mundo. Se quedó allí, en el periscopio, observando lo inevitable mientras el corazón le saltaba dentro del pecho. Para los demás, que permanecían en la sala de control, los segundos pasaban en una sucesión interminable. El Teniente Comandante Ingeniero Erich Schulze, en su posición de mando como Jefe de ingeniería. Más atrás, en la mesa de mapas, el Alferez de Navío Leopold Shumacher sostenía el cronómento, mientras el Teniente de Navío Gert Mannesman, el primer oficial, parecía contar mentalmente los segundos al compás del tic tac que se podía escuchar tan fuerte como el péndulo de un reloj de pie. De pronto, el tiempo parecía haberse detenido y el silencio se iba haciendo cada vez más pesado, podía olerse la adrenalina mezclándose con el sudor, la humedad y los vahos acres de un ambiente extremadamente viciado. Hartenstein, en la torreta, también estaba a la expectativa y llevando su cuenta mental. Nadie lo vió cuando con un movimiento instintivo castañeteo con los dedos contra los manillares del periscopio. En ese momento se escucho la primera explosión.

El primer torpedo produjo destrozos severos en la proa del navío, pero no fue sino el segundo impacto, en la mitad del barco, el que le provocó la muerte: El segundo torpedo lo alcanzó con una gigantesca explosión que convulsionó toda su estructura. La tripulación del U-156 escucho el estallido con una exclamación de júbilo que estalló en toda la nave − en realidad era una manera de liberar las tensiones previas a la explosión − Hartenstein, sin embargo, se mantuvo en silencio. Nunca hacía la menor demostración. Rápidamente, comprendió que no hacía falta un tiro de gracia, el RMS Laconia estaba agonizando y se hundía irremediablemente.
Había llegado el final para la vida del RMS Laconia. Precisamente, la historia no lo recordaría tanto por los acontecimientos de sus grandes viajes por el mundo sino, todo lo contrario, por las circunstancias posteriores a su muerte. La verdadera historia del Laconia apenas si estaba a punto de comenzar.
* * *
9 de Mayo de 1946 – Día 125º de los procedimientos en juicio de Nüremberg.
Sesión de la tarde:
− Almirante − dijo Kranzbuehler − se ha referido Ud., anteriormente, acerca de la supremacía del enemigo en el aire en Septiembre de 1942. Durante aquellos días Ud. recibió un reporte acerca del hundimiento del barco mercante de bandera inglesa Laconia, concretamente, en la madrugada del día 13 de Septiembre. − Kranzbuehler se dirigió al tribunal − Voy a solicitar al señor Presidente y miembros del tribunal, para que se remitan a los documentos del presente proceso y el diario de guerra concerniente a ese incidente con el numero Dönitz 18, 20, 21 y 22. Allí están transcriptos también los diarios de guerra de los comandantes de los submarinos que tomaron parte es esas acciones, ellos son los Comandantes Hartenstein, Schacht y Wurdemann.

Hubo un instante de silencio, como si Kranzbuehler meditara acerca de su próximos pasos − nadie dudaba que el abogado naval tenía bien en claro su estrategia − ya todos se iban acostumbrando a sus prolongados silencios cuando esperaba lograr algún clímax especial dentro del tribunal y sus comentarios directos − o mordaces − cuando buscaba fijar alguna idea concluyente a su favor, contrarrestar los argumentos de la fiscalía o relativizar expresiones de algún testigo. Continuó hablando directamente a Dönitz.
− Almirante, voy a leerle el reporte que Ud. mismo recibió el 13 de Septiembre a las 01:25 horas y dice así: "Barco Británico Laconia hundido por Hartenstein". Siguen precisiones sobre la posición geográfica de los barcos que no voy a leer ahora y luego el mensaje continúa: "Desafortunadamente con 1.500 prisioneros de guerra italianos. Se han rescatado 90 hasta ahora". Siguen luego otros comentarios que no vienen al caso y termina diciendo: "espero órdenes. Hartenstein" − hizo un nuevo silencio y luego continuó − Hartenstein esperaba sus órdenes Almirante, díganos por favor: ¿cual era la impresión o el conocimiento que Ud. tenía de este barco de nombre Laconia?.
Dönitz, como en todo momento, no tardó en responder.
− Yo sabía por los manuales de reconocimiento que se trataba de un barco armado y teníamos la idea que su armamento podía estar compuesto hasta por 14 cañones. En principio, pensé que debía llevar una tripulación de unos 500 hombres. Pero al tomar conocimiento que también había prisioneros italianos abordo, me di cuenta de inmediato que la cifra debía ser varías veces mayor contando, además, la tripulación, otros pasajeros y la dotación de guardias para custodiar a los prisioneros
.− Almirante − inquirió el abogado − Debemos hablar ahora de sus primeras decisiones. Háblenos por favor, acerca de cuales fueron los principales eventos que Ud. recuerda de este incidente y la naturaleza de sus órdenes inmediatas. Especialmente, todo aquello que se refiera a sus criterios para discriminar del rescate a ciertos sobrevivientes − por ejemplo el caso directo de los tripulantes ingleses − y en segundo lugar, todo lo concerniente a la seguridad de los submarinos en cuestión.
Por primera vez Dönitz se mantuvo en silencio por espacio de minutos. Un tiempo que produjo una gran incomodidad. De todos modos, la pregunta había tomado a todos por sorpresa pero, por supuesto, no a Dönitz. Nadie esperaba algo tan directo, por lo menos del abogado defensor y aparecía como una táctica bastante osada que Kranzbuehler, esperaba, diera bastante trabajo a los fiscales.
− Cuando recibí ese reporte − empezó diciendo Dönitz − radié de inmediato un mensaje a todos los submarinos en la zona − con estudiada parsimonia, tomó una hoja de papel que rebuscó dentro de su portafolios y con el acuerdo el abogado le dio lectura − "Schacht, Grupo Eisbär, Wurdemann y Wilamowitz, procedan hacia Hartenstein inmediatamente".
Dönitz levantó la vista primero hacia el tribunal y luego hizo señas de entregarle el papel a Kranzbuehler pero este hizo un gesto de negación con la mano, el documento ya se encontraba en los legajos del juicio. Entonces prosiguió:
− Hartenstein fue el comandante de submarinos que hundió al Laconia. En un momento, tomé la decisión de mandar más barcos hacia su posición pero luego desistí y los hice regresar porque estaban a mucha distancia de la escena. Los barcos que se encontraban más al norte de esa área, dentro de un radio de 710 millas recibieron orden de participar en el rescate pero, de todos modos, ninguno podía llegar antes de dos días. Consulté con Hartenstein acerca de si el Laconia había alcanzado a radiar algún mensaje, porque yo esperaba que barcos ingleses y norteamericanos pudieran acercarse y ayudar en el rescate. Hartenstein me respondió afirmativamente, pero además me dijo que él mismo había radiado un mensaje en inglés sin codificar.
El Gran Almirante volvió a rebuscar entre sus papeles y extrajo una hoja de papel, miró al abogado y este asintió. Entonces, Dönitz, comenzó a leer en voz alta. Ahora había en su voz cierto dramatismo, seguramente, porque tenía muy en cuenta que ese momento era un instante crucial.
− El contenido principal del mensaje de Hartenstein decía textualmente: "Cualquier barco que asista a los náufragos del Laconia no será atacado con la condición de que nosotros no seamos atacados a su vez por ningún barco ni fuerza aérea. hemos rescatado a 191 hombres. 4,53 sur, 11,26 oeste. Submarino alemán".
Dönitz miró al tribunal unos instantes como esperando alguna afirmación, pero todo le resultó muy impersonal y lejano en aquellos rostros que ni siquiera lo contemplaban. Parecían muy ensimismados en la nada, como si en realidad, sus conciencias estuvieran en otra parte, como si aquellos hombres no estuvieran interesados en absoluto por lo que estaba diciendo, como si ya tuvieran un veredicto.
Entonces, continuó:
− Además de esto, es posible observar en los reportes de los demás submarinos que trabajaron en las tareas de recate que todos pusieron una enorme responsabilidad y celo en la labor humanitaria.
− Señor presidente, lo que el Almirante Dönitz acaba de leer se encuentra suscripto en el diario de guerra ya referido con el numero Dönitz 36 bajo el epígrafe; hora 06:00.
Hubo un momento de silencio en el que sólo se escuchaba el remover de hojas de papel, alguna tos ocasional, el crujido de alguna silla y el incesante flash de los fotógrafos autorizados a permanecer en el tribunal.
− ¿Cuantos submarinos se presentaron a esa operación Almirante y que recuerda acerca de las operaciones de rescate? − preguntó Kranzbuehler.
− Fueron tres o cuatro submarinos. Con respecto a las operaciones yo recibí tres reportes de que se estaba ayudando a los náufragos a embarcar en botes salvavidas. Tengo algunas cifras como ejemplo que, por supuesto no son las finales, que incluyeron a muchas más personas − volvió a leer de documentos personales − uno de esos reportes mencionaban 35 italianos, 25 ingleses y 4 polacos; otro, 30 italianos y 24 ingleses, y un tercero, 26 italianos, 39 ingleses y 3 polacos. Recibí reportes de que los submarinos estaban remolcando los botes salvavidas.
− Estaba Ud. conforme con estas operaciones. Por los mensajes radiados por Ud. Almirante, la fiscalía presupone que su intención, en todo momento, fue suspender las acciones de salvamento y dejar a los náufragos a su suerte, especialmente, a los tripulantes ingleses.
− Eso es absolutamente falso − reaccionó Dönitz de inmediato en forma inesperada − Es cierto que todos esos reportes me causaban una gran preocupación porque yo estaba convencido de que nada de todo ese asunto terminaría bien. Esas preocupaciones quedaron expresadas en un mensaje que yo radié a los submarinos 4 veces − Dönitz volvió a recurrir a su portafolios del cual extrajo un hoja de papel y leyó − “La operación de rescate no debe impedir que mantenga siempre completa habilidad para sumergirse” − Dönitz guardo el papel nuevamente y continuó diciendo − es obvio que en el espacio reducido de nuestros submarinos la adición de 100 o 200 personas ocasiona un severo riesgo a su navegabilidad poniendo la nave en grave peligro y ni hablar de sus capacidades para el combate. Pero jamás tuve en mi conciencia el deseo de acabar las acciones de rescate. En todo momento cada uno de nosotros cumplió con nuestro deber, incluso cuando nuestro Alto Mando y las reglas mismas del combate naval expresaban lo contrario.
* * *
− A superficie − ordenó Hartenstein sin prestar atención a la algarabía general.
Seguramente, pensó, habría sobrevivientes en el mar y como siempre que era posible los oficiales de las "Unterseebootsflotille" de la "Kriegsmarine", además de ofrecer ayuda a los náufragos para que llegaran a tierra cercana − en este caso a las costas de África − buscaban capturar algún oficial superior con la esperanza de obtener alguna información conveniente para la inteligencia que se pudiera radiar al BdU.
Emergieron en una posición que se consideró segura, aproximadamente a una distancia de 2.500 metros. Pero cuando Hartenstein subió al puente se encontró con una escena que no esperaba, casi demoníaca. El barco se estaba hundiendo de lado por babor, en medio de sus propios fuegos que iluminaban ya la densa obscuridad de la noche. La visión era impactante, aunque ya la había observado tantas veces, pero siempre le causaba la misma sensación de un profundo vacío interior. Las cubiertas del barco estaban en medio de un caos. Se escuchaban los gritos y las ordenes de los tripulantes tratando de bajar los botes salvavidas de estribor, la elevación creciente del barco por esa banda pronto los dejaría inutilizables. Hartenstein sabía que muchos de esos botes nunca llegarían a posarse en el agua.
− Lo que sea, se esta despedazando capitán − dijo Shumacher que acababa de llegar al puente seguido por Mannesman y el jefe Schulze.
Hartenstein no llegó a contestar. Por el hueco de la escotilla en el piso salió del interior una voz metálica, era el radiotelegrafista, que gritaba desde la sala de comando junto a la escala.
− Intercepté un mensaje de radio Capitán − Dijo el suboficial Marek.
− Léalo Marek − gritó Hartenstein acercándose al hueco de la escotilla.
− SSS SSS SSS 0434 SUR 1125 OESTE LACONIA TORPEDEADO STOP.
− ¿Eso es todo?.
− Eso es todo capitán.
SSS era un código para SOS. Cuando los buques eran torpedeados radiaban ese código Morse − simple y sencillo − para advertir a otros barcos cercanos sobre la presencia de un submarino. Entonces una idea sombría cruzó − de pronto − por la mente de Hartenstein, que ahora miraba por sus binoculares hacia la escena del hundimiento: Por un instante se le ocurrió pensar que al radiar un SSS, los tripulantes del Laconia habían firmado su sentencia de muerte. En efecto, ante la sospecha de un submarino acechando, muy pocos barcos se atreverían a acercarse para una operación de rescate. Lo peor de todo es que no se equivocaba.
En el barco agonizante, un verdadero tumulto corría alocadamente en todas direcciones sobre las cubiertas o se arrojaban a las frías aguas del océano. Era imposible dar precisiones sobre la cantidad pero tampoco las necesitaba, se veía con claridad que se trataba de cientos de personas. No había esperado que ese buque llevara pasajeros, sin embargo, a medida que pasaban los minutos iba comprendiendo − no sin amargura − que esa presunción había sido por completo errónea al par que del mismo modo se daba cuenta que había desatado una tragedia.
− ¡Maldición! − se escucho decir a Shumacher − hay demasiados hombres en el agua Capitan − Hartenstein no respondió.
El Laconia ya era un asunto del pasado, la historia real, efectivamente, se encontraba ahora en las frías aguas del Atlántico. Las voces y los gritos llegaban cada vez más nítidos por efecto del viento. En ese momento escucharon unos gritos de socorro con una enorme claridad y la certeza del horror los espantó todavía más:
− ¡Aiuto! ¡Aiuto! ¡Aiuto!.
− ¡Son italianos! − Exclamó Mannesman − ¡Hay náufragos italianos en el agua Capitán!.
− ¡Deben ser prisioneros de guerra! − dijo Hartenstein − ¡Avante despacio!.
− ¡Avante despacio! − repitió Mannesman al hueco de la escotilla.
− ¡Avante despacio! – ordenó el jefe Schulze mientras se deslizaba por la escalerilla, a toda velocidad, hacia la sala de operaciones.
− Mannesman − ordenó el capitán − prepárese para una operación de salvamento.
− ¡A la orden Capitan! − respondió el primer oficial y desapareció del puente de inmediato.
− ¡Capitán! − gritó Shumacher invitando a Hartenstein a observar por los binoculares tácticos UZO, que él mismo acababa de instalar en su soporte del puente − de una mirada a esto señor. Dirección 354º − dijo señalando con todo el brazo.
Una rápida mirada alcanzó para que Hartenstein comprendiera una situación que se volvía más complicada a cada minuto. Ya se podía divisar los primeros botes salvavidas en el agua atestados de tripulantes, pero en uno de ellos se podía ver algo que lo hizo blasfemar.
− ¡Santo Dios!... Hay mujeres y niños.
En sólo cuestión de minutos, la escena quedó completamente clara. En el agua grandes cantidades de náufragos chapaleaban desesperados entre gritos de auxilio y desesperación. Al principio eran decenas, pero a medida que pasaban los minutos se iban volviendo cientos. Los que habían logrado embarcar en algún bote salvavidas trataban desesperadamente de alejarse de la zona, de hecho, para escapar de los posibles efectos de succión, una vez que el Laconia se hundiera para siempre; pero también, para evitar el abordaje desesperado de los otros náufragos que permanecían en el agua con el severo riesgo de zozobrar.
El U-156 se fue acercando con mucha cautela hacia la zona, mientras el Laconia se hundía lentamente recostándose sobre la banda de babor sin mucha violencia. Se podía escuchar con claridad los crujidos del metal de la superestructura a medida que el buque se hundía más y más en el agua. Los cables se soltaban con estridencia, los remaches saltaban y las cosas se desprendían. Como a 500 metros del naufragio Hartenstein ordenó parar las máquinas. Algunos de los náufragos en el agua alcanzó a ver la silueta del submarino y unos pocos, que tenían buena habilidad para nadar se lanzaron sin dudarlo. Pronto dos nadadores se acercaron hasta la nave, eran italianos. Mannesman y otros tripulantes estaban en cubierta para ayudarlos a subir a bordo. Uno de ellos aparentaba ser un oficial.
Hartenstein bajó por la escalerilla de estribor y corrió por la cubierta. Los dos náufragos recién subidos a bordo estaban recostados y completamente exhaustos. El capitán se acercó al que tenía uniforme de oficial y se puso de cuclillas junto a él. El hombre era bastante joven, pero extremadamente delgado y tras una copiosa barba aparentaba mayor edad. Tenía un golpe en la frente y una herida sangrante, para lo cual había arrancado la manga de su chaqueta y con ella había improvisado una venda que recorría toda la cabeza.
− Mayor. Soy el Comandante Werner Hartenstein. − dijo el capitán en alemán, pero el sujeto dio muestras de no entender. Repitió en perfecto inglés.
− Maggiore Marco Ferrara Capitáno − respondió el sujeto asintiendo con la cabeza.
El hombre levantó la cabeza para mirar a los oficiales e hizo seña de querer fumar. Mannesman encendió un cigarrillo y se lo entregó, también convido al otro que no aceptó. El oficial italiano empezó a fumar casi con desesperación.
Mayor − dijo Hartenstein − no nos podemos andar con rodeos. Necesito información urgente. Todo lo que pueda decirme será importante.
El mayor Ferrara necesitó unos instantes para comprender las frases y luego asintió indicando que había comprendido. Sólo pudo relatar lo poco que sabía. El mismo era parte de los 1.800 prisioneros de guerra italianos provenientes del Alaméin que habían sido embarcados en Ciudad de Cabo, para ser llevarlos a Inglaterra y distribuidos en distintos campos de prisioneros.
− Capitán, – empezó a sollozar de pronto − Todos estábamos encerrados cuando el barco se empezó a hundir. El torpedo pegó directamente en los compartimentos de calabozos matando de inmediato a muchos de los nuestros. Los guardias polacos no querían abrir las celdas.
Se interrumpió para fumar, sus manos temblaban horriblemente al punto que casi no podía poner el cigarrillo en la boca. Luego continuó.
− Cuando algunos logramos forzar las cerraduras para intentar ayudar a nuestros compañeros y escapar, fuimos ametrallados por los guardias o apuñalados por sus bayonetas. ¡No lo puedo creer Capitán! − dijo casi gritando − el agua estaba entrando a raudales, había incendios por todas partes y ... Estaba claro que todos nos íbamos a morir allí, incluso ellos, los guardias, y sin embargo…
− ¡Maldición! − se escuchó decir a Mannesman.
El soldado se tapó la cara con las manos y se derrumbó en un llanto amargo y desesperanzado que conmovió profundamente a todos. El otro náufrago, un viejo sargento de infantería se acercó al joven oficial y el puso una mano en el hombro.
− La mayoría de nosotros quedó atrapada dentro del barco − dijo el sargento en inglés − encerrados como perros. Ya no se puede hacer nada por ellos.
− ¿Porque había mujeres y niños abordo Mayor? − Interrumpió Hartenstein.
El sargento se encogió de hombros. El mayor simplemente dejó de llorar, miró a Hartenstein con una mirada vacía, dió una profunda pitada al cigarrillo e hizo un gesto de completa ignorancia.
− No lo sé Capitán. No hemos podido saber mucho. Estábamos encerrados dentro de ese maldito barco. Completamente aislados del mundo signore. Alguien quizás dijo que eran familias de oficiales ingleses licenciados que volvían a casa, pero sólo son los rumores. No puedo decirle mucho sobre eso.
El Laconia se hundió una hora y media después de ser torpedeado, en medio de un verdadero caos, dejando cientos de náufragos chapaleando en el agua, lo que atrajo un nuevo peligro: tiburones. En poco tiempo las aguas se transformaron en un horrible festín donde los náufragos perecían por docenas a cada hora, devorados en la oscuridad y sin poderles ofrecer la menor ayuda.
La operación de rescate se inició frenéticamente en medio de la obscuridad. No había mucho para imaginar. La nave merodeaba con extrema lentitud, acercándose a los náufragos. Entonces, los hombres que tenían alguna energía se acercaban al costado de la nave y eran ayudados a subir a bordo. Nada se hacía por los otros. Trágico, pero se trataba de una selección natural inevitable. Hartenstein sabía que no tenía demasiadas perspectivas desde su punto de vista. El submarino no podría albergar a muchos, además estaba el hecho de que a medida que subían más y más náufragos a cubierta, el barco se volvía cada vez más vulnerable. No tenían capacidad para hacerse cargo de heridos graves ni medicinas suficientes, por lo tanto no había forma de ayudar a aquellos que no pudieran valerse por sí mismos.

