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fritz julius lemp

Lemp

Sin suerte

lemp

introducción

Fritz Julius Lemp nació el 19 de Febrero de 1913 en Tsingtau (China) y murió en combate el 09 de Mayo de 1941 en el Atlántico norte, al sur de Islandia. Este oficial, pese al gran número de éxitos cosechados, pasará a la historia por ser el Comandante de U-Boot que disparó el primer torpedo de la guerra, con el resultado del hundimiento de un buque de pasaje el “Athenia”, y la pérdida del U-110 con la consiguiente captura de la máquina de códigos “Enigma” por parte del enemigo.

Lemp estuvo al mando del U-28 (VII A), U-30 (VII A), y el U-110 (IX B). Con el primero no salió a la mar en combate, pero con los dos últimos realizaría 10 patrullas (235 días) por un total de 20 buques hundidos (96.639tn) y 4 buques dañados (45.417tn).

U-30

El 3 de septiembre de 1939, a los dos días de empezar la guerra, en el Atlántico nororiental, y por primera vez desde hacía casi 9 horas, es decir, desde que la estación radiotelegráfica de su barco le informara que había estallado la guerra con Alemania, James Cook, capitán del trasatlántico inglés de 13.000 toneladas de registro bruto “Athenia”, perteneciente a la compañía “Donaldson Atlantic Line”, se sintió ligeramente aliviado. Si conseguían envolverse completamente en las sombras de la noche, y pese a aquella indiscreta luna que ya se había encaramado por encima del horizonte como una pálida amenaza, era casi seguro que podrían librarse de los submarinos alemanes.

El trasatlántico cortaba la inquieta mar, con sus seis turbinas de vapor, y su capitán le hacía marchar a elevada velocidad desde ocho horas atrás, arrumbando al Oeste pero navegando en zigzag, como le habían recomendado las autoridades del almirantazgo en Belfast, último puerto en que hizo escala antes de poner rumbo hacia el Atlántico. El “Athenia” tenía como destino Montreal, con carga general tomada en Glasgow y Liverpool y 1.103 pasajeros, 311 de los cuales eran ciudadanos norteamericanos que regresaban a Estados Unidos en vista de la guerra que amenazaba a Europa nuevamente.

Era la hora de la cena, pero el capitán Cook se había excusado de presidirla, pues no quería abandonar el puente. Antes de salir de Belfast, los oficiales del Almirantazgo le habían manifestado reservadamente que dos acorazados germanos habían zarpado de Alemania hacía varios días, pero que pese a los esfuerzos de la Armada Real por localizarlos en algunas de las salidas del mar del Norte, se habían esfumado en el azul, y nadie sabía por donde andaban.

Pocas horas mas tarde, al enterarse de la declaración de guerra, aquella noticia había cobrado una importancia realmente inquietante para Cook, quien pensaba que tal vez los submarinos germanos podían estar ya acechando entre dos aguas, si es que también habían zarpado de Alemania antes de aquella declaración. Por eso decidió redoblar la guardia de serviolas y alertar al pasaje para que, al llegar la noche, nadie encendiese luces en el exterior o abriese algún portillo. Había caído por completo el crepúsculo vespertino, cuando el primer oficial se le acercó para decirle que, gracias a las estrellas observadas durante el mismo, tenían una buena situación astronómica. El capitán echó un vistazo a la carta, tomó un compás y midió la distancia desde el centro donde se cortaban aquellas rectas de altura, a la isla de Inishtrahull, próxima a la costa y exactamente al norte de Irlanda: había 250 millas.

A esa distancia, siendo ya completamente de noche y pese a la elevada claridad que arrojaba la menguante luna, el capitán del Athenia sintió que sus recelos comenzaban a desvanecerse. Al amanecer estarían ya a mas de 400 millas y habría pasado el peligro. “Bueno, esto no va mal” manifestó Cook con alivio, dirigiéndose al primer oficial. “Pero quiero que pase ahora mismo y personalmente una ronda por todo el barco, para comprobar que ni una sola luz sale al exterior”. “Muy bien señor” respondió el oficial, que salió al alerón y descendió con paso rápido a la cubierta de botes.