Las guerras siempre son definidas en función de las matemáticas de su propia tragedia. El objetivo de la guerra es, en definitiva, la búsqueda de un bando por destruir el volumen de los recursos bélicos de su enemigo con el objeto de provocar su rendición, es decir, acabar con su fuerza de voluntad para continuar combatiendo. Esto involucra por igual, al armamento, los hombres, la tecnología o el aprovisionamiento. El hundimiento del Laconia había sido un acto legítimo de guerra y la tragedia subsiguiente, al fin y al cabo, un factor de probabilidad más en la inevitable tragedia de las matemáticas de la guerra. Pero en todo ello había una sensación en Hartenstein que se volvía muy fuerte a medida que pasaban las horas, donde la guerra parecía ir perdiendo todo significado como una excusa para justificar aquel horror. Lentamente se iba apoderando de él un sentimiento de culpa que se tornaba insoportable.
En ese momento Hartenstein se encontraba ante el mayor predicamento de su vida, un acontecimiento que estaba poniendo a prueba su capacidad para el mando, su temple como soldado y sus principios como ser humano. Era uno de esos hombres cuyas capacidades innatas lo hacían, en todo momento, un comandante excepcional. Como muy pocos, tenía la extraña habilidad para que sus principios como ser humano nunca entraran en contradicción con sus decisiones en combate. De hecho todos sabían que Hartenstein no era un ánimal de guerra, sino un militar profesional cuya dimensión de la violencia siempre tenía una medida estratégica. Hartenstein conocía más que nadie, en ese punto alejado del Atlántico, la diferencia entre los alcances de un acto humanitario y sus responsabilidades militares en cuanto a la protección y defensa de su barco y su tripulación.
A la 01:00 de la mañana el capitán ya tenía una visión clara de la situación y todo se volvía más grave a cada momento. Tenía muy en claro que a medida que pasaban las horas, se exponía cada vez más a la posibilidad de un ataque enemigo. ¿Pero que podía hacer?. Sabía que su nave no tenía la capacidad para rescatar a todos los náufragos y, asimismo, era consciente que no podía dejarlos abandonados a su suerte. De todos modos era una decisión que no podía tomar sólo. Ahora se sentía en condiciones de informar. Entonces, bajó por la escotilla con toda rapidez deslizándose por el barandal, se detuvo un instante en la mesa de mapas para verificar la posición y luego se dirigió a la sala de radio con paso firme, pidió un lápiz y una hoja de papel y allí mismo, contra la mampara frente a su camarote, escribió un rápido mensaje.
− Günther, no te tomes ningún tiempo en codificarlo, mándalo así como está − Günther Marek radió de inmediato el siguiente mensaje sin codificar "BARCO BRITÁNICO HUNDIDO POR HARTENSTEIN STOP CUADRANTE FF 7721 STOP DESAFORTUNAMENTE CON 1.500 PRISIONEROS ITALIANOS STOP HEMOS RESCATADO 90 HASTA AHORA STOP ESPERO ORDENES STOP HARTENSTEIN STOP".
Los botes salvavidas del Laconia se habían acercado al submarino, amarrados y atestados de náufragos, pero la gran mayoría de los infortunados permanecía en el agua. Algunos náufragos habían tenido tiempo u oportunidad para colocarse un chaleco salvavidas − pero había una gran mayoría sin ellos − todos pugnaban por mantenerse a flote hasta el último aliento. Los más afortunados habían logrado nadar hasta el bote más cercano y abordarlo cuando todavía quedaba lugar, otros apenas si habían podido aferrarse a la borda como pudieran para tratar de mantenerse a flote, pero otros sencillamente se dejaban vencer y desaparecían bajo el agua. A medida que pasaban las horas, muchos iban a morir sencillamente por hipotermia, especialmente los más débiles y mal alimentados, los prisioneros italianos. Nada se podría hacer por ellos, ya eran estadísticas inevitables de la tragedia.
Cuando los ataques de tiburones arreciaban, se producían algunas escaramuzas entre los que estaban en el agua, en su desesperación, intentaban abordar por la fuerza algún bote ya atestado haciendo que la embarcación corriera grave riesgo de zozobrar. Entonces, los tripulantes del bote no dudaban en golpear salvajemente al infortunado hasta arrojarlo nuevamente al mar.

Sin embargo, lo más espantoso de presenciar eran los interminables ataques de tiburones. Hartenstein dispuso una guardia de dos suboficiales armados con fusiles apostados a proa y a popa, para disparar de inmediato en cuanto avistaran señales de tiburones merodeando entre los náufragos. Pero sólo era un intento desesperanzado por combatir la impotencia. Había tanta gente en el agua y la obscuridad hacía casi imposible disparar sin asesinar a alguien. Además los tiburones atacaban desde la profundidad con habilidad certera. En un instante el cuerpo estaba flotando y al siguiente se vería rodeado por un torbellino provocado por uno o varios tiburones que agitaban el agua con una violencia extrema y una fuerza incontenible. Por un instante los gritos desgarradores del infortunado quebraban el aire y luego el cuerpo desaparecía sin dejar el menor rastro. La sangre en el agua atraía a otros tiburones y así la ronda fatal se volvía cada vez más siniestra.
A las 06:00 Hartenstein escribió un nuevo mensaje y se lo entregó a Marek para que lo radiara por la banda de 25 metros − quiero asegurarme de que cualquier buque pueda recibirlo − dijo Hartenstein al radioperador que ya llevaba cerca de 22 horas de guardia frente al aparato de radio. Estaba escrito en perfecto inglés y tampoco fue codificado:
"A CUALQUIER BARCO QUE ASISTA A LOS NÁUFRAGOS DEL LACONIA STOP NO SERÁ ATACADO EN TANTO NOSOTROS NO SEAMOS ATACADOS POR BARCO O FUERZA AEREA STOP HEMOS RESCATADO YA A 193 HOMBRES STOP 4,53 SUR 11,26 OESTE SUBMARINO ALEMÁN STOP".
Muchos juzgaron este acto de Hartenstein como un anacronismo y dados los acontecimientos posteriores es fácil juzgar estas críticas − quizás − con alguna validez. Sin embargo − además de ser igualmente anacrónicos − esos juicios también podrían haber sido calificados como de una enorme hipocresía, al ser expuestos desde puntos de vista sin el menor compromiso; teóricos e inverosímiles con respecto a los sentimientos de quienes experimentaron los hechos y las presiones afectivas que producían las vivencias directas de la tragedia.
A las 07:20 arribó por fin la esperada respuesta del Almirante Dönitz y si bien se veía realmente lacónico, al fin y al cabo, no dejaba de ser esperanzador.
"HARTENSTEIN PERMANEZCA CERCA DEL LUGAR DEL HUNDIMIENTO STOP LA OPERACIÓN DE RESCATE NO DEBE IMPEDIR QUE MANTENGA SIEMPRE COMPLETA HABILIDAD PARA SUMERGIRSE STOP DÖNITZ STOP".
¿Qué hubiera hecho Dönitz en su lugar? Pensó Hartenstein enfadado. El submarino estaba atestado de gente. El riesgo era total. Había náufragos por todas partes, casi no se podía caminar por el submarino sin pisar o tropezar con un cuerpo. La situación era casi degradante. Salvo las 5 mujeres que viajaban a bordo, quienes habían sido autorizadas a utilizar las letrinas, los demás hacían sus necesidades en cubierta. Se habían distribuido varios baldes, los que eran usados a modo de letrina y luego se arrojaban los desechos al mar.
Cada tanto se repartía algún alimento caliente pero la operación era extremadamente difícil, penosa y no exenta de conflictos. El mismo Hartenstein en un momento tuvo que intervenir desde el puente, advirtiendo con un megáfono que interrumpiría la ayuda si continuaban los incidentes y amenazó con mandar a todo el mundo al agua. Después de esto dispuso que todos los oficiales se armaran con pistolas automáticas, lo que así se hizo. Esa orden se mantuvo hasta le final. Sin dudas, aquella fue una noche espantosamente larga para todos.
El 13 de Setiembre amaneció frío y gris, las operaciones de rescate continuaban a bordo del U-156 a duras penas pero con ánimo febril. Los primeros destellos del sol corrieron el telón de la oscuridad, exponiendo a la luz lo terrible de la situación.
El segundo mensaje de Dönitz llegó cerca de la 07:40 y era más tajante que el anterior:
"LA SEGURIDAD DE SU BARCO NO PUEDE SER PUESTA EN PELIGRO BAJO NINGUNA CIRCUNSTANCIA STOP TOME LAS MEDIDAS NECESARIAS SIN NINGUNA COMPASIÓN STOP INCLUSO LA INTERRUPCION DE TODAS LAS OPERACIONES DE RESCATE STOP DÖNITZ STOP".
Hubo varios intercambios de mensajes entre Hartenstein y Dönitz en el transcurso de la mañana, referidos al estado de situación. Antes del mediodía llegó una enérgica orden por parte del Bdu que dejaba muy en claro cual era la mayor preocupación del Almirante Dönitz y seguramente las presiones que sobre él ejercía el Alto Mando Alemán respecto de los sucesos del Laconia y sus consecuencias. En realidad, Hartenstein no tenía la menor idea del revuelo político que eso estaba generando. A las 09:00 hs. Recibió un tercer mensaje:
"TOME CUIDADO RESPECTO DE INTERFERENCIA AÉREA ENEMIGA Y OTROS SUBMARINOS STOP".
Al final del día el U-156 no podía albergar más náufragos, habían subido ya 200 sobrevivientes abordo. La cubierta y el interior del submarino estaba tan abarrotada que resultaba prácticamente intransitable. Aunque Hartenstein había mantenido una imagen de fortaleza y frialdad absolutas al cabo de todo el día, en su realidad más íntima, sentía una profunda desolación y la sensación de impotencia se volvía más angustiante a cada hora.
Recién al anochecer del día 14 de Setiembre y a través de todas las comunicaciones, Hartenstein empezó a sentir un poco de tranquilidad. Podía darse cuenta que las circunstancias del desastre habían generado una revolución dentro de la estructura política de la Kriegsmarine, que el único que apoyaba su decisión de permanecer en la zona del naufragio era Dönitz y que luego de que este diera su aprobación para el recate se había metido dentro de una hoguera encendida por el propio Raerder, que veía de este modo una enorme oportunidad para quitarse de encima la sombra y el ascendiente cada vez más poderoso de su mayor rival en la fuerza.
En cuanto a las operaciones, se había ordenado inicialmente el apoyo de 8 barcos para proceder hacia la posición de Hartenstein a la mayor velocidad posible: Por supuesto, los 5 barcos del grupo Eisbär, es decir; el U-172 de Emmerman; el U-107 de Gelhaus; el U-68 de Merten; el U-504 de Poske y el U-459, el barco de reaprovisionamiento de von Wilamowitz-Moellendorff − la vaca lechera − que además tenía un médico a bordo y, por supuesto, los tres barcos que se encontraban más cercanos; el U-506 de Würdemann, proveniente del Golfo de Guinea; el U-507 de Schacht, que patrullaba las costas del Brasil y el submarino italiano Cappellini al mando del comandante Marco Revedin.
Dönitz había estudiado la situación con sus más cercanos colaboradores y habían establecido comunicaciones extraoficiales a través de la oficina A-11, la rama de la Abwehr, el servicio de inteligencia del ejército alemán, perteneciente a la Kriegsmarine. En las horas siguientes, las oficinas del BdU en Francia, tomaron contacto extraoficial con el gobierno de Vichy y transcurrieron intensas negociaciones y febriles intercambios de cablegramas. El acuerdo más favorable era que varios barcos franceses fueran alistados para recibir a los sobrevivientes en un punto de encuentro cerca de las costas africanas, pero el gobierno de Vichy solicitaba ciertas concesiones que estaban más allá de la capacidad de decisión de Dönitz y la cosa se complicaba al involucrar a Raeder y el Alto Mando alemán.
Comenzaron las presiones de ida y vuelta y todo se volvía más tedioso a medida que pasaban las horas. El plan parecía apresurado, todos estaban sumamente nerviosos en tanto eran conscientes que el asunto desagradaba por completo al Fürher. Dönitz danzaba en una cuerda floja y Raeder la agitaba hora tras hora. Sin embargo, finalmente, pareció llegarse a un acuerdo de que los submarinos desembarcaran a los náufragos a unas 600 millas al nordeste del puerto de Bingerville en Costa de Marfil. Se revocó la orden de proceder al rescate a los submarinos del grupo Eisbär. Esto aligeró mucho la presión. Dönitz reemplazó a Hartenstein en sus responsabilidades de combate asignándolo al comando de las operaciones de rescate y se mantuvo la orden de proceder sobre los otros tres submarinos, es decir, los de Wurdemann, Schacht y el italiano Capellini. La situación parecía ir acomodándose para Dönitz en la medida que la luz de un plan iba aclarando las incertidumbres. Recién al final del día, el Gran Almirante tuvo por fin algo que comunicar a Hartenstein y transmitirle un conjunto de órdenes precisas.
Esa fue la primera noticia alentadora que el capitán recibió en la desesperación de los últimos 2 días. Por fin tenía órdenes, algo que se parecía a un plan y las ideas más claras. Entonces, sintió la necesidad de aflojar sus tensiones y se dejó invadir por el cansancio. Por fin durmió durante algunas horas.
Antes del mediodía del día siguiente el U-506 de Wurdemann fue divisado en el horizonte por Shumacher. La sensación de alivio de Hartenstein no contrastaba con la del resto de la tripulación. La sensación de soledad había sido lacerante para todos los espíritus en esos dos días y medio de locura en la inmensidad del océano. Algunas horas después arribó el U-507 de Schacht y más tarde el submarino italiano Capellinni. El trabajo se volvió intenso y coordinado, esa misma noche los cuatro submarinos habían rescatado a todos los que quedaban en el agua llenando sus cubiertas o remolcando todo aquello que flotara.
Entonces, llegó un nuevo mensaje de Dönitz:
"TODOS LOS BARCOS INCLUSO HARTENSTEIN LLEVEN SOLO LA CANTIDAD DE NAUFRAGOS QUE NO LES IMPIDA SUMERGIRSE STOP".
Todos los comandantes recibieron este mensaje y realmente sonrieron al leerlo. Hartenstein pensó sin recelo: "si el «Tío Karl» viera esto seguro le daría un infarto".

De todos modos, tratando de acatar las órdenes de Dönitz y a pesar de las dificultades, Hartenstein transfirió la mitad de los sobrevivientes que se encontraban a bordo, 132 italianos al barco de Würdemann y permanecieron en el U-156 136 sobrevivientes incluidas las cinco mujeres. Por su parte Schacht alojó unas 153 almas, incluidos 2 oficiales ingleses y dos mujeres, una de ellas la esposa del gobernador de la Isla de Malta. Asimismo, tanto Würdemann como Schacht se hicieron cargo de remolcar cuatros botes salvavidas cada uno.
Los cuatro submarinos elevaron sobre cubierta, a la altura del cañon de proa, sendas banderas blancas con una cruz roja pintada en el centro. Esperaban − con muchas dudas y poca esperanza − que con esa referencia, las emisiones de radio no codificadas en ingles, la visión de los botes a remolque y la cantidad de gente que se agolpaba en las cubiertas de los submarinos no fueran atacados.
De todos modos, en el espíritu de los cuatro comandantes sólo había un afán: navegar hacia Africa, desembarazarse de su carga y tratar de salir de esa situación lo antes posible, por el bien de todos.
A esas horas, el desastre del Laconia parecía haber terminado. Sin embargo los aires de tragedia aún seguían rondando la vida del comandante Hartenstein quien, a pesar de todo, aún no se había enfrentado a la decisión más terrible y dramática de su vida, como militar y como hombre.
* * *
9 de Mayo de 1946 – día 125º de los procedimientos en juicio de Nüremberg.
Sesión de la tarde:
En un momento Kranzbuehler miró fijamente a Dönitz y le preguntó a bocajarro.
− ¿Almirante Ud. estuvo de acuerdo con la cancelación de las operaciones de rescate?.
− En efecto − dijo Dönitz sin vueltas − Confié en la decisión de mi capitán y era evidente que la interferencia enemiga lo volvió imperioso. Mis preocupaciones quedaban así completamente justificadas. Más aún si se da lectura al mensaje que recibiera de Hartenstein en el cual me informaba que había sido atacado 5 veces por aviones norteamericanos.
− Un momento Almirante voy a leer ese mensaje − Kranzbuehler caminó varios metros hasta su propio estrado con pasmosa tranquilidad, revisó en su conjunto de papeles, tomo uno de los folio y luego de darle una rápida lectura se dirigió al presidente del tribunal − Aquí tengo el radiograma que el capitán Hartenstein le envió al Almirante Dönitz explicándole su decisión de abandonar a los sobrevivientes a su suerte para escapar de ataques enemigos y dice así: "Hemos sido bombardeados 5 veces por avión Liberator norteamericano en vuelo bajo. Remolcamos 4 botes llenos y llevamos bandera con una cruz roja de 4 metros cuadrados en el puente con buena visibilidad. Ambos periscopios están dañados. He ordenado discontinuar la operación de rescate, desalojando a todos los náufragos de cubierta para inmediata inmersión; ponemos proa hacia el oeste para reparar".
− Como puede verse en los reportes posteriores del Capitán Hartenstein − interrumpió ahora Dönitz con una energía que sorprendió al tribunal, pues por primera vez se desprendía de su actitud distante y si bien firme, siempre lacónica − el llevaba 55 náufragos ingleses y 55 italianos a bordo del submarino en ese momento. Durante el primer bombardeo fue atacado uno de los botes salvavidas y de acuerdo a esos reportes, en la acción se perdieron considerables vidas incluso inglesas. Durante el segundo ataque, una bomba explotó en medio del submarino y le provocó daños severos. El propio Capitán Hartenstein reportó que sólo por un milagro de la tecnología de la construcción naval alemana el submarino no se partió en pedazos.
Estas últimas afirmaciones del Almirante Dönitz incomodaron severamente al tribunal y hubo murmullos en toda la sala.
− Le agradecería Consejero − dijo el presidente con evidente enfado − que cooperara un poco más con este Tribunal, manteniendo un mayor orden sobre las exposiciones en vez de llevar los asuntos de un lado para otro. Estábamos en la página 40 y ahora volvemos para atrás, haciendo referencia a lo que dice la página 38.
Kranzbuehler tomó la reprimenda con una velada sonrisa y con verdadera calma, definitivamente, poner sobre el tapete las acciones de guerra de los aliados incomodaba a todo el mundo. Pero esa convulsión favorecía su estrategia y ponía a Dönitz en una posición más fuerte, dejaba en claro y fortalecía sus criterios de guerra por encima de cualquier implicancia política. El abogado había reflexionado largamente con el Almirante Dönitz sobre la necesidad de fortalecer estos criterios frente al tribunal y frente al mundo. Dönitz había dejado esto perfectamente en claro.