El capitán salió también al exterior y, durante un rato, escudriño atentamente la mar con sus prismáticos. Luego descansó estos, respiró profundamente aquel aire cargado de humedad, pero tan límpido, y se sintió satisfecho. Ignoraba que, en aquel mismo momento, su trasatlántico estaba siendo atentamente observado desde la torreta de un submarino alemán que se deslizaba velozmente a ras de las olas, a poco mas de quinientos metros de distancia.

U30

Algunas horas antes en aquel mismo y aciago día en que los carros de combate de las “Panzertruppen” alemanas avanzaban raudos por las calurosas llanuras de Polonia, el teniente de navío Lemp, comandante de U-30, daba la orden de subir a superficie. Durante varias horas, el joven oficial había estado escudriñando el vacío horizonte a través del periscopio de ataque, hasta que llegó un momento en que pese a retirar todos los filtros y dar mas aumentos al aparato óptico, la visión del exterior fue desvaneciéndose. Al llegar la noche, sus ojos veían ya un poco mas que los iluminados filamentos de los retículos del aparato, las cifras de diversos colores, rojas, verdes, amarillas, blancas y negras, según sus distintos significados, así como el repetidor del rumbo verdadero a que navegaba el submarino. Todo sobre un fondo ya completamente oscuro.

Lemp dejó el periscopio y ordenó apagar las luces blancas de la torreta y del puesto de mando situado bajo ella, y todo quedó sumido en un resplandor rojizo que tenía por finalidad ir adaptando la visión nocturna a los ojos de los que luego saldrían al exterior. Después ordenó: “Cota ocho metros. Cambio a periscopio de observación. Novedad de hidrófonos”. La nave ascendió suavemente, obediente a los timones de profundidad, y el oficial de guardia pulsó el botón de izar el periscopio de observación. Una vez que el aparato hubo llegado a la altura de sus ojos, pegó éstos a los oculares e hizo girar lentamente el periscopio en los 360º del horizonte. Después dijo: “Todo claro comandante”. Por su parte, el hidrofonísta, informó que no se oía ruido alguno. “Bien”, exclamó Lemp, y después añadió: “Prepárense para salir a superficie. Abre ventilación de lastre número cinco”. Este era el tanque inundable de proa, y todos comprendieron que el comandante no deseaba gastar aire comprimido en aquella emersión e iba a utilizar un sistema que exigía gran precisión en su ejecución, pero que resultaba económico respecto al importante elemento. “Toda a subir y avante toda” ordenó ahora Lemp.

Los timones de profundidad fueron llevados a la máxima inclinación, y los motores eléctricos zumbaron en un tono más agudo. La nave a base de timones y velocidad, se encabritó ligeramente, adoptando una inclinación de unos 10º, hasta que la grisácea proa rompió la superficie de las olas, se remontó un segundo en el aire y, falta de sustentación, empezó a caer. “Cierra ventilación. Timones de popa a bajar”, dijo en aquel preciso instante el comandante del U-30. “Preparados para soplar con escapes” ordenó Lemp. Casi inmediatamente, el submarino se puso horizontal por efecto de la nueva posición a bajar de los timones de profundidad de popa y Lemp observó que la aguja del manómetro de profundidad de precisión, que señalaba solo hasta los 30 metros de cota, ya estaba sobre la parte más llena del dial, que representaba la línea de flotación comprendida entre la escotilla de la torreta y la cubierta exterior del buque. “Para estribor y embraga diesel”, mandó Lemp, y la orden fue inmediatamente cumplimentada en la sala de máquinas. “Abre entrada de aire a diesel…”, continuó el comandante, “… arranca diesel y sopla”.