− Pido disculpas al Honorable Tribunal − dijo Kranzbuehler con estudiada subordinación − la razón es que nosotros estamos utilizando dos diarios de guerra diferentes y las necesidades de la defensa así lo requieren, Sr. Presidente, pero yo haré las indicaciones del caso cuando así corresponda − luego prosiguió dirigiéndose a Dönitz − Almirante. ¿Podría decirnos ahora cuales fueron sus medidas después de recibir el reporte de Hartenstein de que había sido atacado repetidamente durante las operaciones de rescate?.
− Reflexioné largamente sobre el tema. Después de esa experiencia y en principio, no tenía la menor intención de interrumpir las operaciones de rescate. Menos aun después de todos los esfuerzos que se llevaron a cabo. Pero más allá de toda duda, lo que debía primar por sobre todo era el punto de vista militar, es decir, lo correcto en ese caso. El ataque demostraba claramente que los submarinos se encontraban en serio peligro.
Dönitz hizo un pausa para beber unos sorbos de agua. Luego continuó.
− La decisión de proseguir las operaciones de rescate se habían vuelto de lo más graves para mí, encima de todo había recibido una llamada telefónica del Mando de Operaciones para presionarme diciéndome que el propio Fürher no deseaba poner en riesgo ningún submarino en operaciones de rescate o convocar a otros a la zona desde zonas distantes. A esto continuó una acalorada discusión telefónica y puedo recordar que la termine diciendo "Yo no puedo tirar a estas personas ahora al agua. Yo continuaré".
En ese punto me quedaba claro que yo tendría que asumir como militar toda la responsabilidad por mis decisiones como ser humano. Sin embargo, como militar, yo sabía que continuar con las operaciones de rescate era un error. La prueba es que también había recibido un reporte de Wurdemann del U-506 de que también había recibido ataques de bombardero.
− Ese reporte Sr. Presidente, se encuentra en la página 42 en el diario de Wurdemann. El registro del 17 de Setiembre a las 23:43 horas donde reporta textualmente: "Trasbordo de sobrevivientes a bordo del Annamite completada. Atacado por aviones al mediodía. Totalmente preparado para la acción". Hago la aclaración de que el Annamite de 650 toneladas era uno de los cruceros pequeños franceses con orden de asistir en las operaciones de rescate, otro era el d’Urbille de 2000 toneladas y un tercero, el Gloire, un crucero de 7600 toneladas.
− El tercer submarino, el de Schacht, el U-507 − dijo Dönitz − envió a su vez un reporte en el que me informaba que tenía muchos hombres abordo y que estaba remolcando cuatro botes salvavidas con ingleses y polacos. Por supuesto, le ordené de inmediato que soltara las amarras de esos botes porque ello imposibilitaría sus habilidades para sumergirse. Posteriormente, él también me envió sendos mensajes informando que había trasbordado a los sobrevivientes ingleses e italianos en forma apropiada.
− Leeré ese informe cito en la página 41 Sr. Presidente − interrumpió el abogado − y dice textualmente: "Trasbordados 163 italianos al Annamite. Oficial de Navegación y otros tripulantes ingleses del Laconia a bordo. Hemos dejado siete botes salvavidas con aproximadamente 330 ingleses y polacos, además de 15 mujeres y 16 niños. Posición cuadrante FE 9612. Las mujeres y los niños permanecieron abordo por una noche. Durante la operación fueron provistos de comida caliente y agua, además de vestimentas y vendajes según necesidades. Avistamos 4 barcos en total anclados en Cuadrante FE 9619".
En el ambiente había cierto silencio y claras muestras de intranquilidad que Kranzbuehler aprovechó una vez más.
− Almirante. ¿Podría decirle a este tribunal cuales eran las motivaciones más profundas que influyeron en sus decisiones de aquellos momentos?.
Dönitz reflexionó por unos instantes y luego dijo con su habitual tranquilidad.
− A partir de estas cuestiones la fiscalía consideró erróneamente que yo había prohibido el rescate de soldados ingleses. Yo sólo estaba ocupado en resolver el problema militar. Pero si se analiza la situación con algún criterio sensato se observará que los resultados del rescate perjudican a los italianos más que a los ingleses. De 811 náufragos ingleses rescatamos aproximadamente 800. Sin embargo, de los 1.800 prisioneros italianos sólo pudimos rescatar a 450.
Los murmullos inundaron la sala de sesiones al punto que el presidente del Tribunal tuvo que solicitar silencio de manera insistente. Sólo cuando la tranquilidad volvió a ganar el recinto Kranzbuehler continuó interrogando a Dönitz.
− Ahora bien Almirante ¿Cómo conectaría Ud. Los hechos y los antecedentes que ha descrito acerca de los sucesos del Laconia con su orden nº 56 del 17 de Setiembre de 1942, a cuyas conclusiones, motivan a la fiscalía a levantar cargos contra Ud. por entenderla una orden orientada a la destrucción.
Dönitz respondió con ese habitual laconismo que enfadaba severamente al Tribunal.
− Las órdenes capitales no se resuelven de un día para otro. Mis motivaciones respondieron especialmente a mi permanente ansiedad por la seguridad de los submarinos y sus tripulaciones frente a la creciente fortaleza de las fuerzas británicas y americanas en el mar. Los antecedentes del Laconia fueron de suma importancia, porque quedaba claro que ni británicos ni norteamericanos habían cooperado con la operaciones de salvamento − enfatizó − a pesar de la proximidad de Freetown. Entonces comprendí, definitivamente, que el tiempo en que se podían llevar a cabo las acciones de salvamento por parte de nuestros submarinos había pasado a la historia, ya no era posible llevar a cabo tales operaciones en la superficie sin peligro.
Los ataques por bombardeo aéreo − continuó Dönitz − mostraron claramente, en los sucesos del Laconia, que a pesar del buen tiempo, del gran número de náufragos en cubierta, claramente visibles por que las condiciones del mar así lo posibilitaban, no era suficiente factor de restricción para contener un ataque. Entonces, me hicieron entender como responsable de los barcos y las vidas de las tripulaciones a mi cargo, que tenía que prohibir las actividades del rescate, dada la enorme fuerza y la decisión ilimitadamente hostil de nuestros enemigos. Es importante mencionar, como ejemplo, la siguiente estadística: todos los submarinos que tomaron parte en el rescate del Laconia fueron hundidos posteriormente por acciones de bombardeo aéreo y la mayoría de sus tripulantes fallecieron a consecuencia de ellos.
El Almirante se detuvo unos instantes para mirar al Tribunal, Ahora el silencio era completo. Dönitz, aprovechó esos instantes para medir y sopesar sus próximas palabras y luego puntualizó.
− Quiero dejar en claro, además, que en los sucesos ocurridos en el incidente del Laconia, mis hombres fueron bombardeados en medio de las operaciones de rescate, exponiéndose a un enorme peligro personal llevando a cabo una misión de carácter humanitario, que contrariaba de manera real y enfática el sentido común ordinario que imponen las leyes elementales de guerra.
− Para ser más precisos, Almirante − interrumpió el abogado − en opinión de la fiscalía, Ud. uso las circunstancias ocurridas en el Laconia para llevar a la practica una idea que ya tenía desde hacía mucho tiempo, que era la eliminación sistemática de los náufragos. Por favor, declare su punto de vista a este respecto.
− Actualmente, yo no puedo decir nada contra tal imputación. Si de lo que se habla es de rescate o no rescate de los náufragos, entonces el desarrollo mismo de los acontecimientos habla a las claras en contra de esa imputación. Es un hecho que nosotros nos aventuramos a rescatar a esa gente con la mayor devoción y también es un hecho que fuimos atacados irracionalmente en medio de esas operaciones. También es un hecho que los comandantes a mis órdenes y yo mismo nos enfrentamos a una seria decisión y en todo momento obramos de manera humanitaria, cuando desde el punto de vista militar esto era completamente equivocado. Por estas cuestiones, desde mi punto de vista, nuestras actitudes no pueden ser puestas en tela de juicio y por lo tanto no creo que valga la pena gastar más palabras en la refutación de estos cargos, cuando los hechos hablan por sí mismos.
− Almirante yo debo ponerlo ahora frente a la orden suya sobre la cual, la fiscalía, ha establecido las conclusiones de sus cargos contra Ud. Voy a leerla completa tal y como está redactada.
"Orden 56 - 17 de Setiembre de 1942.
1) Se da por terminado todo intento de salvar supervivientes de buques hundidos, así como rescatar hombres nadando y ponerlos en botes salvavidas, poner a flote botes salvavidas volcados, entregar comida o agua. Ese tipo de rescate contradice el principal objetivo de la guerra que es destruir los barcos enemigos y sus tripulaciones.
2) Las órdenes de rescatar a los comandantes e ingenieros jefe se mantiene en efecto.
3) Se deberá rescatar a supervivientes, únicamente si su interrogatorio es importante para el submarino.
4) Mantenerse inflexibles. No olvidar que el enemigo no se preocupa por las mujeres y los niños cuando bombardea las ciudades alemanas".
− Voy a referirme ahora al segundo párrafo − continuó Kranzbuehler −donde dice "Ese tipo de rescate contradice el principal objetivo de la guerra que es destruir los barcos enemigos y sus tripulaciones". ¿Puede explicarnos que significa exactamente esta frase según su juicio militar?
− Para la fiscalía es un problema semántico − respondió Dönitz con toda ironía − que requiere una justificación. La fiscalía juzga que yo debería haber escrito mi orden aclarando que la decisión respondía a razones de la seguridad de los barcos o debido a la peligrosidad de los ataques aéreos norteamericanos, como ha quedado claro en los incidentes del Laconia.
Dönitz hizo una pausa; no por que buscara alguna especie de clímax sino por que estaba enfadado. No era conveniente ahora perder los estribos y el Almirante advirtió una leve seña de su consejero para que se calmara. Así que hizo silencio y bebió un poco de agua. Después de unos instantes, más calmado, continuó.
− Desde el punto de vista militar este razonamiento no es correcto. Una orden capital es absolutamente imperativa, no deja espacio a la duda, a la interpretación o al criterio. En ese momento entendí que era necesaria una orden capital que excluyera a los comandantes de submarinos de tomar decisiones discrecionales e independientes para ponderar el riesgo implícito en el rescate de sobrevivientes en el mar. Haber hablado de seguridad o de alto grado de peligrosidad de ataque aéreo hubiera dejado al comandante la capacidad de juzgar estos aspectos por sí mismo. Le hubiera dado el margen de decisión para intentar establecer si su nivel de seguridad o el riesgo inherente de ataque aéreo le permitían o no asumir un rol de rescatador. Quizás, un cielo claro, podría haberle parecido favorable para el submarino, permitiéndole el tiempo suficiente para escapar llegado el caso y de ese modo, se habría expuesto severamente a perder su barco − hizo una nueva pausa y volvió a tomar unos sorbos de agua, miró a su consejero y este le hizo un leve gesto afirmativo, entonces continuó.
− De nuevo podemos ver en los sucesos del Laconia un ejemplo determinante, de ningún modo una excusa, como quiere hacer ver la fiscalía. No quise volver a vivir la experiencia de que un comandante tuviera la oportunidad de juzgar "Este es un buen momento no hay ningún peligro de ataque aéreo", es decir, yo no quise darle ninguna oportunidad para que actuara en forma independiente y por eso el carácter capital de mi orden. Tampoco quise transcribir argumentos por el que pudieran obtenerse diferentes interpretaciones, una por cada uno de mis comandantes de submarinos. Si para la fiscalía todo pasa por la semántica de la frase, entonces digamos que yo no quise, por ejemplo, expresar mi orden de este modo:"Si algún comandante con un alto nivel de autosacrificio rescata a un enemigo y debido a esto muere por él, esto es un acto contradictorio de las leyes más elementales de la guerra". Quizás la fiscalía hubiera preferido que yo escribiera la orden en esos términos, pero no fue así y por consiguiente la expresé de la manera como está escrita.

Hubo rumores y murmullos airados por parte de algunos, aplausos y risas por parte de otros. El tribunal exigió silencio de inmediato y todo se volvió desordenado. Sin embargo, el Flottenrichter Kranzbuehler estaba sumamente complacido. La respuesta de Dönitz había dado en el centro del espíritu de la acusación principal de la fiscalía. Los argumentos habían sido precisos, firmes y con el lúcido criterio de un hombre experimentado en las circunstancias del mando. Ahora se veía a Dönitz con una moral completa; reafirmado en sus ideas pero no con aire desafiante; irónico pero no cínico. La situación en el recinto se mantuvo algo caótica durante algunos minutos, El tribunal no estaba en absoluto satisfecho con el Flottenrichter Kranzbuehler a quien consideraba que estaba montando un show y de hecho, no estaba muy lejos de la verdad pero, en todo caso, no se trataba de una muestra mediocre sino de una estrategia perfectamente establecida frente a un juicio que también tenía mucho de show frente a la opinión pública internacional.
Su misión era salvar a Dönitz de la cadena perpetua y no dudaría en utilizar todos los elementos lícitos que le sirvieran para el caso. Sin embargo estaba más que satisfecho con los acontecimientos. Estaba llevando a Dönitz a navegar en medio de un mar plagado de iceberg y enfrentándolo directamente con el origen de sus decisiones. Nadie podría decir al final del juicio que había evadido las cuestiones. Gracias a Dönitz y sus propias convicciones, la estrategia de la defensa podía jugar sus armas enfrentando directamente el centro de la cuestión y, precisamente, ese era el momento de llegar al fondo de la asunto, desgastando los propios argumentos de la fiscalía.
- Almirante Dönitz. Prosigamos − dijo Kranzbuehler una vez vuelto el orden a la sala − Ud. se refirió al tremendo peligro que implicaba para el rescate de náufragos la superioridad aérea en el mar por parte, especialmente, de los norteamericanos. Entonces ¿como se entiende que en la misma orden Ud. admitiera la posibilidad de correr riesgo para la captura de capitanes e ingenieros de abordo? ¿No Sería eso una contradicción explícita dentro de la misma orden?.
− Definitivamente no − respondió Dönitz − La orden hace aclaración expresa del tema de la captura de capitanes e ingenieros, precisamente para que no haya confusión entre dos temas que son substancialmente distintos. Uno es el rescate de náufragos en el mar y el otro es la captura de oficiales enemigos. Uno es un acto humanitario el otro es un acto de guerra. En todo caso, un hecho está perfectamente claro, había un objetivo militar en la captura de esos capitanes, ingenieros y oficiales y formaba parte de mis órdenes proveniente del Alto Mando Naval. Como un asunto de principios, y generalmente, yo diría que en la persecución de un objetivo militar como es la captura de personal enemigo con importancia estratégica, se encuentra perfectamente justificado aumentar el nivel de los riesgos. Los conceptos son absolutamente diferentes.
− Almirante − pregunto Kranzbuehler − ¿Qué podría decirnos acerca de la expresión que Ud. escribe en la mencionada orden cuando dice "Mantenerse inflexibles"?.
Dönitz quedó unos instantes como pensativo, sus ojos viajaron quizás al infinito durante unos instantes que no podrían ser medidos en tiempos de reloj, luego bebió un sorbo de agua y respondió.
− Yo he pregonado a mis comandantes de submarinos durante cinco años y medio que ellos debían ser severos, antes que nada, con ellos mismos. Hombres afectivamente fuertes sólo pueden soportar las inclemencias de la vida en las profundidades y los rigores del servicio. La acción del submarino es drástica y no admite sentimentalismos. Cuando les daba sus órdenes sentía que no era poco enfatizar de un modo muy grave acerca de la entera responsabilidad que teníamos respecto de las naves y sus tripulaciones. De ese modo, entendí que debía imponer esta convicción también en la prohibición del rescate de sobrevivientes dado el poder aplastante de la fuerza aérea enemiga. Me ví en la necesidad de ser muy claro en este punto entendiendo que aquí se planteaba una disyuntiva difícil de resolver: Por un lado estaba la inflexibilidad de la guerra y la necesidad de salvaguardar las tripulaciones y submarinos y por el otro, los tradicionales sentimientos de los marinos.
Usted escuchó las declaraciones realizadas por el comandante Mohle como testigo de esta corte − dijo Kranzbuehler de inmediato sorprendiendo a Dönitz − en el sentido de que él entendía equivocadamente que los sobrevivientes debían ser asesinados. De hecho, en varias oportunidades el ordenó ejecutar sobrevivientes en vistas de su interpretación de esa orden de Ud. El decía siempre entre sus hombres que si bien el Alto Mando jamás lo admitiría, la interpretación de esa orden era clara, había de matar a los sobrevivientes.
− Mohle es. . . − Dönitz carraspeó y se sintió verdaderamente aturdido por esta pregunta. Kranzbuehler había sido especialmente cruel al hacerle deliberadamente una pregunta que el Almirante no esperaba. Una pregunta especialmente embarazosa.
− Un momento, Almirante. Deseo dejar algo en claro antes que nada − Hizo una de sus tradicionales pausas. Necesitaba que aquel momento quedara retratado en el recuerdo general. El abogado, que en todo ese tiempo había llegado hasta lo más profundo de la conciencia de Dönitz, sabía que el Almirante podía responderla con criterio. Sin embargo, la expresión de consternación que había ahora en el rostro de aquel hombre, para su propia estrategia de la defensa, era lo que más deseaba patentizar ante la severa mirada del Tribunal. Sólo continuó cuando estuvo seguro del clímax. Entonces dio la estocada preparatoria − Almirante ¿Como oficial en jefe, usted no tiene que asumir la responsabilidad por un malentendido de su orden?.
− Por supuesto, era responsable de todas las órdenes, tanto por su forma como por su contenido − en realidad, Dönitz no sabía en ese momento si lo que estaba contestando lo exoneraba o lo incriminaba, al principio estaba realmente confundido. Pero luego empezó a comprender que había sido librado a su conciencia y se tranquilizó de inmediato. Confiaba en Kranzbuehler por encima de todo, así que hizo lo único que la vida parecía demandarle ese momento: respondió con lo que había en lo más profundo de su conciencia − Mohle, fue la única persona que tuvo dudas acerca del significado de esa orden. Siempre lo consideré una buena persona y un gran comandante.
Hizo una larga pausa, como si su mente se hubiera remontado a otros tiempos y a recuerdos muy profundos dentro de su mente y sus sentimientos. Luego continuó.
− Lamento de todo corazón que nunca encontrara la ocasión para clarificar de inmediato esas dudas conmigo. Todos mis comandantes y en especial los de Estado Mayor, como era el caso de Mohle, tuvieron siempre acceso abierto para hablar conmigo, o con cualquier oficial superior entre aquellos que componían mi personal más cercano y que también fueron parte responsable o participaron directamente en el bosquejo de esta orden.
Nuevamente volvió a quedar en silencio unos instantes, bebió un sorbo de agua. Cuando continuó ya no había en su rostro el menos rostro de melancolía, había vuelto a ser el mismo Dönitz de siempre. Un hombre de hierro.
− Sin embargo, los hechos son claros − expresó con absoluta confianza − estoy convencido de que los pocos comandantes de submarinos a quienes Mohle comunicó sus dudas permanecieron absolutamente inafectados por ellas y los más veteranos hasta llegaron a refutarlo en algunas oportunidades. Pero, de todos modos, yo estoy preparado para asumir toda la responsabilidad que me corresponde por cualquier hecho que surgiera como consecuencia de su mala interpretación.

A esa altura de las circunstancias Kranzbuehler había confundido a todos, tanto a defensores como fiscales. Nadie sabía que estaba tramando en realidad, que giro iba a dar el asunto o que era lo próximo que iba a decir el consejero. Sin embargo, la mente del Flottenrichter estaba más que clara. Circunscribir las decisiones de Dönitz dentro del campo militar, alejarlo lo más posible de cualquier derivación política y establecer claramente que los casos de abusos cometidos por comandantes de U-boats y atribuidos como actos de obediencia a la orden nº 56 del 17 de setiembre de 1942, mas conocida como Orden Laconia, se trataba bien de mala interpretación en el caso de Mohle o bien de abuso criminal por parte de algún comandante pero en acciones absolutamente incompatibles con el espíritu real de la orden de Dönitz. Hacia ese punto se dirigió de inmediato.
− Almirante ¿Ud. sabía acerca del caso del Comandante Eck y el incidente del buque a vapor griego "Peleus". Quien después de torpedearlo ordenó disparar sobre los botes salvavidas a finales del invierno de 1944?. ¿Cual es su punto de vista con respecto a este incidente?.
El 13 de Marzo de 1944 el barco a vapor "Peleus" de 4.695 toneladas, navegaba en ruta desde Freetowns hacia Buenos Aires. El U-852 comandado por el Kapitänleutnant Heinz-Wilhelm Eck lo torpedeó hiriéndolo de muerte. Mas tarde y ya en superficie atacó con fuego de ametralladora sobre los botes salvavidas indefensos matando a la mayoría de la tripulación. De una dotación de 35 hombres y 6 artilleros, sólo 3 lograron sobrevivir. Esta acción es conocida por la masacre más cruel que haya protagonizado un U-boat durante la guerra del Atlántico.

− Cuando Eck declaró frente a este tribunal bajo juramento, dejó bien claro que no conocía absolutamente nada acerca de la interpretación que Mohle había hecho de mis órdenes ni de sus dudas. En el caso del U-386 yo fui muy claro al expresar mi desaprobación por las acciones que Mohle apoyó como comandante de flotilla en el suceso de las balsas inflables con aviadores enemigos a bordo. Estas críticas le fueron remitidas por escrito y quedó claro que sus decisiones derivaron directamente de su mala interpretación de mis órdenes. Los sucesos del "Peleus" y la conducta de Eck es por completo diferente, él actuó a partir de su propia decisión. Según el mismo declaró, su intención no era matar a esas personas pero sabía que tarde o temprano delatarían su posición y esto alertaría a la fuerza aérea angloamericana que lo buscarían hasta dar con él y destruirlo. En todo caso ha quedado bien claro ante este Tribunal que si bien Mohle hacía una mala interpretación de mis órdenes jamás aprobó las acciones de Eck. El comandante Eck, lamentablemente, obró bajo sus propias interpretaciones de los propósitos de su misión, con absoluta imprudencia y respondiendo a su propio criterio y decisión.
− Almirante. ¿Sabía Ud. que el Kapitänleutnant Eck, en este mismo Tribunal y bajo juramento aseguró que aquellas acciones sobe el "Peleus" contaban con su conocimiento y aprobación?.
− Así es, lo escuche yo mismo porque estaba presente en esta sala. Pero hasta ese momento no tenía conocimiento alguno de esas acciones. Además, Eck, fue tomado prisionero durante el transcurso de esa misma patrulla, por lo tanto no volví a verlo hasta su interrogatorio en este mismo tribunal.
− Díganos Almirante. Ahora que las conoce ¿aprueba Ud. lo hecho por el Kapitänleutnant Eck?.
− Por supuesto que no − contestó Dönitz de inmediato y con absoluta decisión − Ya lo he dicho antes aquí mismo. Las acciones de guerra no pueden desviarse de ninguna manera de la ética militar. Sin embargo, quisiera decir algo en favor del Capitán Eck. Tuvo que enfrenta una muy grave decisión y quizás, sin la experiencia necesaria. Tenía que completar una misión muy riesgosa, la cual demandaba la mayor responsabilidad por su barco y su tripulación. Claro que esto no cambia las cosas; definitivamente, el Capitán Eck hubiera tenido que enfrentar una Corte Marcial en Alemania debido a estas acciones. Sin embargo, sus razones, en el sentido de que él creyó que su submarino podía ser descubierto y consiguientemente destruido, no siendo estas razones infundadas, ya que creo recordar que en la misma área operacional y durante esos momentos, cuatro submarinos habían sido bombardeados, se habrían tenido la cuenta indudablemente por ese tribunal militar alemán.
− Aparte del caso de Eck, ¿conoce Ud. si durante o después de la guerra o en cualquier otra circunstancia algún comandante de submarinos disparó contra tripulaciones naufragadas o botes salvavidas?.
− No. este es el único caso.
− ¿Sabe Ud Almirante que entre los documentos de la Fiscalía figuran dos hundimientos los de las naves Noreen Mary y Antonico donde los náufragos aseguran haber sido atacados en el agua y en los botes?. ¿Reconoce Ud. la veracidad de estos documentos según su conocimiento como Comandante en Jefe?.
− No. No los reconozco. Yo creo que ellos no pueden resistir la menor prueba en un análisis imparcial. Nosotros tenemos un gran número de informes similares sobre el otro lado, y siempre fuimos de la opinión − y también he declarado esa opinión por escrito al Fürher y al Alto Mando de Guerra, que uno debe observar estos casos con enorme escepticismo. Una persona naufragada, en su estado psicológico, puede pensar fácilmente que le están disparando, cuando en realidad el submarino le disparaba a su nave. Esto puede ser constatado en infinidad de casos similares.
Además − concluyó − es evidente que si para demostrar lo contrario, la fiscalía sólo puede presentar vagamente estos dos únicos casos, queda demostrado que mí convicción es correcta. Que aparte del caso de Eck, ningún otro caso se ha extendido en este tipo de sucesos durante los largos años de guerra en las filas de la gran fuerza alemana de submarinos de la Kriegsmarine.
* * *
Al anochecer del día 15 todos los submarinos se hallaban listos para poner proa hacia las coordenadas convenidas con el objeto de entregar los náufragos a los buques enviados por el gobierno francés de Vichy. Los cuatro comandantes prefirieron no romper el silencio de radio así que decidieron comunicarse a través de señales luminosas y código Morse. De este modo decidieron no navegar en convoy, pues eso hubiera sido una invitación al desastre, cada cual establecería su propia trayectoria divergente de la de los demás y convergente sobre las coordenadas estipuladas por el BdU para el desembarco de los sobrevivientes.
En los cuatro submarinos, pero especialmente en el U-156 y a pesar de que se había redistribuido gran cantidad de personas, ya no cabía el menor espacio en cualquier parte de la nave. Salvo las mujeres, que podían viajar en el interior del submarino, el resto aparecía como una masa uniforme de cuerpos apretados, unos contra otros, en la cubierta. Se habían extendido cabos por ambas bandas para evitar, de algún modo, que la gente cayera al agua durante la navegación, si bien el tipo IXC poseía barandales sobre cubierta no serían suficientes como para contener a tanta gente, especialmente a proa y a popa. Se trataba de una solución bastante precaria y sin ninguna garantía de seguridad pero no había mucho más por hacer. La incomodidad, el entumecimiento y las malas condiciones en general pronto cobrarían más vidas sin lugar a dudas. Hartenstein era consciente de esa cuestión y de que sólo era cuestión de tiempo.

A las mujeres se les brindó facilidades para que permanecieran en el interior del submarino y el uso del WC. Sin embargo, todo era tan febril y caótico que no había casi oportunidad de descanzar, el que caían rendidos lo hacía en cualquier parte − en el piso o en cualquier rincón − lo que afectaba todavía más la circulación por el barco. Para desplazarse había que saltar prácticamente sobre los cuerpos tratando de no pisar a nadie, lo cual, era prácticamente imposible.
Finalmente, cuando todos los comandantes estuvieron seguros de que ya no quedaba nada por hacer en la zona del siniestro, pusieron proa hacia la costa africana. Hasta ese momento, el U-156 llevaba 72 horas en desesperada actividad por rescatar la mayor cantidad posible de vidas desde el momento del impacto al RMS Laconia.
Todos los submarinos llevaban una bandera con la cruz roja, pero eso no daba ninguna garantía. Eran submarinos, el arma más odiada, temida y conjurada por los aliados en el Atlántico. La Convención de La Haya preservaba de cualquier ataque a los buques hospitales, pero había condiciones que cumplir además de que estuvieran perfectamente identificados con una cruz roja, también se debía informar con certidumbre a las distintas partes involucradas en la disputa que buques estarían destinados a esa tarea para poderlos identificar adecuadamente.
En todo caso, la protección sólo estaba garantizada si ninguno de esos buques era usado para otro propósito que no fuera el de la asistencia sanitaria. Nadie podía suponer, entonces, que fuera factible que aceptaran que un submarino pasase por un buque hospital − ni siquiera de modo circunstancial − es decir, que los aliados consintieran concederle un salvoconducto temporal hasta que los náufragos estuvieran a salvo. Ningún buque aliado había aceptado acercarse para cooperar en las operaciones de rescate a pesar de insistencia en las comunicaciones abiertas para solicitar apoyo. Hartenstein sabía muy bien, al igual que los otros comandantes, que habría contratiempos.
Avanzada la noche, el capitán permanecía en el puente, sin poder dormir. Tenía tanto en que pensar, era tan inminente el peligro que no había cabida para rastros de sueño. Aún así estaba exhausto pero completamente desvelado en sus pensamientos. Encendió un cigarrillo − probablemente hubiera castigado severamente a un vigía por una acción semejante − pero en ese momento todo parecía tan distinto que no le importó en absoluto. De pronto sentía una completa desesperanza; como si todo el esfuerzo hubiera sido en vano.
Las últimas horas habían sido de un intenso trabajo tratando de mantener los botes reunidos. A diferencia de Schacht y Würdemann, el U-156 había intentado navegar sin remolques tal cual las órdenes de Dönitz, pero la tarea resultó más que infructuosa. Los botes perdían el rumbo y se dispersaban, tampoco podían mantener una velocidad constante. Al final desistió − de todos modos esta acción no aumentaba la seguridad de su barco cuando el verdadero problema pasaba por la gente que permanecía en la cubierta − entonces, ordenó volver a amarrar los botes parra remolcarlos. Sin embargo se perdieron valiosas horas y esto los retrasó considerablemente.
Desde el puente Hartenstein podía observar las siluetas de esas personas desahuciadas en la cubierta y, de pronto sintió tristeza. No podía quitar de su memoria el recuerdo de las horas de horror, los gritos desgarradores de los náufragos cayendo en las fauces de los tiburones o las escaramuzas por un lugar seguro en un bote salvavidas. Estaba sumergido en esos pensamientos, cuando Mannesman apareció en el puente.
− Capitán. ¿Porque no duerme unas horas?.
− No tengo sueño, quizás más tarde.
− Permítame insistir señor. Aunque mas no sea acuéstese y descanse el físico, ha tenido mucho desgaste y todavía vendrán horas difíciles.
− Veo que tiene el mismo presentimiento − espetó el capitán ofreciendo un cigarrillo a su primer oficial, que este aceptó.
− ¿Entre esperar un milagro y prepararme para un ataque?... en fin, prefiero estar preparado para un ataque.
− ¿preparado?... − sonó Hartenstein irónico mientras le ayudaba a encender el cigarrillo y de inmediato fue al grano − si nos atacan en estas condiciones ¿Qué haría mi primer oficial, mi hombre de mayor confianza, quien debería asumir el mando si a mi me pasa algo. Eso, que haría en mi lugar?.
− No parecen haber muchas alternativas Capitan.
− Quiero escuchar su opinión Mannesman.
El joven oficial dio una profunda pitada a su cigarrillo y meditó en silencio. Hartenstein tampoco lo apremió para que respondiera con urgencia, simplemente se mantuvo a su lado mientras ambos hombres fumaban en silencio durante un largo rato con la mirada perdida hacia la obscuridad. Finalmente Mannesman respondió.
− Si fuéramos atacados y nos mantuviéramos en superficie, moriríamos todos − Hartenstein hizo un gesto afirmativo pero dejando en claro que era una obviedad − Pero si nos sumergimos tendríamos oportunidad de salvar la nave y su tripulación. Ese es nuestro principal deber militar...
El capitán miró al primer oficial y se quedó esperando una conclusión.
− No me ha dicho nada que ya no sepa… − cerró Hartenstein − le he pedido su opinión como oficial al mando.
− Señor… Si yo fuera el capitán y dadas las difíciles circunstancias, no tendría otra opción más que cumplir con mi deber militar.
− Bueno... Llegado el caso voy a necesitar de su lealtad al máximo Mannesman. Sea cual sea la decisión que deba tomar y ocurra lo que ocurra, quiero saber que comprende la situación.
− Aunque no la comprendiera, Ud. siempre tiene mi lealtad capitán.
− Gracias, pero quizás tenga que darle órdenes que afecten a su conciencia y en realidad no es su lealtad lo que quiero de Ud. precisamente en este caso, sino su profesionalismo.
Mannesman no respondió, sólo se limitó a seguir fumando junto al capitán. Delante de ellos la noche caía como un manto negro infestado de estrellas. La luna acababa de salir, apenas si se levantaba a una altura no muy superior a los 9 o 10 grados por encima del horizonte. Los reflejos plateados sobre el agua permitían ver los botes salvavidas remolcados por el U-156 en una suerte de extraña composición entre belleza y horror. Finalmente, Hartenstein tiró su cigarrillo al agua, miró a Mannesman con una triste sonrisa y dijo.
− Creo que aceptaré su consejo y me iré a dormir un poco. Miren bien el cielo. Ese es nuestro peor enemigo.
Luego se inclinó sobre la escotilla y desapareció del puente.
* * *
− ALAAARRRMMMAAAAAA… ARTILLEROS A PUESTO DE COMBATE ANTIAEREO − gritó Schumacher desde el puente. Eran las 11:10 de la mañana.
Hartenstein casi cayó de la cama corrió semidormido a la sala de comando tropezando casi con todo lo que se encontraba en su camino. Subió por la escalerilla y llegó al puente de inmediato. El primer golpe de viento le aclaró la conciencia.
Hartenstein ubicó el avión con los binoculares mientras a sus espaldas el equipo de artillería tomaba ubicación en el cañón antiaéreo. Un M38.
− Pero lo hará − dijo Hartenstein para sí mismo − Es un Liberator… seguramente provienen de la Isla Ascensión.
− Entonces tienen que haber escuchado perfectamente nuestro pedido de ayuda.
− ¿Alguna vez lo dudó marino?.
− El capitán acercó la boca a uno de los tubos comunicadores y grito una orden − ¡Que el radioperador se prepare para transmitir en la banda de 25 metros!.
La gente sobre cubierta ya se había percatado del avión en el horizonte y aunque a cada instante aumentaba la ansiedad, permanecieron en silencio.
− Shumacher. Que suban las mujeres al puente. Quiero que se vea bien claro que llevamos civiles.
− A la orden Capitán.
El Consolidated B-24 Liberator con sus 10 ametralladoras de 12,7 mm y sus 5.800 kg de bombas y cargas de profundidad se había transformado desde el año anterior en un masivo, temible y mortal enemigo de los submarinos. A comienzos de 1941, el Liberator era el único avión capaz de cerrar el cerco en el mar contra el ataque de submarinos ya que debido a su gran autonomía podía patrullar a una distancia de hasta 1.000 millas de la costa sin reaprovisionamiento y en sus diferentes versiones, fue usado tanto por británicos como por norteamericanos.