Rugió uno de los motores principales, e inmediatamente el jefe de máquinas y uno de los mecánicos comenzaron a actuar como dos posesos sobre el piano de válvulas de soplado, pero haciéndolo con la mayor exactitud y en el momento preciso, pues un retardo en abrir aquellas válvulas podía hacer reventar las tuberías, ya que el escape del poderoso motor no iba dirigida al exterior, sino a los lastres, con el fin de expulsar el agua de los mismos sin necesidad de gastar aire comprimido. Por otra parte, un adelanto habría resultado igualmente nefasto, pues hubiera supuesto la entrada de agua en los escapes del motor, dejándolo inmediatamente fuera de servicio. Además, las válvulas tenían que ser cuidadosamente abiertas o estranguladas, a fin de lograr que los diversos lastres se vaciaran sin variar apreciablemente el asiento del buque al ir emergiendo. Este trepidaba según los gases de escape desalojaban el agua, y el vaivén de las olas también se hacía sentir con mayor fuerza. Poco después, el comandante dio la orden de parar el otro motor eléctrico y, a una señal suya, se abrió el cierre estanco del tubo acústico que comunicaba con la torreta exterior, a fin de igualar la presión interior del buque con la de la atmósfera. El aire silbó por allí un momento.

Después, uno de los serviolas hizo girar rápidamente el volante de la tapa de la escotilla, levantó esta y trepó por la escala, saliendo a la todavía chorreante y fría torreta. Recorrió rápidamente con la vista todo el horizonte nocturno y gritó a los de abajo: “Libre”. La maniobra había terminado. Lemp quiso emerger así porque uno de los compresores se había averiado y prefirió economizar aire. Ahora, el comandante del U-30, el oficial de guardia y cuatro serviolas salieron a la tibia y suave noche de verano. El submarino continuó navegando sobre la derrota marítima que normalmente enlaza el canal del norte, entre Irlanda y Escocia con Norteamérica. Al cabo de algún tiempo, una sombra oscura se proyectó un instante sobre el leve resplandor producido en la mar por la luna; entonces se arrancó y embragó el otro motor diesel, y el submarino cambió de rumbo.

Lemp sintió como el corazón le latía más deprisa dentro del pecho, y se preguntó si se trataría de un buque de guerra enemigo, de una formación inglesa o quizás de algún atrevido y solitario mercante.

el hundimiento del Athenia

Se aproximó con precaución, tratando de descubrir a otros posibles enemigos que, si le avistaban a el antes, lo enviarían sin contemplaciones al fondo del mar. Pero el desconocido navegaba solo, y se trataba de un gran barco mercante con dos chimeneas avanzando con rapidez. Iba completamente oscurecido y efectuaba un zigzag antisubmarino, lo que le hizo entrar en sospechas, pues bien podría tratarse de un crucero auxiliar británico en servicio de vigilancia. También podría no serlo, pero si lo era y Lemp lo detenía en la noche para averiguar su identidad empleando el semáforo luminoso, era casi seguro que el otro tendría tiempo sobrado para cubrir con toda tranquilidad su artillería y, en el momento preciso, hacer fuego y echarlos a pique. ¿ Y si se trataba de un trasatlántico?.

La cuestión es que Lemp se decidió a disparar. El U-30 lanzó un torpedo que alcanzó al trasatlántico en la sala de máquinas. Se produjo una gran llamarada rojiza y una blancuzca palmera de agua, y el enorme agujero abierto en la obra viva permitió la entrada a bordo de una verdadera tromba de agua. Varios pasajeros que se hallaban en cubierta fueron arrojados al mar por la violencia de la explosión. Casi inmediatamente, un proyectil de cañón disparado desde el submarino, impactó en el mástil de proa, derribándolo con gran estruendo sobre la obra muerta, parece ser que el disparo iba dirigido a la caseta de radio.

athenia

Pero tras aquellas dos acciones consecutivas, el submarino alemán pareció quedar paralizado. No se repitió el cañonazo ni se lanzó otro torpedo, y tampoco el comandante envió a bordo una dotación de presa para acelerar o asegurar el hundimiento abriendo los grifos de fondo del “Athenia”, o haciéndole estallar una carga de dinamita bajo la línea de flotación en cualquier punto vulnerable. Ni siquiera sus llamadas radiotelefónicas de auxilio fueron interferidas. Y es que los alemanes, desde muy corta distancia del barco torpedeado, fueron crispados testigos del espantado griterío producido por mas de un millar de aterrorizados pasajeros, que se abalanzaban a los botes salvavidas o se arrojaban a la mar.

Lemp, apesadumbrado ante aquella catástrofe que ya era irreversible, no quiso ver más, y decidió alejarse.