Rápidamente los aliados se dieron cuenta que el Liberator sería la mejor arma para la lucha antisubmarina, ya que podían cubrir con sus vuelos la navegación de los convoyes hasta mitad del Atlántico desde Europa y desde allí ser reemplazados por otros aparatos similares desde el lado opuesto del océano. Su enorme potencial de armamento y su capacidad de maniobra los volvían letales para un submarino cuando estos eran sorprendidos navegando en superficie. A partir de 1943 y luego de una construcción masiva de estos aviones, practicamente ya no hubo un lugar en el Atlántico que no estuviera patrullado desde el aire. Hartenstein había estimado que aquel avión, todavía en el horizonte, provendría de bases norteamericanas en la isla Ascensión y no se equivocaba. A esa latitud en el Atlántico, el control aéreo era de los norteamericanos.
15 Minutos después el avión pasaba a vuelo rasante por encima de la torreta del U-156 sin atacar. La envergadura, el ruido de los motores y el ímpetu del avión sobrevolando muy bajo sobre la torreta del submarino fueron por demás atemorizantes, especialmente para las mujeres que habían sido transportadas al puente por el segundo oficial.
En eso Hartenstein se perdió por la escalerilla hacia la sala de comando sin decir nada y se encaminó hacia la sala de radio. Escribió un mensaje en papel y se lo entregó a Marek.
− Transmite esto y quiero asegurarme de que lo reciban cuando termines quiero que subas con las banderas de comunicaciones al puente.
Minutos después, en el aire, el piloto del Liberator recibió el mensaje sin la menor interferencia. El Teniente James D. Harden de la USAAF, no sólo había divisado al submarino U-156, del mismo modo había sobrevolado sobre los otros tres que también navegaban atestados de gente sobre cubierta, remolcando varios botes salvavidas cada uno. Todos habían enarbolado banderas con una cruz roja pintada en el centro. Harden había decidido no atacar por el momento hasta comprender adecuadamente la situación.
De inmediato la voz del radioperador le entró por los auriculares.
− Teniente recibimos un mensaje del submarino Alemán. Nos pide asistencia. Hay mujeres y niños a bordo de esos submarinos y oficiales ingleses, también hay soldados polacos y prisioneros italianos.
− Entonces, no fue una trampa después de todo − dijo Harden en voz alta.
− Teniente, nos están haciendo señales con banderas desde el puente del submarino.
El mensaje era escueto pero claro y muy visible "LLEVAMOS NÁUFRAGOS BRITÁNICOS A BORDO. NECESITAMOS BARCO DE RESCATE".
− ¿Qué responderemos Teniente?.
Harden no respondió de inmediato y cuando lo hizo sólo alcanzó a decir − hagamos otra pasada antes de informar.
Efectivamente el avión sobrevoló sobre la vela del U-156 y en cada momento, cuando el avión enfilaba sobre cubierta, Hartenstein sólo esperaba el instante fatal en que el barco saltara en pedazos. En los botes, los náufragos ingleses habían perdido toda prudencia y ahora hacían señales con las manos y gritaban pidiendo ayuda. Las mujeres en el puente estaban al borde del pánico y más aún, cuando el avión pasó sobre sus cabezas, no pudieron evitar lanzar alaridos de espanto. Sin embargo, era tal el ruido que hacían aquellos cuatro motores Prat & Whitney R-1830 Turbo de 1200 caballos de fuerza cada uno, que nadie a un metro de distancia hubiera podido escucharlas.
− Capitán − gritó Mannesman − Tengo un oficial británico en cubierta que pide permiso para hablar con Ud. Dice que puede ayudar.
Hartenstein miró a Mannesman algo incrédulo pero accedió, de inmediato un sujeto alto y algo desgarbado subió al puente ayudado por el primer oficial y se presentó a Hartenstein.
− Capitán, soy oficial de la Real Fuerza Aérea permítame hacer señales de luces. Por supuesto, tenemos códigos. Puedo autenticar cualquier mensaje. Quizás logremos que respondan a nuestro pedido de auxilio.
No había mucho tiempo para especulaciones así que Hartenstein autorizó de inmediato.
− Bien emita este mensaje: "Supervivientes del Laconia a bordo submarino alemán. Soldados, civiles, mujeres y niños".
Harden no estaba autorizado a trabar contacto radial con el enemigo así que tampoco respondió al último mensaje, sin embargo lo observó con toda claridad. También interpretó los códigos de la RAF pero sólo se limitó a alejar el avión a una distancia táctica y pedir instrucciones a su base en la Isla Ascensión. El comandante en servicio era el Capitán Robert C. Richardson III y, por supuesto, el mensaje del Teniente Harden le arruinó una mañana que aparecía sin incidentes más allá de la esperada rutina.
Hacia 4 días se había recibido un mensaje que aparentemente provenía de un submarino alemán informando del hundimiento del Laconia. Solicitaba auxilio con la promesa de que ningún barco iba a ser atacado si se acercaba a cooperar en las acciones de socorro a los náufragos. Esto había demandado una reunión táctica y se consultó a Washington de inmediato. Por todo concepto la decisión fue desestimar cualquier respuesta asumiendo la factibilidad de una trampa montada por el enemigo. No se había dudado del incidente, de hecho, también se había recibido un mensaje radiado desde el Laconia informando sobre el hecho. Sin embargo se sospechaba que ese incidente podría ser una estratagema, para atacar a los barcos norteamericanos que salieran de Ascensión en misión de rescate. Definitivamente, ningún barco que estuviera bajo la protección de las fuerzas aliadas sería inducido o motivado a acercarse a la zona. Las sospechas iniciales de Hartenstein habían sido correctas. La suerte del Laconia había sido echada desde el primer momento.
De todos modos, Harden acababa de poner un hierro candente en las manos de Richardson. Como sea, era evidente que lo que el piloto del Liberator había constatado desde el aire se trataba de una acción de rescate real. Había civiles, mujeres y niños a bordo además de soldados británicos. Finalmente el asunto del hundimiento del Laconia no había sido una trampa y varios submarinos habían asumido la responsabilidad del rescate y en efecto, parecía que estaban llevando a cabo una acción humanitaria.
Todo se había transformado de repente en un absoluto embrollo. Se estaba enfrentando a la decisión de tener que prestar ayuda – o por lo menos omitir un ataque hasta que los náufragos estuvieran a salvo − Sabía que esto no sería una opción admitida por Washington. Por otra parte sería reprobada cualquier indecisión y, de hecho, no podía oponer justificaciones de carácter humanitario. Un instante después de recibir el informe del teniente Harden sólo de algo estaba seguro, el maldito acababa de poner su carrera pendiente de un hilo y al borde del precipicio.
En un instante puso a todos de cabeza en su oficina haciendo gala de su mal humor. Llamó de inmediato a una reunión táctica de emergencia con sus oficiales colaboradores. Había que tomar una decisión y no podía dilatarse más. El teniente Harden, estaba en el aire esperando por instrucciones y, sin importar las circunstancias, había que tomar una decisión inmediata.
¿Cuántas vidas aliadas se perderían como daño colateral?. Había civiles y según el informe, también mujeres y niños. ¿Cuál sería el alcance moral de una decisión equivocada? ¿Cuál era la justificación militar?¿Cuántas vidas y bienes se salvarían en el futuro como consecuencia de haber destruido ese submarino y su tripulación?. Llevaban una bandera pintada con la cruz roja y tácticamente, estaba claro que ninguno de los submarinos estaba en condiciones de combatir. La convenciones internacionales sobre la guerra eran claras en cuanto a la protección de los barcos hospitales, pero como podía ajustarse esto a las características de un submarino, una máquina diseñada para matar. ¿Dónde estaba el límite?. Un barco hospital: es una nave utilizada con un solo propósito y debidamente reconocido por todas las fuerzas en guerra, incluso cualquier nave podría, circunstancialmente, ser utilizada como barco hospital. Pero un submarino… Parecía desde todo punto de vista inaceptable.
Alguien sugirió consultar a Washington:
− No es una opción caballeros. No hay tiempo. Tenemos que hacer nuestro trabajo y eso es ahora − dijo el capitán Richardson − Esta es una situación completamente alocada y debemos resolverla con los criterios militares que poseemos.
Se inició un debate febril acerca de números, consecuencias, daños y pérdidas. Alguien habló de moral. Richardson sin embargo parecía no escuchar, como si su mente estuviera lejana en otros pensamientos. Pero de pronto interrumpió el debate con una reflexión que parecía más una conversación íntima consigo que con sus colaboradores.
− Bien. Supongamos que dejamos ir a los submarinos y estos desembarcan felizmente a los náufragos, probablemente, en alguna parte de la costa africana. Todos estaremos con nuestros corazones felices y podremos ir a dormir con nuestras conciencias tranquilas. Ahora bien, mañana nos levantamos y nos enteramos que esos submarinos volvieron al mar y atacaron a otros “Laconias” en alguna parte del Atlántico.
De pronto se hizo un silencio profundo. Richardson continuó.
− Esto es lo que hace que toda la situación sea inverosímil, caballeros. Si nos planteamos una actitud pasiva por razones humanitarias no estaríamos haciendo nuestro trabajo militar. Fíjense que paradoja. Un submarino alemán hunde un barco aliado, entonces rescata a los náufragos, nos pide ayuda y nosotros cooperamos. Luego va y hunde otro, nos vuelve a pedir ayuda y volvemos a cooperar y así, sucesivamente, uno tras otro… ¿No suena estúpido?. ¡Maldición! Si hasta parece ridículamente cómico.
Richardson sorprendió a todos con un golpe sobre la mesa de reuniones de su oficina, quizás enojado consigo mismo, pero tomó una decisión. De inmediato, escribió una orden sobre una hoja de papel y ordenó enviarla en forma urgente al Teniente Harden. Cinco minutos después, el comandante del avión obtuvo una orden simple, clara y precisa: “Hunda al submarino”.
* * *
Hartenstein permanecía en el puente, por completo intranquilo. El Liberator se había perdido en el horizonte volando hacia el noroeste. Probablemente de regreso a su base. Pero volverían. Quizás para atacar, quizás para vigilar, pero volverían. No tenía la menor esperanza de que los norteamericanos enviaran ayuda humanitaria. Quizás, podrían haber enviado alguna señal si se tratara de otro barco, pero de ningún modo en tanto estuviera involucrado un submarino. Contra los u-boats no había tregua ni esperanza de diálogo.
Sólo la escena de ver pasar a ese enorme avión por encima de sus cabezas, la sensación de fragilidad que había experimentado y la completa inoperabilidad a que obligaban las circunstancias le empezaba a dar una clara idea del peligro que corrían. Empezaba a comprender la ansiedad de Dönitz y lo inaudito de toda aquella operación. Saberse localizado y a expensas del enemigo no hacía más que confirmar su escepticismo de que todo terminaría con bien y en pocas horas. Su visión estratégica estaba cambiado por completo y muy rápidamente.
Conocedor de los protocolos de guerra sabía que el piloto de ese avión, si no había atacado, era sólo porque esa decisión había quedado por encima de sus atribuciones. Tenía que pedir autorización para atacar un objetivo que seguramente mataría a muchos civiles y aliados. Habría informado a su base de inmediato y el tema ya estaría en otra esfera de decisión y bajo la responsabilidad de un oficial de Estado Mayor. Por lo tanto sus vidas ahora dependían de una decisión que estaba siendo discutida en ese mismo momento.
Mientras tanto, el puente estaba realmente atestado. Ocho pares de ojos observaban incansables el horizonte, incluido Hartenstein. Dos grupos de artilleros estaban apostados en las dos ametralladoras antiaéreas y listos a disparar a la orden. Empezaba a estar claro para todos los tripulantes del U-156 que lo que tuviera que pasar iba a pasar en los próximos minutos. Del mismo modo, la gente en la cubierta no estaba al margen de los acontecimientos. Habían enmudecido y la mayoría observaba el horizonte con real expectativa, hacia la dirección en que se había alejado el bombardero. La misma sensación parecían compartir en los botes salvavidas que permanecían remolcados por del submarino.
Hartenstein ordenó navegar a una velocidad de 10 nudos. Por el momento, era la mayor velocidad de la que podía disponer sin riesgo de arrojar por la borda a la multitud que se encontraba en la cubierta. Su figura se veía gélida y firme en una actitud que por su entereza y criterio siempre tranquilizaba a sus hombres. Siempre parecía adueñarse de cualquier situación y salir airoso. Sin embargo, en aquel momento el capitán estaba maldiciendo por dentro, sentía latir sus sienes y un enorme vacío crecía en su estómago a cada instante. Tenía un agudo temor. Desde luego, nada que pudiera confundirse con una actitud cobarde ni nada parecido. Extremadamente vulnerable y sin la posibilidad de sumergirse parecía no tener opciones contra un ataque aéreo de la magnitud de un Liberator.
− ¡Avión avistado Capitán ¡ − gritó uno de los vigías − Orientación Noroeste.
Todos los binoculares giraron en esa dirección. Muy lejano todavía, el avión aparecía elevándose rápidamente sobre el horizonte.
Sea lo que fuere, la suerte ya estaba echada.
* * *
El avión hizo una primera pasada por encima de sus cabezas a baja altura. Desde los botes se oían los gritos esperanzados y los brazos extendidos hacia el cielo. La gente en las cubiertas, que observaba con mayor detalle los movimientos de los tripulantes del submarino, permanecía en silencio y se mostraba más prudente.
En ese momento Mannesman subía al puente convocado por Hartenstein. El capitán sólo lo miró y el primer oficial supo de que se trataba.
− Creo que estamos muy cerca de una decisión Mannesman. Prepárese.
− A la orden señor.
Mannesman bajó nuevamente por la escotilla y corrió hasta el sector de literas de la tripulación, designó a un grupo de 6 hombres para que se armaran para combate. Se movieron con furor y en pocos instantes estuvieron dispuestos con casco y fusil. Subieron por la escalerilla hacia la torreta, salieron por la escotilla del puente y desde allí bajaron a la cubierta, practicamente de un salto. Mannesman gritó para que se mantuvieran allí junto a la torreta a la espera de órdenes. El mismo bajó y se apostó junto a sus hombres.
Mientras tanto el Liberator empezaba a virar a unos 1500 metros por babor para iniciar un nuevo acercamiento. La forma de ataque de esos aviones ocurría por saturación, primero atacaban con sus 10 ametralladoras sobre el objetivo y cuando estaban encima sembraban el área de bombas. Difícilmente el submarino alcanzaba a sumergirse, era destruido antes. Pero cuando lo lograba, aún así, la estela que dejaba permitía que los pilotos calcularan la trayectoria con suma facilidad desde el aire, incluso cuando el submarino hacía alguna maniobra evasiva. Las cargas de profundidad le caían como una lluvia precisa y mortal. En esta oportunidad no hubo ataque con ametralladoras. El avión pasó por encima de sus cabezas a solo 800 metros de altura y sin mayor preámbulo soltó sus bombas.
El mar empezó a explotar a su alrededor en columnas de agua que se elevaban decenas de metros en todas direcciones alrededor del submarino y de los botes salvavidas. El ruido de las explosiones se volvió ensordecedor y la inflamación de las aguas amenazaba engullir todo lo que flotara en la superficie. De pronto uno de los botes recibió un impacto directo, la embarcación de madera se partió en pedazos, los cuerpos despedazados saltaron en el aire muchos metros en una bola de humo, fuego, sangre esparcida y restos humanos.
− ¡ Shumacher! − alcanzó a gritar Hartenstein − ¡ haga despejar el puente !.
− A la orden señor.
El segundo oficial hizo bajar a las mujeres a través del bordillo, hacia la cubierta principal, con enorme dificultad. El estado de nervios y el revuelo que se había armado entre los náufragos era tal, que todo se había transformado en un caos en sólo unos instantes. El pavor hizo que algunos náufragos se abalanzaran sobre el grupo de marinos armados comandados por Mannesman que estaban apostados junto a la torreta. Hubo forcejeos, se escucharon disparos y algunos cayeron por la borda. Todo se tornó en una enorme confusión que se disipó de inmediato con el tronar de una segunda pasada del bombardero por encima de sus cabezas.
Los artilleros empezaron a disparar a una orden de Hartenstein, pero no era mucho lo que se podía hacer cuando el mar entraba en ebullición a su alrededor y todo el submarino se empezaba a balancear de una a otra banda imposibilitando hacer la menor puntería. Solo las vibraciones que producían las pasadas rasantes del bombardero hacían que algo se arrugara en el interior. Pero luego todo parecía sucumbir a la fuerza expansiva de las bombas, el corazón parecía cimbrar dentro del pecho dificultando la respiración, los tímpanos se perforaban y los oídos restallaban en sangre con un dolor agudo. En la cubierta algunos náufragos caían y otros encima de él. Algunos rodaban e iban a parar al agua llevando a un buen grupo consigo. Los forcejeos se acabaron como empezaron, cada cual pareció sumirse entonces en su propia tragedia interior.
− Mannesman − ordenó el capitán − hay que soltar esos remolques urgente.
Mannesman no contestó, simplemente ordenó a dos de los marinos armados que estaban junto a él que lo acompañaran a popa. Avanzó entre los náufragos con la Lüger en alto y flanqueado por los marinos armados con sus fusiles Máuser. Empujando gente a un lado y a otro. Nadie se animo a enfrentarlo. La exaltación del primer instante se había transformado en una inquietante pasividad. A llegar a la popa sólo basto un par de movimientos para soltar los cabos de los remolques de los botes.
Mannesman volvía hacia la torreta cuando el bombardero lanzaba su tercer ataque. Una carga de profundidad estalló justo debajo de la quilla. Primero se sintió un fuerte encabritar que aflojó las piernas de Mannesman y lo hizo caer sobre cubierta como a todos los que estaban a su alrededor, luego siguió una explosión ahogada y toda la cubierta pareció saltar como una catapulta, la popa del U-156 se elevó algunos metros sobre la superficie y una enorme columna de agua envolvió al submarino con un estallido impetuoso, brutal y ensordecedor. El propio Hartenstein por poco no cayó por el bordillo hacia el agua si no hubiera sido aferrado por su segundo oficial.
− ¡Shumacher quiero un informe detallado de todos los daños!.
El oficial se lanzó de inmediato por el hueco de la escotilla y desapareció del puente. Abajo las cosas no eran menos desesperadas. Cuando Shumacher llegó a la sala de comando, se encontró con un caos. Muchas de las válvulas literalmente habían estallado y habían provocado varios accidentes entre los tripulantes. Había gente corriendo de un lado para otro, filtraciones de agua por todas partes y fuegos que intentaban ser apagados. Encontró al jefe Schulze en la sala de máquinas dando ordenes a los gritos para que su voz se escuchara por encima de los ruidos del motor y maldiciendo a diestra y siniestra. En esos momentos de extrema crisis, el dueño del submarino era literalmente el jefe de ingenieros. Todos dependían de él y de su experiencia. Era el jefe y no otro el que tenía en sus manos la vida de sus compañeros hasta el último momento. Nadie estorbaba su labor, nadie objetaría sus órdenes directas, ni siquiera el capitán.
Schulze se encontró ante la mirada inquisidora de Shumacher y supo que Hartenstein estaba necesitando una respuesta urgente. Habló antes que le preguntaran.
− Mira, lo que ves a tu alrededor. Válvulas que estallan, agua que entra, cosas que se incendian, ojos morados, olor a pestes. Dile al capitán que hasta ahora es rutina. Pero que no juegue a los dados con nosotros. Esa carga no fue broma. Necesitamos irnos al fondo y eso es ya. Lo que pase con los condenados náufragos es su problema pero la seguridad del barco es mi negocio. No hay opción. Hay que sumergirse o estamos fregados.
Shumacher no respondió, se limitó a asentir con la cabeza. Iba a girar sobre su cuerpo para volver a la escalerilla hacia el puente cuando sobrevino una nueva explosión bajo la quilla y todo a su alrededor dio vueltas como si estuviera dentro de una enorme coctelera. Su cabeza golpeó contra una mampara y perdió el conocimiento. Schulze alcanzó a aferrarse a algo que nunca supo lo que era y de inmediato sintió que se le quemaba la palma de la mano y la fuerza del empuje casi le arrancó el hombro de la articulación, se soltó y cayó con todo su peso golpeándose la frente con un conjunto de válvulas de seguridad. Todo parecía derrumbarse a su alrededor pero alcanzó a incorporarse de inmediato. Un hilo de sangre corrió por su frente y de inmediato se deslizó por el costado del rostro hasta perderse por el cuello debajo de su camisa.
Mientras dos marineros socorrían a Shumacher corrió él mismo hacia la escalerilla que llevaba al puente pero nunca alcanzó a subir ni el primer escalón.
− INMERSIOOOOONNNNN − Estalló la voz de Hartenstein desde el puente. El jefe sabía lo que venía después, así que se apartó de la escalerilla de inmediato y casi en el mismo instante todos los tripulantes que se encontraban en cubierta empezaron a deslizarse hacia el interior del submarino. Hartenstein y Mannesman fueron los últimos una vez que se aseguraron que la escoltilla estaba bien cerrada.
− ¡Jefe llévenos abajo como un demonio!. Profundidad 150 metros, a toda velocidad.
Schultze tradujo la orden de Hartenstein en instrucciones específicas para los planos de proa y popa. Se abrieron las válvulas de los tanques de lastre, que comenzaron a inundarse llenando el ambiente de gorgoteos. Hartenstein y Schultze encontraron sus miradas por un instante y el jefe no necesitó ninguna explicación para saber lo que había ocurrido allí arriba. Hartenstein posó luego su mirada expectante en el indicador de profundidad sin decir la menor palabra.
Esa segunda carga de profundidad fue suficiente argumento para que Hartenstein tomara la decisión que su corazón detestaba. Pero en ese instante comprendió que ya no había otra opción posible así que ordenó a Mannesman y sus hombres que evacuara la cubierta de náufragos y que saltaran al agua para poder sumergir al U-156 mientras el bombardero se alejaba para retomar una nueva condición de ataque. Algunos náufragos saltaron de inmediato, pero otros imploraban y algunos hasta intentaron resistirse. Los que no se atrevían a saltar fueron empujados.
Los hombres forcejeaban furiosamente con varios náufragos que se habían aferrado a los barandales y no querían soltarse. Entonces, Hartenstein ordenó que todos los hombres abandonaran de inmediato la cubierta para inmersión. Mannesman repitió la orden a los gritos y de inmediato los marineros dejaron de forcejear, dejando a esos desdichados allí aferrados, llorosos e implorando ayuda con desesperación. Algo se revolvió en ese instante en el corazón y en los intestinos del capitán. A veces las decisiones correctas son las peores decisiones, pero no quiso pensar más que en el deber. Todavía se escuchaban los gritos cuando la escotilla se cerró sobre su cabeza.
El U-156 estaba sumergiéndose cuando el bombardero se lanzaba una vez más sobre su presa para un quinto ataque, quizás definitivo. Mientras maniobraba para volver a retomar una posición ventajosa había sido testigo del desbande en la cubierta del submarino y podía observar como la gente saltaba al agua.
− Van a sumergirse − dijo en un momento la voz de su copiloto en los auriculares, pero. Harden no respondió. En ese momento la nariz del avión terminaba de alinearse con el rumbo del submarino. Todo estaba listo para un ataque mortal.
En el U-156 un marinero estaba vendando la cabeza del jefe con bastante esmero pero sin mucha pericia, el propio Hartenstein terminó por ocuparse del tema, mientras Schultze continuaba en su trabajo y sin prestar atención. Schumacher ya estaba repuesto y en su posición de combate, las vías de agua se escuchaban en alguna parte hacia popa, donde los tripulantes trabajaban frenéticamente por resolver las averías y los pequeños incendios que estaban siendo sofocados. El submarino todavía tenía parte de la vela afuera del agua y se podía escuchar el sonido de los motores del Liberator que se acercaba por la popa.
El cerebro de Hartenstein trabajaba a enorme velocidad. ¿Qué haría el maldito bombardero?. Venía por la popa. Seguramente su táctica sería lanzar las cargas de profundidad delante de la proa del submarino para que este quedara en medio de ellas durante el avance. Sería difícil escapar a una muerte segura. Sin embargo a diferencia de un destructor un bombardero tenía una dificultad - y una ventaja para el submarino – de que una vez lanzado no podría corregir el rumbo frente a una maniobra evasiva del submarino. Sólo necesitaba estar seguro de que el avión provendría desde popa. Todavía el submarino no había terminado de sumergirse así que era fuertemente visible desde el aire.
− Periscopio de observación − ordenó en un momento.
Se escuchó el ruido del motor hidráulico y en un instante el periscopio estuvo dispuesto. Hartenstein buscó al avión con desesperación y rápidamente dio con él a no más de 200 o 300 metros justamente por la popa. Casi no tenía tiempo para dar una orden.
− ¡Motor todo en reversa!. Timón todo a babor. ¡YA!.
El jefe repitió la orden de inmediato casi en un grito.
Harden desde su avión podía ver la estela en el agua que dejaba el extremo de la vela del submarino a punto de desaparecer de la superficie. Ya estaba casi encima de su presa así que cuando empezaron a caer las cargas de profundidad no pudo darse cuenta que el submarino había iniciado maniobras evasivas. Sin embargo, el artillero sí se dio cuenta. Pudo ver los cambios en la traza de la estela que aún dejaba el submarino en la superficie mientras se sumergía. Pero ya era tarde. Sólo algunas de las cargas llegarían a ser efectivas. Abortó la operación. Quizás hubiera más suerte en la próxima pasada.
− ¡Hay cargas de profundidad en el agua capitán! − gritó.
Instintivamente, todos se aferraron a cualquier objeto cercano que estuviera fijado a la estructura. Hartenstein miraba el profundímetro tratando de ocultar su desesperación. A esa escasa profundidad las explosiones harían mucho daño.
Con la primera explosión todo el submarino pareció encabritarse haciendo crujir el casco como si un par de manos gigantes lo estuviera torcionando. Todos los vidrios de los instrumentales estallaron. Tras ello, una segunda explosión y luego una tercera. Todo lo que estaba en el puente superior reventó, se dislocó o se abolló, las cabezas de los dos periscopios se dañaron severamente y quedaron inservibles y el borde de las mamparas del puente apareció estrujado como si fuera de papel. Al rato una cuarta y una quinta explosión hicieron bambolear al submarino, pero fue evidente que habían estallado a mayor distancia.
− Avante toda − dijo Hartenstein − profundidad 180 metros.
Schultze repitió la orden.
Pasaron unos segundos que parecieron horas hasta que el submarino empezó a inclinarse hacia proa. Si bien todos los vidrios se habían hecho añicos, la mayoría de los instrumentos funcionaba correctamente. Al final, el submarino se inclinó de tal modo que si alguien se hubiese soltado a lo que estaba aferrado no hubiera podido mantenerse de pie.
En ese momento, en el aire, el teniente Harden estaba virando para hacer una última pasada a baja altura, pero era consciente de haber perdido el objetivo y no pudo ocultar su enfado. El agua estaba llena de cuerpos nadando cerca de los tres botes. Decidió que no valía la pena continuar el ataque. El submarino se había perdido en la profundidad y no podía operar con tanta gente en el agua. Era consciente que una de las bombas había dado de pleno en uno de los botes salvavidas y que acababa de causar una tragedia inútil.
− ¡Maldición! − dijo golpeando sobre los mandos − ¡Maldición!... ¡Maldición!.
Se descubrió rabioso de sí mismo y apesadumbrado en un instante. No podía menos que sentirse enfermo. Aquella sería una experiencia que Harden no olvidaría el resto de su vida. Acababa de entrar a la historia como responsable de una acción de guerra que, íntimamente, lo avergonzaría hasta el final de sus días.
En la profundidad el U-156 estaba nivelando a 180 metros.
− Velocidad a 1/3. Mantengan rumbo y profundidad − ordenó Hartenstein.
− ¿Vamos a volver por ellos capitán? − preguntó Schumacher y de inmediato se dio cuenta que había sido una pregunta estúpida, pero ya era tarde. Se mordió los labios y se maldijo a sí mismo por la imprudencia. La mirada de Mannesman fue como fulminante y en ese momento hubiera querido que lo lanzaran por un tubo de torpedos. El capitán Hartenstein ni siquiera lo miró para responder, su conciencia parecía estar a kilómetros de distancia.
− No − dijo como única expresión antes de marcharse a su camarote. Entonces, cerró el cortinado tras de sí y permaneció aislado durante horas.
Nadie en el U-156 se atrevió a interrumpirlo durante todo ese tiempo.
Un día después, el 17 de Setiembre de 1942 Dönitz firmó dos órdenes, a las que dio la máxima prioridad. La primera fue la Orden Nº 56, conocida también como la "Orden Laconia" que hizo radiar a todos sus comandantes junto a un escueto mensaje que decía, textualmente, entre otras cosas: "Es completamente desatinado creer que el enemigo puede respetar a los submarinos alemanes en cualquier forma bajo el pretexto de que aquéllos salven a sus propios hombres…". La segunda fue la mayor condecoración que el Capitán Werner Hartenstein recibiría en su vida. La tan ansiada Cruz de Caballero.
* * *
Cuando dieron comienzo los juicios de Nüremberg todos descontaban que la suerte del Gran Almirante Karl Dönitz estaba echada. Su condena prefiguraba algo más que un juicio por crímenes de guerra. Juzgar a Dönitz era juzgar a Alemania. Sin embargo, Dönitz fue expresamente sobreseído de los cargos por crímenes de guerra, debido a la brillante defensa que hiciera su abogado, el Flottenrichter Capitán Otto Kranzbuehler cuya estrategia jurídica se ha considerado brillante y ejemplar. Kranzbuehler, además de abogado, era un patriota y un soldado alemán. Sabía perfectamente que al defender a Dönitz estaba defendiendo mucho más que a un hombre, que a un soldado, que a un comandante, estaba defendiendo la dignidad de las fuerzas armadas alemanas − en especial el prestigio de la Kriegsmarine − con todos sus muertos en batalla, con todos sus héroes y con todas sus glorias. Definitivamente, estaba defendiendo la dignidad de una Alemania derrotada pero queriéndose poner de pie y de cara al futuro.
La historia secreta de sus conversaciones con funcionarios norteamericanos en el Alto Mando Aliado para la defensa de Alemania, quedará en eso; en una historia secreta. Sin embargo no es indiferente el hecho que de esas interminables horas de intercambiar argumentos, contra-argumentos y decididas negociaciones entre los funcionarios oficiales y diplomáticos, surgieran presiones descomunales sobre todos los miembros del Tribunal y las decisiones de la justicia internacional.
Los ingleses y los franceses no querían ni oír sobre la posibilidad de que Dönitz saliera del tribunal esgrimiendo al mundo su libertad; sin embargo los rusos, que eran secretamente amenazados por los norteamericanos con hacer público el pacto germano-soviético que facilitó el ataque de Alemania a Polonia, parecían ser los más volubles. Los norteamericanos no estaban para nada convencidos que ahogar a Alemania como al final de la Primera Guerra fuera una buena estrategia. Con los tratados de Versailles y Saint Germain no se había hecho otra cosa más que alimentar finalmente la violencia Nazi y empujar al pueblo alemán desairado, a seguir a Hitler suponiendo que su liderazgo les traería realmente la dignidad perdida que el gran dictador les había prometido. De hecho, los norteamericanos no habían apoyado las especulaciones Anglo-francesas antes y tampoco lo harían ahora.
Por ello se desató una enorme conmoción en el tribunal cuando el Almirante Chester Nimitz, Comandante en Jefe de la flota norteamericana en el Pacífico remitiera un testimonio a favor de Dönitz admitiendo que los Estados Unidos habían utilizado el criterio de guerra sin restricción como un elemento táctico en el Pacífico, por el cual los submarinos norteamericanos no rescataban a los sobrevivientes de los barcos torpedeados en situaciones dónde su propia seguridad estuviera en riesgo o cuando la necesidades de la misión así lo demandaran y por lo tanto, la Orden llamada Laconia, no podía constituir un acto considerado criminal sino un instrumento táctico válido dentro de las reglas de la guerra.
Una vez que este testimonio estuvo en poder del Flottenrichter Kranzbuehler, el defensor de Dönitz se presentó ante el supremo tribunal vestido, no con su toga habitual de abogado, sino con un impecable uniforme del ejército alemán, luciendo todas sus condecoraciones. Ese día realizó uno de los alegatos más brillantes y respetados que se hayan escuchado en todas aquellas terribles jornadas de los juicios de Nüremberg.
De hecho, nadie podía suponer que el Almirante Nimitz actuaba por su propia cuenta y decisión sino como el instrumento político del Gobierno de los Estados Unidos en respuesta a las especulaciones de sus aliados europeos. Definitivamente esa jugada política de los Norteamericanos salvó a Alemania de la humillación total, salvó a Dönitz de una condena por crímenes de guerra aunque lo condenó por crímenes contra la paz. Definitivamente, le tocó al Gran Almirante cumplir la misma condena que los Norteamericanos consideraban suficiente infringir sobre los restos de la vieja Alemania si quería pasar a formar parte del nuevo mundo que se avecinaba, haciéndola responsable por las consecuencias calamitosas de las hostilidades.

Por lo tanto, Dönitz, debió cargar sobre sus espaldas todo el peso de la Alemania del III Reich, esto lo volvió culpable ante los ojos del mundo. Pero, los norteamericanos entendieron en ese momento, que el Gran Almirante era el único que poseía la dignidad personal, militar y política suficiente para hacerse cargo de esa responsabilidad nacional y patriótica de frente a la Alemania del futuro y en tal sentido jugaron su carta política. Esta acción si bien inculpó a Dönitz también le otorgó cierta dignidad frente al juicio de la historia.
La expiación de Dönitz sería al fin y al cabo, la misma expiación de Alemania y así lo fue, al menos, en la Alemania Occidental. Sin dudas, los servicios de Dönitz a su patria no culminaron sino hasta 1956 en que fue liberado y se le permitió volver a su hogar con su familia en la villa de Aumülhe muy cerca de Hamburgo, donde pasó los últimos veinticuatro años de su vida, respetado por sus antiguos camaradas y en la tranquilidad de sus días de ancianidad.
En 1968 publicó sus memorias en un libro que tituló “Memorias. Diez años y veinte días” y también dedicó todos sus esfuerzos en escribir la historia del arma de guerra submarina alemana.
El Gran Almirante Dönitz, falleció en la noche de Navidad del año 1980. Su sepelio ocurrió una semana después, el 6 de Enero de 1981 tras recibir un importante homenaje de cientos de veteranos de guerra alemán de todas las armas que lo acompañaron en procesión hasta su tumba definitiva.