Las señales de socorro fuero recogidas por el petrolero noruego “Knute Nelson”, que llegó hacia la medianoche al lugar del naufragio e inició el salvamento de los pasajeros y tripulantes del trasatlántico. Pero había marejada y en la noche es difícil calcular bien las distancias y los movimientos, y uno de los botes salvavidas se metió accidentalmente en la popa del petrolero, siendo alcanzado y hundido por una de las palas de la hélice, todavía en movimiento. Pero el buque noruego pudo salvar a 430 personas.

Por su parte el vapor “Southern Cross”, que llegó poco después, rescató a mas de 300. También acudió el carguero norteamericano “City of Flint”, que recogió a 223 pasajeros, y de madrugada llegaron dos destructores británicos, que se ocuparon de los que quedaban. Pero del total de 1.418 personas, entre pasaje y tripulación, resultaron muertas por la explosión o se ahogaron 112, de las que 28 eran norteamericanos.

La infortunada acción del U-30 desencadenó una mutua y virulenta campaña de acusaciones, insultos y recriminaciones entre los países contendientes. Todos los medios de difusión ingleses hicieron inmediatamente conocer al mundo aquel acto de pretendido salvajismo cometido por un submarino alemán, y los primeros sorprendidos fueron Hitler, Raeder y el mismo Dönitz, que no podía creer que alguno de sus comandantes hubiera desobedecido las ordenes de respetar estrictamente los Convenios de Ginebra. Como el U-30 no podía explicar los sucedido para no delatar su posición al hacer uso de la radio, y no regresaría a Alemania hasta finales de septiembre, los dirigentes germanos no creyendo la veracidad de las acusaciones enemigas y recordando el hundimiento del “Lusitania”, en 1915, por un submarino alemán había sido una de las causas de la declaración de guerra de Estados Unidos en 1917, replicaron acusando a Winston Chuchill de haber colocado una bomba de relojería en el “Athenia”, que llevaba mas de 300 pasajeros norteamericanos, con el fin de poner en contra de Alemania a la opinión pública de los Estados Unidos.

En realidad este hundimiento fue un lamentable error. Cuando Lemp regresó a Alemania y se declaró autor y culpable del torpedeamiento del “Athenia” era demasiado tarde para rectificar, y se prefirió dejar las cosas como estaban. Lemp fue arrestado, el diario de abordo requisado, y a la tripulación se les hizo jurar que guardarían absoluto silencio sobre el desgraciado hundimiento.

U-110

Más de un año y medio después del incidente del “Athenia”, Lemp perseguía un bien escoltado convoy con rumbo al este en las afueras de Groenlandia en el U-110, un submarino nuevo del tipo IX, en su primera patrulla. Un minuto antes del mediodía Lemp lanzó un ataque sumergido contra el convoy, alcanzando a dos barcos mercantes con un abanico de tres torpedos. El resplandor de los ‘tiempos felices’ aún no se había apagado, y Lemp tenía un exceso de confianza. En vez de huir, se quedó a profundidad de periscopio para observar el efecto de los proyectiles sobre sus victimas. Al minuto o dos, la corbeta de escolta “Aubretia” avistó el periscopio, reaccionó al instante y arrojó 10 cargas de profundidad. Lemp escapó del ataque sumergiéndose y cambiando 90º de curso hacia estribor. Pero permaneció firmemente atrapado en el haz del asdic del “Aubretia”, y unos 20 minutos después del primer contraataque se produjo un segundo, que hizo que el U-110 se hundiera por la proa mas de 90 metros, antes de que Lemp diera la orden de vaciar los tanques de lastre principales.

emblemas

Otros dos escoltas ya se habían unido al “Aubretia”, y observaron mientras el submarino subía de las profundidades y salía a la superficie. Entonces abrieron fuego con todas las ametralladoras con que pudieron apuntarles. Lemp y muchos de sus hombres saltaron a la mar. Otros fueron abatidos mientras salían de la torreta del U-110.

la captura de un submarino

El comandante A.J. Baker-Cresswell avanzaba a toda velocidad para embestirlo con su destructor el “Bulldog”, cuando de pronto se dio cuenta de que quizá tuviera la oportunidad de capturar el submarino.