Los miembros de la marina, la Bundesmarine, fueron prohibidos de asistir enfundados en sus uniformes. Lamentablemente la controversia de su actuación política como el último representante del III Reich, lo acompañó hasta su última morada.
* * *
El día 19 de Setiembre de 1942, después de haber reparado en el mar los equipos dañados y volver a ser operativos, el U-156 detectó la cercanía de un transporte a vapor británico, se trataba del "Québec", de 4745 toneladas, navegando desde Alejandría hacia Freetown e Inglaterra. Hartenstein ordenó interceptarlo. A las 15:46 el barco quedó mal herido con un solo torpedo. Ese impacto provocó la muerte de un tripulante. Al resto le fue permitido desembarcar en botes salvavidas y una vez que estuvieron a una distancia segura, Hartenstein dio la orden de rematarlo a cañonazos hasta hundirlo.

Finalmente, el 16 de Noviembre de 1942, el U-156 regresó al puerto de Lorient después de 12 semanas y media de navegación. El propio Gran Almirante Karl Dönitz, en persona, en compañía del Comandante de la 2ª Flotilla y AS de la Kriegsmarine, el Korvettenkapitän Viktor Schütze (Cruz de Caballero), lo esperaba en el muelle para recibirlo como un héroe y otorgarle su merecida condecoración.
Luego de una corta licencia con su familia Hartenstein volvió a operaciones en el mar. El 16 de Enero de 1943 abandonó nuevamente el puerto de Lorient, camino hacia su quinta y última misión. Sin embargo, después de un mes y medio de navegación, el U-156 no había logrado interceptar ningún barco enemigo y, probablemente, la moral de la tripulación haya empezado a enflaquecer. Asimismo, las patrullas aéreas dificultaban enormemente las operaciones de acecho. Los temibles Liberator parecían cubrir cada vez con más eficacia grandes extensiones de océano. Podían relevarse desde distintas bases en el Atlántico y darle a sus incursiones una mayor autonomía y penetración en zonas que antes habían estado desguarnecidas y conformaban el teatro de operaciones táctico, donde los submarinos habían asolado a sus anchas durante los primeros años de la guerra. Esos días de gloria habían terminado.

El día 2 de Marzo de 1943, a las 19:00 hs, el U-156 logró escapar a un ataque de aviones del 9º Escuadrón de la Fuerza Aérea Norteamericana. Ese mismo día, a la 23:30 hs, logró burlar nuevamente un ataque de aviones del 80º Escuadrón. Pero la buena suerte se estaba agotando con rapidez. El 8 de Marzo, mientras navegaba la cuadrícula EE 91 en las cartas náuticas de la Kriegsmarine, al este de Barbados el submarino fue atacado por un avión VP-53 de la U.S. Navy y el U-156 fue hundido por efecto de las cargas de profundidad, muriendo en esa acción el Capitán Werner Hartenstein junto a toda su tripulación.
Werner Hartenstein, quien había nacido el 27 de Febrero de 1908 en Plauen, Saxony cerca de la frontera alemana con la Republica Checa recibió finalmente todos sus honores junto a su tripulación cuando el 23 de Noviembre de 2002 se fundó definitivamente en su ciudad natal, la ISCP International Submarine Connection U 156 Plauen, por el Alcalde de esa ciudad, Ralf Oberdorfer. Entre sus miembros fundadores se incluyen el Capitán David Jones de Swansea, Gales quien es el actual Presidente de la organización y Efraim Tsouk de Haifa, Israel. Ambos fueron testigos de las acciones de Hartenstein cuando las naves en las que viajaban fue torpedeada por el U-156 en acción de guerra y luego se vieron rescatados y asistidos por Hartenstein y sus hombres.
El capitán David Jones ha dicho: "El capitán Werner Hartenstein y yo nos encontramos en el Océano Atlántico el 19 de Septiembre de 1942 cuando el hundió mi nave el «Québec City» en donde yo servía como cadete. Hartenstein apareció y nos brindó ayuda. (…) Un comandante alemán de submarinos excelente que ha sido reconocido por sus sobrevivientes enemigos como un caballero y un hombre de honor. Reconocido por su humanidad y compasión por todos aquellos en el dolor". David C. Jones escribió un libro sobre Hartenstein publicado en 1999 y titulado "El enemigo que nosotros matamos, mi amigo".
* * *
Cuando Hartenstein se vió obligado a dar la orden de soltar las amarras de los botes salvavidas y de que todos los náufragos que se encontraban en la cubierta del U-156 saltaran al agua, sabía que cientos de ellos se verían condenados a muerte en ese mismo momento.
Los sobrevivientes flotaron a la deriva por varias semanas. Una gran mayoría de entre los mas fuertes, terminó por sucumbir finalmente debido a la inanición, luego de una desesperante agonía. Los que se mantenían en los botes, debieron racionar severamente los pocos víveres que tenían. Llegó un momento que apenas si se podían permitir una sola cucharada de agua por día. Asimismo y a medida que pasaba el tiempo, se fueron dando terribles situaciones de conflicto donde las mayores miserias de la conducta humana se volvieron el modo de vida cotidiano. Esa única cucharada de agua le fue negada a los más débiles cuando se los consideraba moribundos, en beneficio de los más fuertes y con más probabilidades de supervivencia. Algunos en su desesperación se lanzaron a beber agua de mar o incluso sus propios orines, pronto enfermaron y murieron.
Algunos sobrevivientes permanecieron hasta 39 días al garete antes de que pudieran ser rescatados por las naves francesas luego de una intensa e incansable búsqueda.
De todos modos, ninguno de los sobrevivientes guardó el menor rencor por Hartenstein o cualquiera de los tripulantes del U-156.
* * *
El comandante Erich Würdemann comenzó su carrera en Abril de 1933. El primer año de la guerra sirvió embarcado en un destructor, con el que hizo 11 patrullas. En noviembre de 1940 fue transferido a la fuerza de submarinos, embarcándose para entrenamiento en el U-43 bajo las órdenes del célebre Comandante Wolfgang Lüth y en Septiembre de 1941 fue comisionado como comandante del U-506.
Cuando se le ordenó cooperar con las tareas de salvataje de los sobrevivientes del RMS Laconia el U-506 se encontraba en su cuarta patrulla que ya llevaba sumados cuatro hundimientos desde que se iniciara el 28 de Julio de 1942. Luego de cumplidas las tareas de rescate el U_506 se encontró con el crucero ANNAMITE el medio día del 17 de Septiembre, en las coordenadas establecidas. Una vez completada la transferencia de los sobrevivientes el submarino abandonó el lugar inmediatamente, pero fue atacado por un Liberator, a pocas millas del lugar del encuentro, el mismo avión que comandado por el teniente James D. Harden, había atacado al U-156 pocas horas antes. Würdemann pudo, sin embargo, escapar también del ataque aéreo y en este caso, afortunadamente, una vez que hubo completado enteramente su misión.

El 30 de Septiembre a las 23:47 torpedeó y hundió al “Siam II”, un transporte de vapor británico de 6.637 toneladas que transportaba algodón, grano y cobre desde Alejandría hacia Freetown e Inglaterra. Todos los 39 tripulantes salvaron su vida. El 17 de Noviembre el U-506 regresó al puerto de Lorient completando así su cuarta patrulla, después de 14 semanas y media de travesía y sumando 5 barcos a su lista de hundimientos.
El 14 de Diciembre de 1942 Würdemann volvió a dejar el puerto de Lorient a su quinta patrulla de la que regresó 20 semanas después, el 8 de Mayo de 1943 habiendo hundido dos barcos durante la patrulla: el 7 de Marzo torpedeó y hundió al "Sabor" un transporte británico de 5.212 toneladas que transportaba sal y sacos de correo desde Port Said, Mombasa, Tamatave y Durban hacia Tabla Bay y Río de Janeiro. 6 tripulantes murieron de 58. El 9 de Marzo torpedeó al carguero "Tabor" de 4768 que transportaba sal desde Alejandría y Aden hacia Tabla Bay y Lagos. El buque quedó herido de muerte pero no se hundió. 12 tripulantes murieron de 46. Cuando los sobrevivientes estuvieron a salvo en botes salvavidas el capitán ordenó hundir al transporte a cañonazos. A su regreso Würdemann fue condecorado con la Cruz de Caballero ordenada el 14 de Marzo de 1943.
El 6 de Julio de 1943 el U-506 partió del puerto de Lorient para su última patrulla. Sólo 6 días después, el 12 de Julio, fue hundido por ataque de aviones en el Atlántico Norte al oeste de Vigo. El Capitán Würdemann perdió la vida en ese incidente del cual sólo 6 tripulantes lograron sobrevivir.
* * *
Por su parte, el Comandante Harro Schacht oficial naval había iniciado su carrera en Abril de 1926 y durante varios años sirvió en cruceros livianos como el "Emden" y el "Nüremberg". En 1937 paso a tomar lugar en el Alto Mando. En Junio de 1941 se unió a la fuerza de submarinos y entrenó durante pocas patrullas en el célebre U-552 bajo las órdenes de Erich Topp hasta Octubre de 1941 en que fue comisionado al comando del U-507.

Uno de los hechos más trascendentes de la guerra protagonizados por Schacht ocurrieron, precisamente durante su tercera patrulla en el Atlántico Sur (la misma en la que se le ordenó asistir al rescate de los náufragos del RMS Laconia). Durante agosto de 1942, el U-507 hundió seis navíos brasileños fuera de las aguas territoriales del Brasil. Esta acción fue tomada por el gobierno brasileño como excusa para declarar la guerra a Alemania.
Luego de transferir a los náufragos del RMS Laconia, el U-507 continuó su tercera patrulla hasta el 12 de Octubre en que regresó al puerto de Lorient después de 14 semanas en el mar. Un mes y medio después, el 28 de Noviembre, el U-507 partía nuevamente de Lorient hacia su cuarta y última patrulla. Hubo de pasar un mes completo de navegación hasta que el 27 de Diciembre se enfrentó a su primer objetivo de combate, torpedeando y hundiendo al "Oakband", una motonave inglesa de 5154 toneladas que navegaba desde Suez y Durban hacia Demerara e Inglaterra, 27 tripulantes perecieron de un total de 63.
Una semana más tarde, el 3 de Enero de 1943 a las 18 hs, el U-507 torpedeó y hundió al "Barón Dechmont", un transporte de vapor británico de 3.675 toneladas que navegaba de los puertos de Barry y Milford hacia Pernambuco. El capitán y 7 tripulantes perdieron la vida de un total de 44. Unos días después, el 8 de Enero, el U-507 hundió por torpedos al "Yorkwood", un transporte de carga de 5.401 toneladas que viajaba desde Durban hacia Inglaterra. La totalidad de sus tripulantes resultaron ilesos en este incidente.
Finalmente, el 13 de Enero, mientras el U-507 navegaba por la cuadrícula FB55 en las cartas de la Kriegsmarine, es decir, a pocos cientos de millas de la costa norte del Brasil fue detectado por un avión Catalina norteamericano que lo atacó de inmediato, el U-507 fue hundido y el comandante Schacht junto con toda su tripulación murió en el incidente.

Abril 2006.
Jorge L. Padrón (Caminante U-437) - Oficina de Documentación y Servicios Históricos de la 24 Flotilla Geweih.