Dio la orden de máxima velocidad hacia atrás, detuvo el “Bulldog” a 100 metros del bamboleante submarino y en el acto ordenó: “Que parta la dotación del bote armado”. Un grupo de abordaje con el alférez David Balme y ocho hombres armados con rifles, revólveres y granadas de mano remó hacia el submarino en una pequeña ballenera. Durante el corto intervalo desde que abandonaran él U-110, Lemp animó a su tripulación que flotaba impotente en el agua. Era un procedimiento estándar colocar cargas explosivas dentro de un submarino incapacitado, pero por algún motivo estas no detonaron. Cuando Lemp comprendió que todos sus cuadernos de códigos, documentos secretos, mapas marcados y equipo especial, incluyendo la máquina Enigma de la nave, estaban a punto de caer en manos del enemigo, al parecer tomó medidas desesperadas.

Nunca se ha hecho público exactamente que le sucedió en los siguientes momentos. Según una versión británica deliberadamente vaga emitida tras la guerra, cuando el significado preciso de la captura era todavía un secreto muy bien guardado, Lemp alzó los brazos y se suicidó ahogándose. Pero según una narración posterior y más plausible nadó de regreso al submarino, quizá con la desolada idea de volver a activar las cargas explosivas, y mientras trepaba de vuelta a bordo fue abatido por un disparo de un miembro del grupo británico de abordaje. En cualquier caso lo que es una certeza es que jamás lo rescataron del agua. Así pereció uno de los comandantes más agresivos de todas las flotillas de submarinos de Alemania que, de forma inadvertida, había realizado una contribución monumental a la derrota final de su país.

bulldog

Los captores británicos encontraron una escena espectral dentro de la nave abandonada. Luces azules de emergencia brillaban en la húmeda oscuridad. “Había chaquetas tiradas y literas a medio hacer”, escribió el alférez Balme. En el mar circundante otros escoltas atacaban con cargas de profundidad otros submarinos. “Reinaba un silencio absoluto en el interior…”, prosiguió Balme, “…excepto por los continuos ruidos sordos de las cargas de profundidad de nuestros propios barcos”. El sonido es cinco veces mas alto en el agua que en el aire, y las ondas de choque golpeaban el casco del submarino como un martillo enorme. “Era un sonido muy desagradable, en especial cuando las detonaciones se acercaron”. Existía la fea posibilidad de que esas cargas de profundidad pudieran detonar las cargas explosivas en el interior del U-110.

El grupo de abordaje no perdió un solo instante. Balme fue directamente en pos de los cuadernos de códigos y de los mapas, mientras un operador entró en la cabina de radio y se ocupó de la tarea de desmantelar la pesada máquina Enigma. Los marineros británicos entonces formaron una cadena y con cuidado se pasaron el inapreciable equipo y los documentos, mano a mano, hasta la escalera de la torreta y por la resbaladiza cubierta. Tras cuatro horas de intenso trabajo, la tarea queda concluida. Luego el U-110 fue remolcado, pero se hundió un par de días después.

El 12 de mayo el “Bulldog”, con los supervivientes del submarino a bordo y dos cajas grandes con material del enigma en el camarote del capitán, entró en Scapa Flow, de nuevo en servicio como base de la flota tras la incursión de Prien 19 meses atrás. En el acto subieron a bordo oficiales del Servicio Especial de Inteligencia Naval, quienes examinaron cada artículo y con precisión fotografiaron todas las páginas de los documentos. “Esto…”, pronunció uno de ellos, con una característica modestia británica, “…es lo que estábamos buscando”.

Cuatrocientos hombres habían sido testigos de la captura del U-110 y su máquina Enigma, que haría posible que el servicio de inteligencia británico en Bletchley Park, al fin pudiera comprender los mensajes de los alemanes. Se ordenó a todos los hombres que no hablaran del asunto. Ni uno solo de los 400 lo hizo en lo que quedaba de guerra. Eso en si mismo fue una hazaña heroica, pues en gran medida el futuro éxito aliado únicamente fue posible por que Dönitz y su plana mayor jamás tuvieron ni la más mínima idea de que los británicos habían descubierto su secreto.

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Febrero 2006.

Xoxe Gaxiarte (Gaxiarte U-142) - Oficina de Documentación y Servicios Históricos de la 24 Flotilla Geweih.